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domingo, 10 de noviembre de 2013

ESPACIOS HABITADOS. Noviembre. Dos puntos

Vi mi rostro reflejado más allá, en la calzada dejada atrás sin admitir quejas, pero mis ojos no pudieron retornar a su dueño, desplazados por cuerpos incómodos, desquiciados en el acinamiento del autobús, a sabiendas de que la velocidad tenía un coste, resignados de mentira pues las caras reprimían sus nervios mediante toscas burlas a una pantalla electrónica, a las formas sensuales de la carne o a una nada que parecía no tener lugar allí, desalojada por el sudor de las posiciones imposibles, dignas de circo, de las ropas equivocadas, placer vírico, de cualquier expresión mal sonante en la boca más pequeña, como si se hubiera posado inocentemente, atraída por algún ruido transmitido por la música y no el oxígeno, chicle mascado, erotismo agotado, primitiva forma de comunicación perdida entre un proyecto público que no realizó la Voluntad sino que pacificó la acción a través del espacio, una calle principal y unas ruedas, una espera que desea convertirse en tensión de western, avergonzada de su aburrimiento, de que decidiera ponerme los cascos para soñar otro mundo en el que cada hálito me desintegrará –no, como aquí, donde todo aliento estremece– y la aceleración no ralentice el deseo bajo posiciones tristes. solas. y entonces, al bajar, vi otra vez aquel rostro, el mío, cruzándose y dejándome atrás a pesar de todas las promesas, de que la ciudad fuera nuestra


ver mi rostro en un doble reflejo es el menor de mis problemas cuando tengo que huir con los pies torcidos, correr hacia y no desde, ante la indiferencia de una tecnología que no espera a nadie, pudiéndose permitir imperfecciones imperdonables para estos ritmos cardiacos encerrados en una pila chiquita y lejana, como un futuro sin paciencia, que exigen ser expuestos a un límite comedido, el de la frontera entre el digno caminar apresurado y el correr envuelto en locura, el de la ciudad reducida a la seguridad de la ruta del tráfico y la selva de los salvajes atajos y el innombrable lenguaje de las fachadas grises que ocultan sorpresas dispuestas a todo por un segundo desnudo de lluvia, negocio y necesidad,  insumisas al puzle que se cree mapa en la comunión del cálculo y la experiencia, sugiriendo que no habrá redención y que los sueños se transpiran en el primer desvío, y que, aunque a nadie más le importe, siempre podré saludar: a las sombras y a las sobras, a los restos y pedazos y a los trazos de piel muda a medio secar en cualquier portal, tras un choque fortuito que se agote en el instante y no quede preso o reprimido, sin que arribe a buen puerto y me recuerde que, llegue pronto o llegue tarde, mi lugar no está aquí

Sandra Martínez, Zaragoza, Noviembre 2013

domingo, 16 de junio de 2013

Álbumes. Deftones – Saturday Night Wrist (2006)



Despertó en un agujero. Lo sabía porque el gesto de bostezo se veía siempre entorpecido por una superficie a medio camino entre el barro y la tierra seca, sin importar cual fuera la figura de la convulsión elegida. A parte de aquellos brazos continuamente castigados por intentar volar sin armonía, no había allí nadie más que pareciera hacer algún esfuerzo por respirar. El cuerpo, paralizado tras un sueño sin imágenes, prometía recuperarse en cualquier momento futuro cuando experimentó el ahogo del impacto de una ráfaga de agua. Y luego otra. Y otra. Las manecillas digitales de un reloj viejo que lucha por hacer su trabajo y lo consigue pagando el precio de la imprecisión.

Me encaramé, rápidamente superé la barricada invertida sin pararme a pensar si esta expresión arbitraria llegaría a ser profética. Oscuridad que no se habla con la noche. Hasta la luz violeta de una luna obligada a permanecer allí donde el resto ha huido, sin que ni siquiera le preguntaran si creía en lo que hacía, no se encontraba en su adecuada temperatura de color. El suelo encharcado tenía un tacto agrietado, sediento. Pensé en los esfuerzos por cohabitar entre dos amigos que ya no se conocen.

Paseó, o paseé, no hacia la luna. En paralelo, sin dejar de mirarla ni un instante, desconfiando de su ayuda. Hasta chocar con un viejo de pies hundidos en el agua. El olor que nos separaba sugería lo contrario; aquel cuerpo renqueante emergía de la corriente, una verruga del mar sin horizonte al colapsarse diferentes mareas. Otra prueba de que la luna era una mentirosa.

