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domingo, 31 de marzo de 2013
TERCER NÚMERO DE LA REVISTA
Aquí os dejamos el tercer número impreso de la revista. Desde este enlace podréis descargarla cuantas veces queráis.
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Una Nueva Escoria
miércoles, 20 de marzo de 2013
La ramera y el hielo
“-Cómprame
de este hielo, que es el mejor-el esquimal miró al mercader con recelo y volvió
la mirada a su iglú.
-Pero si
ya tengo mucho-replicó. Todo era hielo a su alrededor- ¿Para qué quiero más?
-Cierto,
ya tienes mucho, pero no tienes de ESTE. ¿No lo ves? Mira bien, huélelo. Es más
blanco y está más frío.
-Pero es
más caro…-insistió el esquimal.
-¡Vamos
hombre! ¡Tienes que mirar más allá! Piensa en el beneficio, piensa en que todos
tus vecinos te admirarán por ello. ¡Qué manía tenéis los esquimales con el
dinero! El que algo quiere, algo le cuesta. Y no es para tanto. Si puede
permitirte un iglú con chimenea, esto también. Hay que marcar la diferencia.
El
esquimal dudó un momento. El mercader había insistido mucho en sus bondades
como comerciante, en la calidad de su nuevo producto, en lo bien que le
sentaría. Era cierto que tenía un iglú con chimenea, pero aquello había sido
una gran inversión y le proporcionaba calidad de vida a su familia. No era un
esquimal derrochador.
Obediente,
le compró el hielo al mercader.
Después
de todo, le había puesto muchos ejemplos de éxito y también quería eso. Éxito”
Después de leer esta historia, no sabes cómo
terminarla. ¿Arderá el hielo cuando ponga la calefacción? ¿Será en efecto
cierto que era mejor que el hielo que ya tenía?
Hay varios tipos de mercaderes, que
básicamente se resumen en dos. El mercader comercial, que en vez de clientes ve
símbolos de dólar, y el mercader artesano, que en vez de hielo ve criaturas
mágicas fruto de su esfuerzo.
Existe un modelo de negocio actual por el que
el segundo tipo de mercader sólo es un obrero (y ya es un piropo) y al primero
se le llama visionario. Éste, a su vez, tiene un arma poderosa guardada bajo el
cinturón, al resguardo de la entrepierna, sudada y sobada: el Elitismo.
Personalmente te desagrada el término, te da
ascazo, náuseas, te sale urticaria, te quita el sueño.
A ver, señores, una cosa es segmentar el
mercado y otra ser elitista. O eso te enseñaron a ti. Ser práctico y tener un
objetivo no es ser elitista.
Encontrar un nicho de mercado no significa que tengas que escudarte en la
élite. La élite no justifica la prostitución del diseño.
O a lo mejor el problema vuelve a ser tuyo y
te equivocaste de profesión. Si quieres que te tomen en serio, tienes que
incluir manzanas en el menú, al parecer.
Si no, es que no es para tanto.
“No se pudo convencer al cliente de que la app
costaba 2,5€ hasta que no supo que aparecería su nombre. Entonces le encantó”.
Guay. Pues vale. Te lo compro, a nadie le amarga un dulce. Pero si quieres
captar al cliente de tu cliente (media de edad, 55 años; conocimientos de app:
nulos), ¿cómo lo haces? Porque primero tienes que convencerle de que tiene que
gastarse unos 600 en poder acceder a tu producto.
“Ahí
está a gracia, en ser elitista”.
Y entonces es cuando se genera una subespecie
humana tan elitista tan elitista, que después de pulsar un botón genérico de
ON, pregunta:
¿Alguien
sabe usar un pecé?
Y no solo tú pensarías, además de puta, pon la cama.
Natalia Pérez Cameo, Zaragoza, Febrero 2013
viernes, 4 de enero de 2013
Smartphone
Ese aparato pequeño que emite muchos tipos de
sonidos. ¿Para qué? Pues fundamentalmente para nada. Mucha información para no
informar de nada.
