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domingo, 14 de octubre de 2012

ESPACIOS HABITADOS. Octubre. Dios

En esa reunión única del domingo más caluroso del año vestido de las 3 de la tarde con el cielo oscuro fruto de un bochorno espeso, productor de nubes sin forma, aquí cárceles del aire, y colores vivos como sólo sucede cuando ya no se aguanta más, surgiendo fenómenos extraños, enjutos y potentísimos en su desaparición inminente, al intentar escapar de la tortura prolongada del mes del emperador caprichoso, caminaba un solitario cuerpo por espacios vetados en otros tiempos, bajo el menor ruido posible en una zona sin vacaciones, un silencio lo suficientemente pesado como para (re)descubrir aquellos tags sucios, varicela agarrada a los muros, enfermedad que busca su aliado en la misma medicina que la combate, con la firma de Dios; monumentos o lápidas de aquél que intermitentemente transitó estas calles hasta su suicidio, coincidiendo primero con el miedo, y la belleza, y después con la indiferencia, y el zombie, sin llegar a rozarme a pesar de sus afectuosas charlas con mi abuelo de camino al colegio, de sus periódicos asaltos en el barrio, de sus amistades con mis amistades peligrosas; el único vándalo con las manos manchadas de sangre que podía conservar como un tesoro la mirada triste, maldición a posteriori imposible de adivinar a pesar de que sólo él fuera capaz de escaparse por las estrechas e inflexibles rejas, eligiendo de entre todo el diccionario una palabra, “libertad”, que sólo le encerró aún más, hasta el accidente o el definitivo acto de valor más allá de la retórica de los libros, sin heroísmos helénicos, sin más epitafio que esas manchas formando parte del tercer mundo arquitectónico de la ciudad, marcando itinerarios perdidos reapareciendo en aquel camino agotador hacia el hospital pero que ahora, temporada otoñal, no distingo al oler el aire que llega al cerebro sin pasar por la nariz, donde temor y emoción se relacionan de diferente forma, olvidando la pregunta sobre qué cambia en el espacio tras el agotamiento de esos diseñadores, o diseñadoras, con los que podíamos trazar relatos de manera activa, no meramente estética como el simulacro de mi expresión corporal imitando el caminar indeseable sin la fuerza necesaria para que no desaparezca en la opacidad de toda obra de arte en la que dejamos de participar, limbo inexacto o historia de un signo, de Dios, del diseño, de unas experiencias que desaparecen tras tiras de piel en suelo fértil, permaneciendo exclusivamente esa relación que se da entre una pareja con bagaje donde un cuerpo narra un recuerdo de un pasado común muy claro, e incluso comentado con amistades, mientras el otro cuerpo lo niega; donde al segundo sólo le queda hacer un acto de fe y al primero la duda de los cimientos de su amor, ya sea hacia el otro y su falta de interés en mantener vivas sus memorias o hacia él mismo y su principio de locura.

Sandra Martínez, Zaragoza, Octubre 2012


lunes, 23 de abril de 2012

Abril. Regalo de procedencia enterrada

En el cruce entre la depresión, donde la cama es el único lugar, arrasado, vaciamiento culminado por el deseo de extinción, y la enfermedad, en su odio a la cama, aferrada a una vida que se cree plena; se producía la paradoja de la aceleración del tiempo a pesar de que por separado éste se ralentizara –aplanándose y siendo todo momento el mismo, nada, por un lado; y lo lleno vinculado al futuro como afuera, encontrándose al tiempo allí, no dejando mas que gotas al presente, por otro–; lanzando por el camino la rápida conexión de un objeto cotidiano con un pasado ya inexistente –enlace extraño pues ni la depresión ni la enfermedad por separado necesitan del recuerdo material para subsistir–, pomo de un ventanal en el que intuía el movimiento de una sombra herida que no quería entrar sino más bien tocar algo que no podía ver, pensando, ella y yo, quién era la que realmente se encontraba encerrada; sepultado objeto cotidiano entonces, cuyo tacto se perdió en algún lugar junto a su significado, ahora de nuevo regalo que posee, más que aristas afiladas, lugares suaves donde la fuerza del contacto apasionado hace ceder su superficie quedando mis aspavientos y quejas supeditadas a su peso; obligándome a pensar su salida, es decir, a imaginar recuerdos de recovecos, asperezas y placeres, a sospechar sentimientos en cada huella que al intentar apresarse se borra, pero, a su vez, renueva su pacto inmortal bajo un nuevo estrato con las sombras de mis líneas; sorprendiéndome no de cómo llegó a mí –un peculiar exterior pintado en fotografías– ni de porqué aún lo conservo –“interior” enclavado en la permanencia del presente de la evanescencia del presente– sino de su carácter de puente de una ruptura en la cual lo único constante que queda de dos momentos pasa por él, objeto que nunca pertenecerá a nadie, llorando si creo que es mío, si lo devuelvo a la nada, si me deshago de él… pues pertenece a otros cuerpos en coordenadas irrecuperables, ruina o agujero negro, kryptonita y piel expuesta demasiado tiempo al sol; ni solución ni salvación, estructura que no me dice absolutamente nada porque todo se dijo, sobre todo lo no escrito, y su papel ya no es proporcionar ayuda, ni construir mañanas o redimir pasados, tan sólo esperar a volver a desaparecer en el día a día, existiendo para siempre, irrecuperable para siempre, intermitente en su no poder ser nunca igual a sí o a las palabras; un instante cuerpo, otro idea, otro caricia; que más le dará.

