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lunes, 3 de diciembre de 2012

VUELVE A SER LUNES


Vuelve a ser lunes, y como todos los días, me levanto a las 9:30, desayuno, y me dispongo a “expandirme” por el mundo laboral. Aunque sinceramente conforme pasan las semanas te bajas más el listón, así como pierdes las ganas de trabajar de algo que te gusta.

Una rutina normal es: poner un disco de Tyler the creator (o similar), sentarte frente al ordenador, reventarte infojobs, la base de trabajo de la EINA (que como todos tengamos que acogernos a ella, vamos buenos…), mirar que hacen por el CADI o el DINA, buscar empresas que hagan el noble trabajo del diseño (pocas), y conforme pasan los días, otras empresas que no lo practican tanto.

A todo esto hay que sumar: un buen portfolio, en pdf, para imprimir o mandar por correo, de poco espacio, conciso pero sin abrumar, que tengas subido a internet (fácil no?). Luego llega el tema del CV. Porque también tienes que tener CV, pero no un CV cualquiera, uno de diseñador. Curradísimo, que se vea que eres serio pero creativo, fresco pero no despendolado, ni muy largo ni muy corto. Un CV de esos que ya para elegir la fuente que usarás en el te pegas dos horas largas.

Luego como no tienes nada mejor que hacer agarras y mandas 6 CV por correo, 4 CV por carta, te presentas en algunas que no has conseguido ni su dirección ni su correo, te sientas y a esperar que caigan las ofertas millonarias. Frente a esto sinceramente, yo me “alegro” cuando la empresa te contesta diciéndote que “desgraciadamente no tienen trabajo suficiente”. Porque eso quiere decir que un tipo se ha leído tus cosas, no sólo eso, te ha contestado. Cuando llevas una temporada dentro de la rutina de buscar trabajo acaba transformándose en motivo de celebración porque ya no tengo que estar esperando ese correo que nunca llega.

Cuando acabé la carrera me decían “esta difícil la cosa eeeh” y yo contestaba “si ya, pero creo que sacare algo guapo, soy ingeniero (risas)”, agarrándome a que tenía una nota buena de TFG y una media de la carrera bastante buena. Además los profesores te decían que valías, veías que tu trabajo podía tener un uso y un beneficio para mucha gente. Eso luego parece ser que importa más bien poco.

Con todo esto he sacado la conclusión de que hay unas barreras que te dificultan el avance hacia tu ansiado trabajo de ensueño. Ese con paredes blancas, espacios abiertos, sala de juegos, y todo este tipo de parafernalias rollo Google. Llegados aquí creo que todos ya sabréis cuales son, pero bueno, os las cuento:

1º_ Sin experiencia laboral?:

            La pescadilla que se muerde la cola: soy joven, ya graduado, con ideas nuevas, pero no me contratas porque no tengo experiencia. Cómo quiere el mundo que tengamos experiencia, si nadie nos da ese primer voto de confianza? Te pones a filtrar las ofertas de trabajo, y el 95% requieren mínimo 2 años de experiencia.

2º_ El hijo de Menganito:

Siempre ha habido y siempre habrá enchufe, esto es así. Tu sabes que eres mejor que otro, pero ese otro es familia o algo así del que te tiene que contratar, pues amigo, estas jodido. No te des mal, al principio te joderá, pero en un año creo que les joderá más a los de la empresa que contrató a un chimpancé en vez de a ti :D

3º_ Nunca manejas el software acertado:

Creo que somos la titulación que más frikeamos con software de 3D, diseño gráfico y cosas así, que manejas 10 programas chungos de forma fluida, pues la mayoría de tus ofertas serán relacionadas con otros software. Yo personalmente me lo estudio también, total, por otro más no pasa nada, y aprendes cosas nuevas.

4º_ Idiomas:

Hace 6 años, quién estudiaba alemán, o quién te pedía alemán en el trabajo? Ahora es una moda el pedir alemán, y lo jodido es que todos pensamos “jodeeeer tengo que estudiar alemán eeeeh”. Creo que al final tendré que morir al palo de aprender algo, o por lo menos saber decir “me da una moneda?”….
De inglés no hablamos, porque entendemos que todos tenemos un nivel digno de un nativo londinense (risas).