Bip bip.
Anda,
estás en el baño. Mira qué bien. Veo que has comido lentejas.
Bip bip.
Sí, me
parece bien que te guste el helado de chocolate.
Bip bip. Clonck.
Apagado.
¡No te
enteras de nada!
Eh, no.
Déjame vivir mi vida, que estoy empezando a cansarme de vivir la tuya. Si no me
entero es porque no hay nada de qué enterarme.
Es que
no contestas nunca.
¿Y qué?
Ya lo sabes. Si quieres decirme algo importante, llámame. Si sólo quieres
distraer mi atención, vas listo. Es que si vas por la calle no puedes
comunicarte con nadie. ¡Pues a lo mejor es esa mi intención!
Ay, me
pica el cuello. Debe ser el chip localizador ése que
te ponen cuando te descargas otra app de mensajería instantánea. Es que como al
mismo tiempo te quitaron una parte de la corteza cerebral, pues claro, ya no
puedes analizarlo con perspectiva.
Bip bip.
En media
hora en el lugar X.
¡No
viniste!
Eh, el
mensaje llegó instantáneamente al servidor, no le culpes a él, pobrecico mío,
que no te ha hecho nada. Es que yo no quise leerlo. Mi previsión a medio-largo
plazo incurre tiempos de más de 30 minutos. La que no soy instantánea soy yo.
Pues es
que yo no concibo recibir uno y no contestarlo.
Y yo no
concibo que nuestra relación se base en el double check. Antes me llamabas y me
decías “el viernes a las 7”. Y yo allí estaba. Ahora, como no te contesto al
nanosegundo, ya no me llamas.
Es que
me sale muy caro.
Claro, y
para que tú no tengas que llamarme a mí, yo tengo que desembolsarme lo que no
tengo.
Con lo fácil que es darle al botón y escuchar
el silencio. Dicen que de las malas noticias siempre te acabas enterando. Y es
verdad. Para las buenas no te llama nadie. Pero si alguien quiere algo, bien
que consigue comunicarse.
Vives en la era de la comunicación y no te
enteras de nada.
Es que para que sea la era de la comunicación
tienes que tener algo que comunicar.
Si no es así, deja a la gente en paz. Ah, no, que entonces eres un antisocial y
todo el mundo tiene derecho a enfadarse.
Pero ya tú ya no tienes derecho a la
intimidad.
Ring ring.
Silencio.
¿Y ahora
por qué no me contestas?
Silencio.
Ya lo decía la canción.
Whatsapp killed the voice call star.
Natalia Perez Cameo, Zaragoza, Enero 2013
domingo, 11 de noviembre de 2012
INNECESARIEDADES
El tuyo debe de ser superficial e inútil y por eso mucha gente lo considera prescindible. Sin embargo, debe de haber cosas peores.
El otro día, cultivando tu intelecto para que alguien considere (cuando al sistema le parezca oportuno) que vales más que los demás, se planteó algo que no se te había pasado antes por la cabeza. Al parecer hay quien piensa que hay cosas que no deberían estudiarse porque no tienen ningún interés:
Y tú, ¿porqué enseñas geología en la universidad, si eso no tiene ningún interés?
El revuelo que se sucedió a semejante duda fue bastante notable. El contexto, una clase de alemán. Que ya me dirás que tendrá que ver el tocino con la velocidad. Supones que la misma persona que dice que “estudiar geología no sirve para nada”, no tendrá muy buena opinión sobre discutir durante varias horas sobre la conveniencia o no de usar un rojo al 100% o rebajarlo al 90%. Eso sí que debe de ser inútil, pensará. Así que te callas.
Una cosa es la crisis y otra, lo innecesario. ¿Qué pasa, que ahora sólo puedes dedicarte a algo imprescindible? ¿Qué se considera imprescindible? Porque en tu humilde opinión, todo el mundo es prescindible. ¿Para qué quieres estudiar idiomas si no tienes dinero para viajar? ¿Para qué quieres saber cómo construir casa si nadie te las va a comprar? ¿Para qué quieres saber cómo curar a la gente, si total todos nos vamos a morir? Vale, ahora te estás convirtiendo en la reina del drama. Es lo que tiene el paro, que empleas las jodidas 24 horas del día en pensar en cosas, redundantemente, innecesarias. Si alguien es feliz enseñando geología, déjale que sea feliz.
