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domingo, 29 de enero de 2012

Febrero, cada día te odio más


Febrero es uno de los tres meses más odiados por cualquier universitario que se precie, en los que siempre, siempre y siempre se te ocurren mil y una cosas más interesantes que hacer antes que estudiar (véase este artículo).

Tal y como yo entiendo que “debería” de ser, hemos elegido cursar una carrera que nos gusta, nos atrae, nos motiva. Y ahora es uno de esos meses en los que tenemos que demostrar lo “aprendido” durante este curso. ¿Si es época de estudiar lo que realmente me gusta, me atrae y me motiva, porque le tengo tanto asco al segundo mes del año?

Mi respuesta es la siguiente. Nos equivocamos en el objeto a odiar. No odiamos febrero. Ni tampoco los exámenes. Odiamos la evaluación.
Odio que un “ser superior” tenga que evaluar continuamente mis conocimientos adquiridos por medio de sus ridículos métodos con el único fin de despersonalizarme y redefinirme con un número, una nota. Para ellos eso es lo que soy. Una nota que sirve para establecer un método comparativo entre seres humanos que se han sometido a sistemas de evaluación. Un método para saber quien es el listo y quién el tonto. Un método discriminatorio. Un método estúpido.

Entonces ¿por qué no identificamos la evaluación como algo absurdo y ridículo? Porque hemos sido educados para asumir nuestra constante sumisión ante una evaluación ejercida por un ser superior. Siempre superior (¿por qué no inferior?).
A lo largo de toda nuestra vida nos encontramos con situaciones en las que alguien valora numéricamente tu capacidad para realizar algo.

Oposiciones. Un tribunal te valora numéricamente tu capacidad para ejercer un determinado trabajo.

Puntos del carnet de conducir. Tu capacidad para la conducción dependerá de que tu carnet de puntos no se quede a cero.

Selectividad. Una serie de profesores te pondrán una nota en función de los conocimientos “aprendidos”. Dicha nota te limitará la elección de tu carrera universitaria. Tu futuro.

Seamos críticos. No asumamos la sumisión como modo de vida.  El pensamiento es lo único que nos hace libres. Y como el eterno diría, no dejemos que nos insulten con sus notas.


Isabel Jiménez, Zaragoza, "febrero" de 2012