5º_ Crisis:

Es la barrera más grande, creo yo, porque la gente no se la juega a invertir ahora. Se quedan tal y como está, recortan lo que pueden como nuestro noble presidente del gobierno, y a esperar que la mierda no les salpique, cuando lo que deberían hacer sería invertir en innovación y maneras de atraer al usuario. Quieren salir de la crisis con productos de hace dos quinquenios, cuando la ley de vida es renovarse o morir…

6º_ Vergüenza a llamar a la puerta:

Aquí me incluyo también, nos da vergüenza llamar a la puerta de las empresas, directamente, y echarle morro y si puedes hablar con el que está más arriba, lo haces. Así muestras un interés especial por la empresa, y ven que eres un tipo con personalidad, que no se limita a mandar correos mendigando trabajo y se sienta a esperar.

7º_ Inocencia:

Somos, o bueno, soy mas inocente que un huevo frito. Te piden presupuesto para algún trabajo, les dices 5, y te contestan “4? Para que quieres 3 si con 2 ya vale! Anda toma 1 y me traes las vueltas”, y tu te achantas y dices, vale pues lo hago y si quieres aun te pago y todo…
Da igual lo que te digan, tu haces un trabajo, que tiene que estar remunerado como es debido. A un médico no se le regatea, a nosotros tampoco. Y si dicen que lo pueden hacer ellos también? Vale, que lo hagan ellos, y que comparen un trabajo con otro.


Aun con todo, yo sigo teniendo esperanza en encontrar un trabajo decente, y por lo pronto, sigo con mis listas de reproducción planeando mi salto a la vida laboral.


Sergio Jericó, Zaragoza, Diciembre 2012


domingo, 30 de septiembre de 2012

EL OTOÑO DEL PP


Chaná chaná chananananáááááá. No. Siguen sin gustarte las gaviotas. Y no, no has decidido meterte donde no te llaman. Estás metida donde no te ha quedado otro remedio.


Mamá, este otoño he pensado que me voy a afiliar al PP. No vamos a entrar en reacciones.



El caso es que, lo mires por donde lo mires, ha sido un mes realmente cojonudo. El PP, a veces, es una pasada. Vale sí, hay otras cosas que han ayudado, pero chsst, que eso no le importa a nadie. Coges un bolígrafo y haces memoria a ver a ver, qué he hecho yo de interesante últimamente. Para empezar, hacer y deshacer maletas, que suele ser un ejercicio que tonifica todos los músculos del cuerpo y alguno del alma; gastas agua, detergente, tiempo, paciencia y  energía. Aprovechas para discutir con alguien y más o menos (pero solo más o menos) mantiene la mente ocupada.



Por lo demás, has maquillado el currículum, el portfolio y has desarrollado la inútil, banal y pútrida actividad de imaginarte ejerciendo el trabajo de tus sueños. O lo que es más inútil, banal y pútrido: te has imaginado haciendo todas esas cosas que el trabajo te permitiría hacer. Lo bueno del PP es que te deja pensar. Alabado sea el pensamiento, que muchas veces no sirve más que para fastidiarla.



Te pasó una cosa que podríamos llamar graciosa. Sonó el teléfono y una voz muy amable al otro lado te dijo que te llamaban de esa empresa X a la que mandaste el currículum, que quieren conocerte. Y allá que vas, como Madonna, touched like the first time. Todo muy correcto y muy ético, el protocolo ya nos lo conocemos. Lo malo es que después de un tiempo cómo decirlo, mm, acomodada, se te había olvidado algo.



¿Sabes qué pasa? Que estamos buscando a alguien un poco más mayor, tú solo tienes veintiséis.



Alto ahí, chaval. A día de hoy (agosto de 2012), sólo son veinticuatro.



Ya, bueno, pero claro, eres muy joven…



Bueno, es que eso sólo se soluciona de una manera. Llámame dentro de cinco años. Tendré cinco más que ahora, pero a lo mejor no estoy dispuesta a dejarlo todo para hacerte caso a ti.



(Silencio) Bueno, supongo que aunque tienes poca experiencia lo que sí que tienes son ganas no, ¿no?