Volviendo al tema de la innecesaridad de la intensidad del rojo, lo bueno es que la vida de nadie depende de esa decisión. Como mucho, el humor de tu jefe. Pero, psé, eso tampoco va a quitarte el sueño. Ése ha sido tu concepto del trabajo desde siempre. Que es necesario para ALGUIEN, pero no imprescindible para TU vida ¿Qué mierda es esa de vivir colgado del teléfono, de llamar todos los días para comprobar que todas las piezas del puzle siguen en su sitio? ¿Eres acaso tú el pegamento? ¿Es el puzle de tu vida? Si alguna de las respuestas es no, chaval, respira hondo.
Hay cosas que se inventaron para angustiarnos, otras (las que más) no se inventaron: están ahí para disfrutar de ellas. Ésas son las que debería de valer, pero como somos tan estúpidos, nos empeñamos en buscarnos algo que nos haga infelices para sentirnos imprescindibles.
No puedo faltar un día más, me necesitan. Eh, tú, que cuando no existían los móviles el sol salía por el Este igual que ahora. Nadie le pegaba un toque desde el otro lado para recordarle que tenía que salir. Cuelga el maldito aparato y céntrate en lo que de verdad importa, en las cosas que sólo vas a tener una vez y que quizá, cuando tu teléfono ya no esté a la moda, hayan desaparecido
¿Y quién llamarás entonces? ¿Al 112? ¿Para qué?
Quizá ya no haya nadie para cogértelo. Y el rojo seguirá siendo rojo.
Natalia Pérez Cameo, Zaragoza, Noviembre 2012
domingo, 30 de septiembre de 2012
EL OTOÑO DEL PP
Chaná chaná chananananáááááá. No. Siguen sin gustarte las gaviotas. Y no, no has decidido meterte donde no te llaman. Estás metida donde no te ha quedado otro remedio.
Mamá, este otoño he pensado que me voy a afiliar al PP. No vamos a entrar en reacciones.
El caso es que, lo mires por donde lo mires, ha sido un mes realmente cojonudo. El PP, a veces, es una pasada. Vale sí, hay otras cosas que han ayudado, pero chsst, que eso no le importa a nadie. Coges un bolígrafo y haces memoria a ver a ver, qué he hecho yo de interesante últimamente. Para empezar, hacer y deshacer maletas, que suele ser un ejercicio que tonifica todos los músculos del cuerpo y alguno del alma; gastas agua, detergente, tiempo, paciencia y energía. Aprovechas para discutir con alguien y más o menos (pero solo más o menos) mantiene la mente ocupada.
Por lo demás, has maquillado el currículum, el portfolio y has desarrollado la inútil, banal y pútrida actividad de imaginarte ejerciendo el trabajo de tus sueños. O lo que es más inútil, banal y pútrido: te has imaginado haciendo todas esas cosas que el trabajo te permitiría hacer. Lo bueno del PP es que te deja pensar. Alabado sea el pensamiento, que muchas veces no sirve más que para fastidiarla.
Te pasó una cosa que podríamos llamar graciosa. Sonó el teléfono y una voz muy amable al otro lado te dijo que te llamaban de esa empresa X a la que mandaste el currículum, que quieren conocerte. Y allá que vas, como Madonna, touched like the first time. Todo muy correcto y muy ético, el protocolo ya nos lo conocemos. Lo malo es que después de un tiempo cómo decirlo, mm, acomodada, se te había olvidado algo.
¿Sabes qué pasa? Que estamos buscando a alguien un poco más mayor, tú solo tienes veintiséis.
Alto ahí, chaval. A día de hoy (agosto de 2012), sólo son veinticuatro.