Sandra Martinez, Zaragoza, Abril 2012


miércoles, 28 de marzo de 2012

Agotamiento

Darlo todo.

Se supone que ése es tu propósito, esforzarte al máximo, sacar eso que se supone que llevas dentro. Hoy estás cansada. Cansada de todo. Por algún mecanismo diabólico, las últimas semanas son una espiral de estrés y de prisas. Dices las últimas semanas pero en realidad no sabes si empezó ayer y lo que pasa es que se te ha hecho eterno.

La excusa es que como eres nueva, sólo tú te preocupas. A lo mejor es eso. Lo de tener mucha energía está muy bien, eso es indiscutible, pero, ya vale, ¿no? Es uno de ésos días donde pasarías de todo el mundo (la primavera, dices, que está jodida como todos los años) y lo mandarías todo a la mierda. Hoy no me levanto por más que me lo pidan. Pero te levantas. No te lo pide nadie, te lo pides tú.

Te levantas, te miras al espejo y dices “hoy no me tose nadie, ni siquiera yo”. Mentira. Dos horas después (u hora y media, o tres cuartos de minuto, eso da igual), vuelves a ser un trapo humano, en el término más rastrero de la expresión. A lo que llegas a tu silla, incómoda, rígida, matadora, todos los buenos propósitos del amanecer han desaparecido. Tienes un humor de perros, el ceño fruncido, un sueño tremendo y la espalda te está matando.

Eres incapaz de soltar una palabra amable, tú, el encanto personificado (o eso te dices cuando estás de buen humor), y mucho menos una sonrisa. Morderías. No, mientes, MUERDES. Y a cada segundo que pasa que tu mesa se llena de trabajo y la gente pasa y pasa, más te cabreas. ¿Y yo, por qué me doy tanto mal? El resto con su café, su almuerzo y su paz. Tú te pones la música, lo más duro que encuentras, y las horas pasan despacio despacio.
Has hecho tres listas de cosas que tienes que hacer: una global, otra de cosas que vas haciendo y otra de cosas que tienes pendientes. Una es cada vez más larga, otra cada vez más corta. Luego vas tachando y tachando, en varios colores y diversos grosores. Eso te da fuerza, fíjate que estupidez. Qué poquito hace falta para ser feliz: un bolígrafo rojo, un rotulador verde y un fluorescente naranja. Tú, para ser feliz, no quieres un camión.

Son las 17.56, te quedan 4 minutos sentada en tu incómoda silla. La lista ya está completa. Al menos, la de hoy. Hoy ya nadie te tose. ¿A costa de qué? De no haber sido capaz de esbozar una sonrisa en lo que llevas de día. Has comido sin emitir ningún sonido, si acaso a eso que has hecho hoy se le puede llamar comer. Te has tomado dos cafés y el que te has tomado en casa.

Sólo es lunes. Coges el bolígrafo rojo, el rotulador verde, el fluorescente naranja y el calendario de sobremesa. Ahora es el momento de tachar los días que te quedan para coger vacaciones la semana que viene. Hoy tienes diez años más, así de golpe, sin pensarlo.

Necesitas una buena colleja, o algo parecido. Eres nueva, pero eres humana. A veces se te olvida.

Natalia Pérez Cameo, Zaragoza, Marzo 2012