Ahí te callas y cedes. Vale, sí, tienes ganas. Ganas de hacer millones de cosas que “el trabajo de tu vida” (o cualquiera) te permitirán hacer. Detestas esa piedra en el zapato, la piedra de la edad. La has detestado siempre y siempre te acompañará, cada uno con su lastre. Dicen que las cosas están duras, que el que paga se ha vuelto más exigente. ¿Significa eso que tú no tienes que serlo? Llevas unas semanas dándole vueltas a ese tema. Una cosa es que haya poco donde elegir y otra muy diferente que vayas a vender tu trasero al primero que te silbe. Vamos, mujer, que nunca has sido una chica fácil, no te hagas esto ahora.



No tiene nada que ver con haberse afiliado al Puto Paro.



Natalia Pérez Cameo, Zaragoza, Septiembre 2012









jueves, 9 de agosto de 2012

SAYONARA


Dos cosas básicas, a saber: uno, nada termina. Dos, mañana no madrugas. Y este punto no tiene discusión.

En las películas la gente se lleva las cosas en una caja de cartón marrón. Debe de ser el pack de despedida o algo así. No quieres caja, no merece la pena. No tienes tantas cosas. Dicen los expertos que los niños pequeños, menos un par de añitos, no tienen consciencia del pasado ni del presente. Para ellos todo se limita unos 10 días, momento a partir del cual asumen que algo ha sido así “siempre”. Vamos, que se acostumbran en seguida, resumiendo.

Se acabó estirar la mano hasta la pared y golpear el despertador a las siete y diez, a las siete y quince, a la siete y veinte. Tirarte de la cama a las siete y veinticinco pensando cinco minutitos más mamáááááá. Tu madre no te saca de la cama, eres tú quien se levanta. Pero es psicológico. Ese timbre de despertador significa algo.

No va a haber ningún tipo de despedida. Ha pasado de todo y de todos, como siempre, ni más ni menos. Y punto. Has aprendido a pescar cuando no te gustaba el pescado. Ahora quieres carne.

Lo fácil, lo dado, sería la echarle la impersonal culpa al momento actual, al contexto en el que te estás desenvolviendo. O quizá no. No siempre tiene que haber un culpable para todo. No es que sea malo, es que me dejaron solo. Tampoco vas a darle más vueltas. La autocontemplación no da de comer. Sólo dolores de cabeza.

Decides callarte, que estás más guapa con la boca cerrada y ya hablaremos otro día. Tampoco eres de blablá. A la gente le entra por un oído y le sale por el otro. Y además, por propia experiencia sabes que jamás podrás esperar ni la mitad de lo que tú harías.

Dejémoslo aquí por el momento. Mete tu no-caja de cartón en el maletero y quítale las pilas al despertador, a partir de ahora, y esperemos que por poco tiempo, le dará la brasa a otro. Silbas algo bonito y te tomas una cerveza. Habías pensado en recapitular (vicio, defecto, manía, costumbre, tradición) pero sabes que es mejor no hacerlo. Como lo hagas, repartirás para todo y para todos y después te arrepentirás. Ése es otro vicio que mantienes firmemente que es mejor no practicar; el arrepentimiento.

Como todo en tu vida, acción y reacción. Estás esperando que el universo te devuelva un favor, pero sabes que no puedes esperar demasiado; siempre es decepcionante. Así que mientras desempaquetas tus no-cosas, abres la maleta. No hay mal que por bien no venga. Ahora tienes vacaciones. Y algo de metro noventa en que pensar.

Tócala otra vez, Sam. Ésta me gustaba.

Natalia Pérez Cameo, Zaragoza, Agosto (y a gusto) 2012






miércoles, 25 de julio de 2012

EL MITO DE MARIANTONIETA


Zas en toda la boca. Bazinga, en versión original. Tienes la sensibilidad de un hacha desafilada. Tú no tienes tacto, nunca lo has tenido (¿para qué?¿para adornar con florituras las verdades y convertirlas en mentiras?), pero a todo hay quien gana.

Tu puesto de trabajo se pasea de despacho en despacho, lacito incluido, gritando estoy aquí, dame un abrazo. Pero abrazar está muy mal visto hoy en día. Se contagia la gripe aviar, la oligofrenia y el cáncer de próstata. A saber. Las secretarias de cada despacho, un saludo a todas ellas, no todas son iguales, son las que lo van cambiando de mesa, metiendo la mierda bajo la alfombra, el muerto en otro jardín. Dices tú, que alguien lo verá. Tu puesto de trabajo. La imprescindibilidad de lo innecesario.

