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lunes, 23 de diciembre de 2013

ESPACIOS HABITADOS. Diciembre. Cambio de hora mientras vuelvo a casa.


El reflejo del neón en la acera para seguir el camino, en mis pasos, la tonadilla del revival ochentero y los labios que suspiran por recuperar algo de la guerra que perdimos, el día, o la noche, en que la hora se escapa de sí misma, exhibiendo a aquellas que no pueden todavía descansar, su radical mentira, el carácter caprichoso que unas veces nos aleja y otras nos acerca a las móviles fronteras entre pasado y presente, dirigiendo mi vuelta a casa por la misma calle de siempre, transformada irreversiblemente al recordar un sentimiento asociado a ella, desprendido de mi piel como un presente pasado que se sentía distópico y, por ello, se auto-expulsaba a un futuro en el que ahora me encuentro y que desea ese pasado con la melancolía de lo ideal, produciendo una tensión, un horizonte o puente temporal que se debate entre si se ha ganado o se ha perdido la hora, si en el mismo desfase aparece ese amor que sólo puede darse caminando en la distancia de lo paralelo, o si suena un viejo tema nunca oído al que solamente puedo aportar unas lágrimas incapaces de alcanzar su recompensa, las lágrimas de felicidad de quien imaginó que lo escucharía en su época y me sugiere que el tiempo, hoy, la distancia entre dos lágrimas, vuelve por el mismo camino cuando todo ha cambiado.


Sandra Martínez, Zaragoza, Diciembre 2013





domingo, 10 de noviembre de 2013

ESPACIOS HABITADOS. Noviembre. Dos puntos

Vi mi rostro reflejado más allá, en la calzada dejada atrás sin admitir quejas, pero mis ojos no pudieron retornar a su dueño, desplazados por cuerpos incómodos, desquiciados en el acinamiento del autobús, a sabiendas de que la velocidad tenía un coste, resignados de mentira pues las caras reprimían sus nervios mediante toscas burlas a una pantalla electrónica, a las formas sensuales de la carne o a una nada que parecía no tener lugar allí, desalojada por el sudor de las posiciones imposibles, dignas de circo, de las ropas equivocadas, placer vírico, de cualquier expresión mal sonante en la boca más pequeña, como si se hubiera posado inocentemente, atraída por algún ruido transmitido por la música y no el oxígeno, chicle mascado, erotismo agotado, primitiva forma de comunicación perdida entre un proyecto público que no realizó la Voluntad sino que pacificó la acción a través del espacio, una calle principal y unas ruedas, una espera que desea convertirse en tensión de western, avergonzada de su aburrimiento, de que decidiera ponerme los cascos para soñar otro mundo en el que cada hálito me desintegrará –no, como aquí, donde todo aliento estremece– y la aceleración no ralentice el deseo bajo posiciones tristes. solas. y entonces, al bajar, vi otra vez aquel rostro, el mío, cruzándose y dejándome atrás a pesar de todas las promesas, de que la ciudad fuera nuestra


ver mi rostro en un doble reflejo es el menor de mis problemas cuando tengo que huir con los pies torcidos, correr hacia y no desde, ante la indiferencia de una tecnología que no espera a nadie, pudiéndose permitir imperfecciones imperdonables para estos ritmos cardiacos encerrados en una pila chiquita y lejana, como un futuro sin paciencia, que exigen ser expuestos a un límite comedido, el de la frontera entre el digno caminar apresurado y el correr envuelto en locura, el de la ciudad reducida a la seguridad de la ruta del tráfico y la selva de los salvajes atajos y el innombrable lenguaje de las fachadas grises que ocultan sorpresas dispuestas a todo por un segundo desnudo de lluvia, negocio y necesidad,  insumisas al puzle que se cree mapa en la comunión del cálculo y la experiencia, sugiriendo que no habrá redención y que los sueños se transpiran en el primer desvío, y que, aunque a nadie más le importe, siempre podré saludar: a las sombras y a las sobras, a los restos y pedazos y a los trazos de piel muda a medio secar en cualquier portal, tras un choque fortuito que se agote en el instante y no quede preso o reprimido, sin que arribe a buen puerto y me recuerde que, llegue pronto o llegue tarde, mi lugar no está aquí

Sandra Martínez, Zaragoza, Noviembre 2013

domingo, 20 de octubre de 2013

ESPACIOS HABITADOS.Octubre.Charcos!