Lo que fuera comenzó a hablar y al final conversamos. El agua negra es la arena movediza que se comporta de la manera más aterradora, te deja vivir; en la grieta de lo irreversible que une dos mundos inconmensurables. Cómo cabalgar la hendidura cuando llorar incrementa la profundidad del océano en vez de facilitar la flotación. La pregunta por cómo han llegado hasta aquí no busca una descripción del recorrido, todos lo saben. Más bien en qué momento se torció todo como para tener que saltar y no caer en la fisura. O cómo no pudo ver lo obvio. Cuestiones que pasan por buscar un trazo que una los puntos sin tener en cuenta que la obviedad y la imprevisibilidad no pueden despegarse. Imposible de controlarlos de esa forma.

Desconocía quién de los dos estaba hablando. Decidió preguntarle sobre él, el cual llevaba allí la más aproximada definición del concepto de eternidad. Le conocía de oídas. Otros también habitaron esa eternidad, pero lograron salir. Con algunos de ellos incluso tenía buenas relaciones. En cualquier caso todos habían sido él de algún modo.

La comunicación estaba empantanada y me costaba formar diálogos independientes. No entendía nada. El viejo sonrió con los ojos pacientes, debatiéndose por el divertimento o la desesperación. Hizo un gesto para que le acompañara. Para cuando lo interpreté, éste se había convertido en un movimiento instantáneo a otro lugar, algo así como el teletransporte de un cambio de acto en el teatro en banca rota donde la pobre variación del escenario queda tapada para el eventual espectador.

Enfrente, un lejano edificio sollozaba; su fachada se hallaba pastosa debido al agua derramándose. De vez en cuando interferencias y franjas grises tomaban una planta cualquiera. La sensación de amenaza debió emanciparse de mi piel porque el abuelo la utilizó para comenzar a hablar acerca de la calavera, protectora del pensamiento, soporte de la belleza; humillada por ambos; agujereada, mutilada para conectarlos entre sí ocultándola, creyendo que no la necesitan, relacionándola con la absoluta muerte despreciando así la doble imagen, tridimensional, que también contiene la pura vida. Señaló hacia el edificio. Una calavera que no cree en la vida.

Mi yo, ese yo, se había escindido. Uno estaba aquí, era yo, el otro se encontraba cayendo continuamente mientras veía edificios que replicaban el efecto contrario al derrumbe de una civilización, siempre con el peligro de perder el conocimiento o creer que tan sólo viajaba a través de fotogramas con un espacio entre cada uno por el que poder escapar. Si los dos yoes eran capaces de salir de sus respectivos espacios podrían retomar esa trama de la que eran protagonistas en su cotidianidad, reanudarla de una manera completamente distinta.

Esta vez se adelantó al movimiento de mi cuello, adivinando una perplejidad que ya comenzaba a comprender. Otras partes de nuestra subjetividad siguen sus vidas y no nos van a esperar, sólo ha sido raptado un pedazo de ti, de nosotros. Pero ya lo sabes, no estamos en un estado de ánimo, encerrados en algo químico. Como he dicho todo sigue su curso, mientras esta atemporalidad es tan sólo una historia interceptada, donde los personajes han desaparecido pero todavía no ha llegado el final. Tampoco estamos en el espacio de la culpa, a nosotros mismos o a otros, del intercambio que busca la reversibilidad, atar una cuerda cortada mediante un nudo, esperando de nuevo encontrar un tacto uniforme.

¿Y la ayuda exterior? El mejor regalo, pero no salimos en los mapas, somos el punto entre la mina y la madera quebrada, su sonido acoplado al de una detonación. ¿Eres capaz de disfrutar intensamente aquello fundamental para ti en la medida que te molestaba porque no fuera perfecto una vez que se ha roto y no puede volver al estado anterior? La acción que permite la respuesta, y no esta misma, es la llave que todavía no tenemos.

El viejo se había esfumado en algún momento de la conversación. Mirando hacia. La luna se estaba gastando y parpadeaba en el caso de que el parpadeo fuera el agotamiento de la visión. Pero éste no era homogéneo, engendrando baños de luz oscura en diferentes regiones que compartían el mismo aire, persiguiéndose sin fin. Quieto, intentaba descubrir qué sentía en los pies, soplando al agua, reproduciendo ondas.



Úrsula, Barcelona.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

REVISIONES


Miras el título y no está tan mal como recuerdas que estaba. El problema viene al abrir el contenido. Relees dos veces. Resulta casi imposible saltar de esa cháchara existencialista que te rodea. Mientras sorbes otro trago de esa bebida a la que te has aficionado últimamente un tipo se hace el importante en facebook. Vuelves a leer lo que habías escrito. La misma que queda reflejada en todos los papeles que acumulas por ahí, los mismos que paseas por las diferentes ciudades diciendo unas cosas en las que crees pero en las que nadie más suele creer. Piensas en una frase estúpida para intentar contrarrestar al tipo de facebook.