Como complemento del verano, accesorio del finiquito, te has comprado una sonrisa y has descargado un politono que quiere parecerse a una carcajada, lo has instalado en tu cabeza y cuando alguien dice algo gracioso, puedes sonreír y reírte como si no pasara nada. Luego puedes toser discretamente, cofcof, y preguntar con toda la educación de colegio de monjas (eso dice tu abuela, que sabe de sobras que no fuiste a un colegio de monjas), qué está pasando.

Ah, no sé. ¿Y cuándo sabrás algo? Pues no lo sé, la verdad, ¿qué le da un árbol a un hongo? ¡sombra!

Ohdiosmiodiosmioporquemehasabandonado. Y un día se abren los cielos. Qué jodido lo tenemos en las semifinales, de aquí no pasamos, que no están malacostumbrando; por cierto, a lo mejor estoy de vacaciones cuando te vayas, no lo sé.

Ah, ¿qué es lo que no sabes? ¿Si estarás de vacaciones o si me voy?

No sé si estaré de vacaciones. Que te vas ya lo sé.

Se hizo el silencio. Ese silencio espeso y opaco, que tienes que cortar con un cuchillo jamonero. Ese silencio que te hace pensar dialgunatonteriaquenoparezcaquequierescortarlelaspelotas. Mentalmente le cortas las pelotas, por supuesto, de un solo tajo y luego se las ofreces a una horda de caníbales hambrientos que usarán la sangre para pintar las paredes de sus casas el día del juicio final. Redoblan los tambores ¿o es tu mala leche desbocada? Ah, no, es el becario tragando saliva. Probablemente eres tan transparente en este momento que toda la oficina ha visto el rito satánico al que has sometido a las gónadas de tu interlocutor.

Para descargar tensiones, pulsas ON y sonríes. Lástima no llevar pintalabios. Te levantas, te vas al baño y allí, en ese templo mágico de la comunicación, se te revela otra verdad: toda la oficina sabe el día en que vas a volver al paro. Levantas la tapa del inodoro y piensas ¿quepo por aquí y así no tengo que volver a salir? Entonces te das cuenta que con el politono te descargaste kilo y medio más de dignidad, que estaba de oferta, y te la calzas como puedes, estirándola bien, que no queden arrugas. Sonreíd y saludad. ¿Cómo están ustedeeeeeeeeeeees?

Natalia Pérez Cameo, Zaragoza, Julio 2012




domingo, 17 de junio de 2012

Los reyes no son


Ahora que ya eres mayor, puedo decirte una cosa.

Realmente no te enteraste así. Quieres creer que la metáfora sobre el trío de reales divinidades lo descubriste por ti misma, que no te lo contó nadie.  A pesar de esta pequeña diferencia, el resultado fue el mismo: ya nada volvió a ser igual. No podías mirar bajo el árbol y fingir indiferencia. No podías ir a la cabalgata del día 5 o leer folletos de juguetes sin torcer el gesto.

Digamos que esto es algo parecido. Ya sabías que había algo, que siempre siempre hay algo. Todos los escenarios tienen algo escondido detrás del telón. Todos los actores esconden tras su personaje otro tipo de realidad.

En tu condición de novata hay cosas que no se ven. Digamos que la falta de experiencia otorga dioptrías de las que no te desharás a no ser que alguien te cuente la verdad o la descubras por ti misma. Es decir, como pasó con la noche de reyes.

Resulta que ese señor de traje y ese otro no se pueden ni ver. Resulta que un día, resulta que un año, resulta qué.  Y cuando promocionaron a Fulano, Mengano hizo vudú y luego vino un tercero y nada de lo dicho es cierto. De prometer al meter. Aquí paz y después gloria. Dios dijo hermanos pero no primos. Dos no discuten si uno no quiere.

Te quedas con la boca abierta. Yo esto no lo sabía. Cómo lo ibas a saber, si eres una pimpina. Ya, pero no me lo imaginaba.

Pues si tú supieras… La chica de la falda, la que baja. Pues esa. Dos veces. Eso dicen, yo no lo tengo tan claro. Baaahh, seguro que si, el de abajo lo vio. Cómo lo va a ver. 