El aislamiento en la ciudad seca, de grietas y refugios; ventosa, con aceleraciones y pérdidas; necesita de un                                  contacto continuo con un agua contenida y distribuida                                       por los circuitos racionales de los grifos y tuberías, el                                    embotellado, los canalones… acaso también la baba                                          de la almohada tenga algo que ver con el monstruoso                                       intento de expandir los flujos  del cuerpo a cambio de ceder la soberanía al ciborg que no somos ni tú ni yo aunque lo seamos,

caminando sin mirar del todo,



la acera y sus prohibiciones y su limpio absoluto

y la verticalidad del anuncio /

las multas, las manchas,

terrorismo

en el que TODO puede devenir; también el tránsito de las sombras volátiles que se escapan en un goteo insensible de formas aberrantes y sucias, rompiendo la fortaleza de lo sólido sin respetar compartimentos o leyes en su afrenta a las políticas de austeridad, de la misma manera que la risa desacomplejada, infantil –más acá de la edad–, vulnera las libertades opacas, mustias en sus requisitos, descomponiendo el granito y otras propiedades mitológicas inaccesibles

– atrévete a atravesarlo

deformando los rostros                         para luego desaparecer toda huella

del único espejo en el que todavía es posible contemplarse desde una perspectiva esquiva ante la obligatoria perfección



agarrado al ruido de la rueda o a la facilidad de una prenda



reguero de aceite pis o lágrimas acumuladas

al cruzar un punto,

las de un solitario ojo enfermísimo



“evítalo si no estás preparado”, gritan, como la advertencia sobre la alegría
y sus desgarros

y ya no puedo transitar más por el camino que soy, aun intuyendo que volveré                   

sin saber admirar estos nuevos colores

–de alguna manera–






                                            –Ei, esto no va sobre el hombre del tiempo
                                                                                              –¿Y del Tiempo del Hombre?
                                                                                                                     –Menos


distancias                                                                      mero riesgo


 Sandra Martínez, Zaragoza, Octubre 2013


domingo, 1 de septiembre de 2013

domingo, 11 de agosto de 2013

ESPACIOS HABITADOS. Agosto. –Entre tantas otras, una tetralogía posible sobre el exceso–


Empezaría por el final, negándolo todo, rechazando que se trate de algo inasible, fe, esperanza, trascendencia, Sentido; pero de esta manera lo estaría relacionando con la falta o sería criticado como algo innecesario, al menos para una “razón normal”, perdiéndose la sobrecarga inherente a su propia realización con una facilidad que la expulsa inmediatamente de los márgenes utópicos y los halos de aquello extirpado que se extraña a pesar de nunca haberlo tenido, que huyó sin llegar a ser exactamente, cercano a la espectral fisicidad del sordo equilibro que circula por el reproche-resentimiento; debido a su más que posible realización, deseo de corto alcance que algún crítico denominaría capado y, por ello, en cierta medida estéril, y a 

el vínculo con un futuro del que su contenido insignificante y sin valor para la sociedad e incluso para otra tercera persona se convierte sin embargo en algo vital capaz de emanar  

la impertinencia de su disfrute o no en la medida que su materialización no tiene

puentes excitantes del tránsito presente, involucrándose activamente en él sin que sea necesaria la promesa del progreso o siquiera el cumplimiento posterior de un sueño banal cuya

la mínima importancia, el placer proyectado se difiere hacia algo que está pasando;
 
labor pasa por ser continuamente desplazado, permitiendo así continuar con un presente que tiende a evadirse, ahora encerrado en su misma difuminación que señala a ese futuro

o dicho de otra manera que sobrepasa este trazo 

procastinado; engaño por el cual el ahora se encarna como acumulación de una ausencia artificial detenida en los puntos donde la totalidad, lo uno, impide los excesos: una ciudad sólo peatonal, demasiado lenta al tenerlo todo y no necesitar huecos, presente ralentizado confundido con el pasado; una postmetrópolis sin aceras, llena de vacíos, a una velocidad que impide un presente siempre pospuesto por ese futuro imperialista que pretende llamarse presente e invalida igualmente la experiencia hacia la que se dirigen estas líneas,
  un       fin       de       semana       para       alguien      que     no       trabaja
a ojos de hacienda y que, ahora sí, tras las debidas advertencias, puede afirmar su distanciamiento de los dos anteriores mundos, el exceso de algo dañino que permite tolerar un mal que, a menor nivel, resulta insoportable / el exceso creador de una fantasía de poder alrededor de uno mismo ajeno a cualquier limitación seguro en su refugio sin interferencias.

Sandra Martínez, Zaragoza, Agosto 2013