Ya, bueno, pero claro, eres muy joven…
Bueno, es que eso sólo se soluciona de una manera. Llámame dentro de cinco años. Tendré cinco más que ahora, pero a lo mejor no estoy dispuesta a dejarlo todo para hacerte caso a ti.
(Silencio) Bueno, supongo que aunque tienes poca experiencia lo que sí que tienes son ganas no, ¿no?
Ahí te callas y cedes. Vale, sí, tienes ganas. Ganas de hacer millones de cosas que “el trabajo de tu vida” (o cualquiera) te permitirán hacer. Detestas esa piedra en el zapato, la piedra de la edad. La has detestado siempre y siempre te acompañará, cada uno con su lastre. Dicen que las cosas están duras, que el que paga se ha vuelto más exigente. ¿Significa eso que tú no tienes que serlo? Llevas unas semanas dándole vueltas a ese tema. Una cosa es que haya poco donde elegir y otra muy diferente que vayas a vender tu trasero al primero que te silbe. Vamos, mujer, que nunca has sido una chica fácil, no te hagas esto ahora.
No tiene nada que ver con haberse afiliado al Puto Paro.
Natalia Pérez Cameo, Zaragoza, Septiembre 2012
jueves, 9 de agosto de 2012
SAYONARA
Dos cosas básicas, a saber: uno, nada termina. Dos, mañana no madrugas. Y este punto no tiene discusión.
En las películas la gente se lleva las cosas en una caja de cartón marrón. Debe de ser el pack de despedida o algo así. No quieres caja, no merece la pena. No tienes tantas cosas. Dicen los expertos que los niños pequeños, menos un par de añitos, no tienen consciencia del pasado ni del presente. Para ellos todo se limita unos 10 días, momento a partir del cual asumen que algo ha sido así “siempre”. Vamos, que se acostumbran en seguida, resumiendo.
Se acabó estirar la mano hasta la pared y golpear el despertador a las siete y diez, a las siete y quince, a la siete y veinte. Tirarte de la cama a las siete y veinticinco pensando cinco minutitos más mamáááááá. Tu madre no te saca de la cama, eres tú quien se levanta. Pero es psicológico. Ese timbre de despertador significa algo.
No va a haber ningún tipo de despedida. Ha pasado de todo y de todos, como siempre, ni más ni menos. Y punto. Has aprendido a pescar cuando no te gustaba el pescado. Ahora quieres carne.
Lo fácil, lo dado, sería la echarle la impersonal culpa al momento actual, al contexto en el que te estás desenvolviendo. O quizá no. No siempre tiene que haber un culpable para todo. No es que sea malo, es que me dejaron solo. Tampoco vas a darle más vueltas. La autocontemplación no da de comer. Sólo dolores de cabeza.
Decides callarte, que estás más guapa con la boca cerrada y ya hablaremos otro día. Tampoco eres de blablá. A la gente le entra por un oído y le sale por el otro. Y además, por propia experiencia sabes que jamás podrás esperar ni la mitad de lo que tú harías.
Dejémoslo aquí por el momento. Mete tu no-caja de cartón en el maletero y quítale las pilas al despertador, a partir de ahora, y esperemos que por poco tiempo, le dará la brasa a otro. Silbas algo bonito y te tomas una cerveza. Habías pensado en recapitular (vicio, defecto, manía, costumbre, tradición) pero sabes que es mejor no hacerlo. Como lo hagas, repartirás para todo y para todos y después te arrepentirás. Ése es otro vicio que mantienes firmemente que es mejor no practicar; el arrepentimiento.
Como todo en tu vida, acción y reacción. Estás esperando que el universo te devuelva un favor, pero sabes que no puedes esperar demasiado; siempre es decepcionante. Así que mientras desempaquetas tus no-cosas, abres la maleta. No hay mal que por bien no venga. Ahora tienes vacaciones. Y algo de metro noventa en que pensar.
Tócala otra vez, Sam. Ésta me gustaba.