He oído decir, fíjate lo que te digo, qué.

Ahora, cada vez que pasan Fulano y Mengano haces como cuando viste El Sexto Sentido por segunda vez. Y te das cuenta. Coño, es verdad, no se miran. Luego baja la chica de la falda. Y se cruza con. Vuelves a mirar, de reojo. ¿Será verdad? No lo parece. Vete a saber, te dices. No te puedes creer ni la mitad. Tú, que habías pensado que no había nada más allá de lo que se ve, y eso que eres de las personas que sabe que SIEMPRE hay algo detrás.

Durante unos días estarás con la mosca tras la oreja, tanteando aquí y allá, a ver qué pasa, quién mira a quién, quién habla qué. Hasta que se te pase. Total, no merece la pena. Las comidillas no son sólo cosas de patio de vecinas, también lo son de mesas y despachos. Aunque la mitad sean probablemente dudosas.

Es la parte humana y cruel de las sociedades, sean de la naturaleza que sean. A veces, cuando te levantas al baño y la chica del fondo te mira, piensas ¿y qué pensarán de mí? ¿Qué se dirá el día que me vaya?



Natalia Pérez Cameo, Zaragoza, Junio de 2012







martes, 15 de mayo de 2012

Fútbol


El fútbol es a los lunes lo que la siesta a los viernes. Patognomónico y de obligado cumplimiento. Qué triste que es la humanidad, qué poco necesita para alienarse. Una pelota y cuarenta millones de personas ya tienen tema de conversación, aunque sea mental.

No lo niegues. A ti puede que no te guste, o que te la traiga floja el partido del sábado. Pero SABES que hubo partido el sábado. Y de esos cuarenta millones de personas te toca un ínfimo porcentaje, sólo a ti, que te informa aunque no quieras, de quién ganó y quién perdió. Dicen los aficionados que eso es lo bonito, que une personas.

Como Mayoral cuando eras cría, que hacía amigos.

Lo malo del fútbol no es que te guste, porque te gusta un poquito, es que más vale que no lo digas. Porque como abras la boca, la cagarás. Así de pleno.

Lunes, 8.55 de la mañana. Todavía no has abierto los ojos (lo harás dentro de un par de horas como mínimo) y ya ha habido alguien que ha hecho un comentario. 

Joder que paliza…

Bah, ya fue para menos…

Mucho hablar, mucho hablar…

Sí, sí. El que ríe el último ríe mejor.

Las dos primeras horas de los lunes, esas que tú dedicas a fingir que te enteras de todo, son de debate. Según va llegando la gente, arrastrando los pies y pensando en lo bien que estarían en su casa, van creciendo los comentarios. Alguno viene tan desconectado que a pesar de ser del equipo ganador no sabe a cuenta de qué viene tanta felicitación.

Es lo que tienen los lunes de mayo, que además de legañosos, vienen ladinos.

Lo bueno es que mayo supone el fin de la liga, la copa, la champions y del cristo que fundó al copetín de la baraja dioslotengaensugloria. Y entonces se cambia de conversación los lunes y pasa a hablarse de la caña que se toma uno el sábado por la tarde en la terraza de la plaza de su pueblo, a la fresca lozana.  De las ganas de ir a la piscina. De lo loco que está el tiempo, vete tú a saber dónde vamos a llegar con el invierno que hemos tenido.  Pues yo me iría a las Bahamas. Pues yo con un poco de hielo en el café me conformo. Uy café, yo quiero una chorradica de Bayley’s que si no no trabajo.

Coges el café caliente, te sientas en tu silla, que arde como si estuviera ahí fuera, al otro lado del tabique al sol lagarterano y cuentas hasta 3 para ponerte en faena. Entonces se abren las puertas de las mentes que llegaron a primera hora pensando en el fútbol y no se pusieron a trabajar hasta AHORA;  todo es para AYER. Tú no viste el partido de anoche. Menos mal.

Es lo que tienen los lunes de mayo, además de legañosos y ladinos, tocapelotas.

Natalia Pérez Cameo, Zaragoza, Mayo 2012


miércoles, 28 de marzo de 2012

Agotamiento

Darlo todo.

Se supone que ése es tu propósito, esforzarte al máximo, sacar eso que se supone que llevas dentro. Hoy estás cansada. Cansada de todo. Por algún mecanismo diabólico, las últimas semanas son una espiral de estrés y de prisas. Dices las últimas semanas pero en realidad no sabes si empezó ayer y lo que pasa es que se te ha hecho eterno.

La excusa es que como eres nueva, sólo tú te preocupas. A lo mejor es eso. Lo de tener mucha energía está muy bien, eso es indiscutible, pero, ya vale, ¿no? Es uno de ésos días donde pasarías de todo el mundo (la primavera, dices, que está jodida como todos los años) y lo mandarías todo a la mierda. Hoy no me levanto por más que me lo pidan. Pero te levantas. No te lo pide nadie, te lo pides tú.

Te levantas, te miras al espejo y dices “hoy no me tose nadie, ni siquiera yo”. Mentira. Dos horas después (u hora y media, o tres cuartos de minuto, eso da igual), vuelves a ser un trapo humano, en el término más rastrero de la expresión. A lo que llegas a tu silla, incómoda, rígida, matadora, todos los buenos propósitos del amanecer han desaparecido. Tienes un humor de perros, el ceño fruncido, un sueño tremendo y la espalda te está matando.

Eres incapaz de soltar una palabra amable, tú, el encanto personificado (o eso te dices cuando estás de buen humor), y mucho menos una sonrisa. Morderías. No, mientes, MUERDES. Y a cada segundo que pasa que tu mesa se llena de trabajo y la gente pasa y pasa, más te cabreas. ¿Y yo, por qué me doy tanto mal? El resto con su café, su almuerzo y su paz. Tú te pones la música, lo más duro que encuentras, y las horas pasan despacio despacio.
Has hecho tres listas de cosas que tienes que hacer: una global, otra de cosas que vas haciendo y otra de cosas que tienes pendientes. Una es cada vez más larga, otra cada vez más corta. Luego vas tachando y tachando, en varios colores y diversos grosores. Eso te da fuerza, fíjate que estupidez. Qué poquito hace falta para ser feliz: un bolígrafo rojo, un rotulador verde y un fluorescente naranja. Tú, para ser feliz, no quieres un camión.

Son las 17.56, te quedan 4 minutos sentada en tu incómoda silla. La lista ya está completa. Al menos, la de hoy. Hoy ya nadie te tose. ¿A costa de qué? De no haber sido capaz de esbozar una sonrisa en lo que llevas de día. Has comido sin emitir ningún sonido, si acaso a eso que has hecho hoy se le puede llamar comer. Te has tomado dos cafés y el que te has tomado en casa.

Sólo es lunes. Coges el bolígrafo rojo, el rotulador verde, el fluorescente naranja y el calendario de sobremesa. Ahora es el momento de tachar los días que te quedan para coger vacaciones la semana que viene. Hoy tienes diez años más, así de golpe, sin pensarlo.

Necesitas una buena colleja, o algo parecido. Eres nueva, pero eres humana. A veces se te olvida.

Natalia Pérez Cameo, Zaragoza, Marzo 2012



domingo, 12 de febrero de 2012

La voz


Estabas a lo tuyo, trabajando, concentrada en ti misma y en nadie más. Uno de esos momentos en los que no hay más mundo más allá de tus auriculares, el ritmo que marcas con el pie y el tamborileo de los dedos de la mano izquierda sobre la mesa. En la derecha, el ratón, de aquí para allá como una centella. Esto un milímetro más allá, aquello bloqueado, lo otro delante de lo último, capa activa, capa bloqueada, y un montón de comandos que te sabes de memoria y no sabes cómo.

De pronto, si lo hayas oído venir, ni siquiera en lo más remoto de tu imaginación, escuchas una voz a tu izquierda.

-¿Qué estás haciendo?-la voz es áspera y seria, pero aunque suena dura quieres pensar que es por imposición de galones, por contrato. Una de esas voces que si te la cruzaras en el ascensor te preguntaría por el tiempo con una sonrisa. Crees que realmente no quiere ser duro contigo, pero su condición social se lo impide. Ante ti se encuentra, en persona, el director general. O el presidente. O lo que sea. La denominación nobiliaria te da un poco igual. Es el que más manda, vaya. Lo demás, sobra.