Natalia Pérez Cameo, Zaragoza, Agosto (y a gusto) 2012
miércoles, 25 de julio de 2012
EL MITO DE MARIANTONIETA
Zas en toda la boca. Bazinga, en versión original. Tienes la sensibilidad de un hacha desafilada. Tú no tienes tacto, nunca lo has tenido (¿para qué?¿para adornar con florituras las verdades y convertirlas en mentiras?), pero a todo hay quien gana.
Tu puesto de trabajo se pasea de despacho en despacho, lacito incluido, gritando estoy aquí, dame un abrazo. Pero abrazar está muy mal visto hoy en día. Se contagia la gripe aviar, la oligofrenia y el cáncer de próstata. A saber. Las secretarias de cada despacho, un saludo a todas ellas, no todas son iguales, son las que lo van cambiando de mesa, metiendo la mierda bajo la alfombra, el muerto en otro jardín. Dices tú, que alguien lo verá. Tu puesto de trabajo. La imprescindibilidad de lo innecesario.
Como complemento del verano, accesorio del finiquito, te has comprado una sonrisa y has descargado un politono que quiere parecerse a una carcajada, lo has instalado en tu cabeza y cuando alguien dice algo gracioso, puedes sonreír y reírte como si no pasara nada. Luego puedes toser discretamente, cofcof, y preguntar con toda la educación de colegio de monjas (eso dice tu abuela, que sabe de sobras que no fuiste a un colegio de monjas), qué está pasando.
Ah, no sé. ¿Y cuándo sabrás algo? Pues no lo sé, la verdad, ¿qué le da un árbol a un hongo? ¡sombra!
Ohdiosmiodiosmioporquemehasabandonado. Y un día se abren los cielos. Qué jodido lo tenemos en las semifinales, de aquí no pasamos, que no están malacostumbrando; por cierto, a lo mejor estoy de vacaciones cuando te vayas, no lo sé.
Ah, ¿qué es lo que no sabes? ¿Si estarás de vacaciones o si me voy?
No sé si estaré de vacaciones. Que te vas ya lo sé.
Se hizo el silencio. Ese silencio espeso y opaco, que tienes que cortar con un cuchillo jamonero. Ese silencio que te hace pensar dialgunatonteriaquenoparezcaquequierescortarlelaspelotas. Mentalmente le cortas las pelotas, por supuesto, de un solo tajo y luego se las ofreces a una horda de caníbales hambrientos que usarán la sangre para pintar las paredes de sus casas el día del juicio final. Redoblan los tambores ¿o es tu mala leche desbocada? Ah, no, es el becario tragando saliva. Probablemente eres tan transparente en este momento que toda la oficina ha visto el rito satánico al que has sometido a las gónadas de tu interlocutor.
Para descargar tensiones, pulsas ON y sonríes. Lástima no llevar pintalabios. Te levantas, te vas al baño y allí, en ese templo mágico de la comunicación, se te revela otra verdad: toda la oficina sabe el día en que vas a volver al paro. Levantas la tapa del inodoro y piensas ¿quepo por aquí y así no tengo que volver a salir? Entonces te das cuenta que con el politono te descargaste kilo y medio más de dignidad, que estaba de oferta, y te la calzas como puedes, estirándola bien, que no queden arrugas. Sonreíd y saludad. ¿Cómo están ustedeeeeeeeeeeees?
Natalia Pérez Cameo, Zaragoza, Julio 2012
domingo, 17 de junio de 2012
Los reyes no son
Ahora que ya eres mayor, puedo decirte una cosa.
Realmente no te enteraste así. Quieres creer que la metáfora sobre el trío de reales divinidades lo descubriste por ti misma, que no te lo contó nadie. A pesar de esta pequeña diferencia, el resultado fue el mismo: ya nada volvió a ser igual. No podías mirar bajo el árbol y fingir indiferencia. No podías ir a la cabalgata del día 5 o leer folletos de juguetes sin torcer el gesto.