No te ha dado ni los buenos días. ¿Para qué, si es un semidiós? Eso es para pútridos y ruines mortales. Tampoco se ha molestado en carraspear antes de interrumpirte. No le hace falta.

-Ehhhhh......-de todos los vocablos, te sale un eh. Con la E muy larga, claro. Como si fueras una oveja acojonada. Podrías haber dicho nada, como si se lo dijeras a tu padre cuando sabes que te va a caer una bronca. Pero has dicho EH. ¿Es acaso decente? te preguntas. ¿Cuatro años de formación para acabar diciendo eeh?

Cuatro pares de ojos se clavan en ti y tú rememoras un clásico.

¿Acaso si me pincháis no sangro?

-Estoy haciendo ESTO-y escupes la frase y la explicación con la misma voz con la que presentaste el proyecto final de carrera. Los cuatro pares de ojos se retiran de tu nuca y ya no sientes que te tiemblen las rodillas.

Uf.

Va a ser verdad, es mortal.

Por debajo del tupé atisbas que la frente se le arruga, igual que el bajo del pantalón de traje. ¿Una mueca? Para empezar, el señor director general, que vive y domina el tercer piso, no suele bajar a galeras a ver cómo reman los esclavos. Él es un señor de corbata y no mancharse. Tú acabas de llegar y no te esperabas esto. Quizá es normal, piensas, una bromilla de novatos. Lo de presentarse así y hacer "¡buh!". Por la cara que han puesto los demás. No, no lo es. Resulta que va en serio, alguien se ha fijado en tu trabajo y se ha parado a preguntarte por él.

Cuando el señor del traje se marcha escaleras arriba y mientras escuchas el eco de sus suelas retumbando por el edificio, sientes que has estado a la altura, que no solo de novatadas se vive y que, desde luego, ahora no puedes echarte a dormir.

Natalia Pérez Cameo, Zaragoza, Febrero de 2012




jueves, 26 de enero de 2012

Fotocopias

Eh, tú, sí, la de la camiseta de rayas, tú. Ven aquí, maja. Y tú vas. Obviamente. Vas tan deprisa como si  te retropropulsara un motor subatómico: el entusiasmo. Te señalan un montón de papeles (en el sentido más absoluto de la palabra montón) y te dicen podrías hacerme fotocopias de eso, por favor.

Fotocopias. Esas cosas que escupe la máquina del final del pasillo, bajo el extintor junto a los baños. La máquina, que está ahí y que tú siempre has pensado que es la excusa perfecta para que parezca que haces algo. Quizá porque la chavala del despacho de al lado (metro ochenta, melena al viento, Blanik) usa la fotocopiadora para espiar al chico de mantenimiento, que lo único que tiene de llamativo es un destornillador de treinta centímetros (de la mano).

Claro. ¿A doble cara? Por preguntar, que no quede. A veces es mejor parecer tonta que demasiado lista. Hubieras preguntado si las quería con aroma a frutas o quizá coco, pero tampoco es cuestión de pasarse. Después de todo, llevas dos semanas sentada en la misma silla mirando a las musarañas y no quieres que se descubra que en realidad no eres necesaria. De sobra sabes que nadie lo es.

En el trayecto a la fotocopiadora te cruzas con el jefe del departamento ACME que crees que te sonríe y te da los buenos días. Luego la chica que trabaja sentada frente a la mampara, en el despacho frente a la escalera, hace como que te observa pero no te dice nada. Esta chica, supones, hace lo mismo con todo el mundo. Es la maldición de trabajar junto a la escalera: te conviertes en el control de paso. La fotocopiadora, tu gran amiga, está esperándote. Habéis pasado muchas horas juntas en los últimos días. Se ilumina de la emoción y ronronea con cierto cariño. A todo el mundo le gusta saber que le echan de menos. Sólo tú la ves a ella como algo más de lo que es. Y ella a ti.

Mientras la máquina trabaja (ñuuu, chachá, ñuuu, chachá) piensas que hoy será el último día que haces esto. Ahora volverás a tu sitio, junto a la ventana detrás de la columna y alguien te necesitará. Te verá y te encargará algo que tú y sólo tú podrás hacer y serás realmente útil. Volverás a casa pletórica y satisfecha, llamarás a tu madre y a tus amigas y podrás decir que has vuelto cansada de trabajar, que es diferente a volver de trabajar cansada.