Digamos que esto es algo parecido. Ya sabías que había algo, que siempre siempre hay algo. Todos los escenarios tienen algo escondido detrás del telón. Todos los actores esconden tras su personaje otro tipo de realidad.
En tu condición de novata hay cosas que no se ven. Digamos que la falta de experiencia otorga dioptrías de las que no te desharás a no ser que alguien te cuente la verdad o la descubras por ti misma. Es decir, como pasó con la noche de reyes.
Resulta que ese señor de traje y ese otro no se pueden ni ver. Resulta que un día, resulta que un año, resulta qué. Y cuando promocionaron a Fulano, Mengano hizo vudú y luego vino un tercero y nada de lo dicho es cierto. De prometer al meter. Aquí paz y después gloria. Dios dijo hermanos pero no primos. Dos no discuten si uno no quiere.
Te quedas con la boca abierta. Yo esto no lo sabía. Cómo lo ibas a saber, si eres una pimpina. Ya, pero no me lo imaginaba.
Pues si tú supieras… La chica de la falda, la que baja. Pues esa. Dos veces. Eso dicen, yo no lo tengo tan claro. Baaahh, seguro que si, el de abajo lo vio. Cómo lo va a ver.
He oído decir, fíjate lo que te digo, qué.
Ahora, cada vez que pasan Fulano y Mengano haces como cuando viste El Sexto Sentido por segunda vez. Y te das cuenta. Coño, es verdad, no se miran. Luego baja la chica de la falda. Y se cruza con. Vuelves a mirar, de reojo. ¿Será verdad? No lo parece. Vete a saber, te dices. No te puedes creer ni la mitad. Tú, que habías pensado que no había nada más allá de lo que se ve, y eso que eres de las personas que sabe que SIEMPRE hay algo detrás.
Durante unos días estarás con la mosca tras la oreja, tanteando aquí y allá, a ver qué pasa, quién mira a quién, quién habla qué. Hasta que se te pase. Total, no merece la pena. Las comidillas no son sólo cosas de patio de vecinas, también lo son de mesas y despachos. Aunque la mitad sean probablemente dudosas.
Es la parte humana y cruel de las sociedades, sean de la naturaleza que sean. A veces, cuando te levantas al baño y la chica del fondo te mira, piensas ¿y qué pensarán de mí? ¿Qué se dirá el día que me vaya?
martes, 15 de mayo de 2012
Fútbol
El fútbol es a los lunes lo que la siesta a los viernes. Patognomónico y de obligado cumplimiento. Qué triste que es la humanidad, qué poco necesita para alienarse. Una pelota y cuarenta millones de personas ya tienen tema de conversación, aunque sea mental.
No lo niegues. A ti puede que no te guste, o que te la traiga floja el partido del sábado. Pero SABES que hubo partido el sábado. Y de esos cuarenta millones de personas te toca un ínfimo porcentaje, sólo a ti, que te informa aunque no quieras, de quién ganó y quién perdió. Dicen los aficionados que eso es lo bonito, que une personas.
Como Mayoral cuando eras cría, que hacía amigos.
Lo malo del fútbol no es que te guste, porque te gusta un poquito, es que más vale que no lo digas. Porque como abras la boca, la cagarás. Así de pleno.
Lunes, 8.55 de la mañana. Todavía no has abierto los ojos (lo harás dentro de un par de horas como mínimo) y ya ha habido alguien que ha hecho un comentario.
Joder que paliza…
Bah, ya fue para menos…
Mucho hablar, mucho hablar…
Sí, sí. El que ríe el último ríe mejor.
Las dos primeras horas de los lunes, esas que tú dedicas a fingir que te enteras de todo, son de debate. Según va llegando la gente, arrastrando los pies y pensando en lo bien que estarían en su casa, van creciendo los comentarios. Alguno viene tan desconectado que a pesar de ser del equipo ganador no sabe a cuenta de qué viene tanta felicitación.
Es lo que tienen los lunes de mayo, que además de legañosos, vienen ladinos.
Lo bueno es que mayo supone el fin de la liga, la copa, la champions y del cristo que fundó al copetín de la baraja dioslotengaensugloria. Y entonces se cambia de conversación los lunes y pasa a hablarse de la caña que se toma uno el sábado por la tarde en la terraza de la plaza de su pueblo, a la fresca lozana. De las ganas de ir a la piscina. De lo loco que está el tiempo, vete tú a saber dónde vamos a llegar con el invierno que hemos tenido. Pues yo me iría a las Bahamas. Pues yo con un poco de hielo en el café me conformo. Uy café, yo quiero una chorradica de Bayley’s que si no no trabajo.
Coges el café caliente, te sientas en tu silla, que arde como si estuviera ahí fuera, al otro lado del tabique al sol lagarterano y cuentas hasta 3 para ponerte en faena. Entonces se abren las puertas de las mentes que llegaron a primera hora pensando en el fútbol y no se pusieron a trabajar hasta AHORA; todo es para AYER. Tú no viste el partido de anoche. Menos mal.
Es lo que tienen los lunes de mayo, además de legañosos y ladinos, tocapelotas.
Natalia Pérez Cameo, Zaragoza, Mayo 2012
martes, 1 de mayo de 2012
Ierrepeéfe
Mamá yo quiero. Mamáááá mamamámamá yo quieeeeroooo…. Que en una carpa con tres tragos suena genial pero que ahora ya no te hace tanta gracia. Has decidido que el momento estelar del mes es cuando llega el mail de recursos humanos con la nómina.
Orgía y desenfreno, piensas, soy asquerosamente rica, si muero hoy… moriré feliz. El IRPF te mira de reojo desde la última casilla de la tabla. Que con la primera nómina, estás convencida, debería venir un diccionario élfico-humano, que explicara qué significan todos estos numéricos. ¿Era dinero mío y se lo ha quedado alguien? ¿Nunca fue mio? ¿En algún momento voy a verlo? ¿Acaso no huele? La nómina te responde en silencio. Idiota, le dices. Bonita, para que no se enfade. Después de todo es ella, literalmente, la que te da de comer.
El otro día, además de la nómina, llegó otra cosa. Algo que te recuerda a cuando eras pequeña y tu padre pasaba una semana buceando en papeles y recibos. Chsst, no le molestes, juega en otro sitio, que está con la declaración.
La Declaración. No precisamente la de los Derechos Humanos.
El papel de la declaración de la renta. Oh cielos. Bestia negra. Signo inequívoco de vejez. No las canas, que dan un toque inteligente hasta sugestivo. No las arrugas, que denotan experiencia y sabiduría. No. La declaración de la renta.
Te estás convirtiendo en tu padre. Eres tu padre. Te miras al espejo. El ojo derecho se te ha vuelto vago. Maldición. Tienes manchas oscuras en las manos. Te crujen los nudillos. ¿Esto no debería pasarte cuando fueras MAYOR?
¿Ya eres mayor? ¿Tan pronto?
Te sale a devolver. Ah. Pues mira tú qué bien. ¿Y eso?
No sé. Ahora es muy fácil, no te preocupes.
No, si tú no te preocupas, no dudas de que ahora sea fácil. Con los millones que ha invertido el estado en publicidad, ya puede ser fácil. Aunque al ritmo al que van las cosas en este país, vete tú saber. A lo mejor enchironan al torpe que no es capaz de hacer La Declaración. Seguro que eres la primera.
Hombre, mujer (siempre esa contradicción semántica tuya, “hombre mujer”) que si tu abuelo sabe…
Ya, ése es el punto. Tu abuelo. Ochentayocho primaveras, todas seguidas. Como para no saber hacerla. Teniendo en cuenta que se te olvidó montar en bicicleta (cosa que no deberías confesar en voz alta), seguro seguro que acabas en la cárcel.
¿Y cuánto me van a devolver?
Pues… según esto, mira qué fácil que es ahora, treinta euros.
Mamá yo quiero.
Natalia Pérez Cameo, Zaragoza, Mayo 2012
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