La fotocopiadora se interrumpe, leyendo tus pensamientos. El botón verde y redondo parpadea confuso. Te está guiñando el ojo pero en realidad tiene la mirada triste. Te recuerda que esto ya lo pensaste ayer. Y antes de ayer. Escupe la última copia del montón y se apaga. Sin la luz de la fotocopiadora eres una sombra en el pasillo. Quizá esa luz sea la que única que permita verte y no eres visible bajo ninguna otra. El chico de mantenimiento sube por la escalera con su destornillador. La chica de los Blanik viene casualmente por el fondo del pasillo con su banda sonora particular. Cloc, cloc, cloc. Tiene estilo, la tía, piensas cuando os cruzáis delante de la chica que casi todo lo ve. Ves la sonrisa del chico de mantenimiento reflejada en la mampara, mientras que la chica que hay al otro lado tiene el ceño fruncido.

En ese cruce de miradas nadie ha reparado en ti. Nadie te ha mirado. Nadie te ha visto. Como las últimas dos semanas en tu mesa detrás de la columna. Piensas en el destello apagado de la fotocopiadora. Ella sí que sabe. La de los Blanik tiene estilo, pero tú tienes un superpoder.




Natalia Pérez Cameo, Zaragoza, enero de 2012






jueves, 12 de enero de 2012

Novedades

Eres nueva. Lo nuevo tiene el mágico efecto de llamar la atención. Pero también tiene el riesgo de que sólo pueden darse dos opciones: o caes bien a la primera o tendrás que luchar mucho para ello. Es difícil elegir de qué lado quieres estar y la verdad es que no es a ti a quien le corresponde dicha decisión. Tú sólo eres como eres y como no sabes ser de otra manera, pues no hay otra salida.

Lo único que puedes hacer es intentar ser  íntegra en la medida en la que el entorno te lo permite. Cuando empezaste el instituto, allá en la época del acné y los cambios de voz, tenías que llevar ropa guay y hacer unas cuantas tonterías. Claro que en ese momento de tu vida prácticamente se trataba de sobrevivir y ahora ya sabes que nadie se muere por caerle mal a otro alguien… Pero este juego ahora tiene otras reglas.  No te sirve el truco de la ropa y tampoco el del peinado. Fumar ya no es políticamente correcto y según dónde te metas tampoco  es un acto social. Te quedan la conversación y los modales. Por conversación se entiende que cuando alguien te habla seas capaz de contestarle de manera fluida y que pasados cuatro días ya no se te salten los colores para iniciar tú un intercambio lingüístico. Por modales quedan descritos el tono, la velocidad y el registro idiomático que usas. Vamos, que si un jefe te pregunta qué tal el fin de semana, no le digas pues me agarré un tajadón de la hostia y no veas  qué manera de echar la pota el sábado.  Puedes adorarlo con una sonrisa, encogerte de hombros y limitarte a decir bien, con los amigos un rato, a ponernos al día, que ahora ya no nos vemos tanto.

Luego, cuando llegues a casa, pensarás pero quién me mandaría a mí ser tan seca, joder, si él sólo estaba intentando ser simpático. Pero al día siguiente te haces la simpática tú y parece que tampoco estaba bien hecho. Plan B: el magnánimo silencio que precede al bueno, yo es que soy nueva. Así un día y otro, donde fueres haz lo que vieres y qué pensará esta gente de mí, yo que voy más perdida que un pulpo en un garaje y no se hacer la O con un canuto. Y como cada vez que empiezas algo nuevo, la suma de los días se te sale de la cuenta y a lo que te quieres enterar ya no te sirve este recurso. Más bien, es que ni siquiera quieres usarlo.

Porque un día te levantas y no es a ti a quien le dan las collejas en el pasillo, sino que eres tú quien reparte el bacalao. Lo malo es que a eso también hay que aprender, pero por algún diabólico motivo, es mucho más fácil. Será porque ya sabes lo que se siente, y te das cuenta de que, realmente, no era para tanto. Miras al nuevo y piensas ahhh, así que era así como me veían a mí. Quizá te sorprenda el descubrimiento. Ahora deja de mirarte el ombligo, anda, que a los nuevos tampoco se les da tanta importancia.

Natalia Pérez Cameo, Zaragoza, enero de 2012