Borras un poco de aquí un poco de allá. Aceptas una frase que tenías escrita en tono existencialista. La dejas en el texto porque puede encajar en aquello de lo que quieres hablar.

“Escribir para huir de un diseño en una sociedad que atrapa.”

Bueno, la poesía tampoco te salvó la vida.

Todos lo saben aunque tú no lo cuentes. Precisamente llevas atrapado en un tipo de escritura y de sociedad que hace mucho que no salva vidas. Una sociedad en la que encuentras que la contradicción se presenta como la única forma de reafirmación personal. Cualquier otra cosa implica someterse a unos estándares que uno no solo no comparte, sino que desdeña y nunca quiso suyos.

Mientras tanto algún actor mediocre se va metiendo en política y de donde antes salían las tonterías que escribían otros ahora ya no sabes si es lo que piensa o siguen siendo las tonterías que escriben otros.

Asco de tipo. Piensas otra frase estúpida para contrarrestarle. Sonríes.

En otra hora ver las noticias se ha transformado en un acto obligado para mantenerte al día. Al igual que la canción que odias y no puedes parar de escuchar ha mutado en un acto tan repetitivo como depresivo. El autor espera que el lector tenga una de esas canciones en la cabeza en este momento para que pueda trazar cierto símil. Pon esa canción, escúchala detenidamente.  Revisas otro texto, de los del primer tono. El último intento de acercarte a una forma de comunicación que intentaba impulsar un avance positivo dentro de este clima que parece que solo invita a lo negativo.

No recomiendo leer noticias ahora con la frase anterior en mente. Tampoco recomiendo pensar en el susodicho actor.

Cuando para romper con algo hay que juntarse, para huir de algo hay que luchar y vencerlo, y toda otra colección de contradicciones que adornan una indefinible definición personal: mediación de un caos ordenado o un orden caótico. Todo aquel que me lee puede pensar que estoy en cualquier otra parte. No se equivoca pero también estoy aquí. 

“Ideas que no se pueden organizar sin que pierdan su sentido.”

Esta frase también pienso que habría que dejarla. Mientras borro el párrafo siguiente y escribo. Retomando aquello que se había tornado una obligación para no hacer aquello que se imponía como una norma del momento.

Transformando la ya típica seriedad y drama en otra forma de contradicción en donde lo absurdo rompe con ese tono de manifiesto que ya tanto huele ha usado y la poesía deja pie a algo que va más allá de la rebeldía. Cansado de esos señores (suelen ser señores casi siempre) que hablan sin decir nada, decides decir algo sin hablar.

Escribir se transforma en esas intentonas de huida. Torpes como tú. Sin destino, vagabundo y errante, conociéndome en el desconocimientos de no saberse. Enredando las palabras para perder el sentido de los temas ensayados.

Cuando no hay mejor frase para terminar que la que estás pensando.



Gabriel Jiménez Andreu, En algún lugar indeterminado cerca de aquí, Noviembre 2012



domingo, 8 de abril de 2012

Abril. El armario de habitación sin espejo

Deambulando un cuerpo en incoherencia entre sus partes a través de ropa por recoger aun sospechando que está demasiado sucia como para seguir un orden, como para convivir en un armario en resaca, extraño, sin espejo, obligado a caminar y a amigarse con el tiempo para que su contenido sea valorado más allá, donde la luz, y sus sombras, son distintas; que suele ser invisible por las prisas que niegan combinaciones imposibles sólo permitidas en la ausencia que se establece bajo dos espacios enlazados por la moda; el más cercano a la soledad acompañado únicamente por el ruido de fondo de desagües cerebrales, donde un “te quiero” es simplemente un “gracias”… a sí mismo y a su attrezzo perfumado, incapaz de sentirse a gusto en un mundo estructurado en torno a su arquitectura que, siempre gritando, ahoga el balbuceo creado por su misma atmósfera asfixiante, asfixiada al ser consciente de la imposibilidad de la desnudez, pues toda capa es piel abierta, imaginada a modo de broma funesta por trajes conocedores de que el roce del sol provoca heridas en el reverso interno, por tacones sangrando ante la ilusión de que la siguiente vez ya no sucederá, reunión por fin de lo estético y lo práctico en su forma impuesta; pero que, por ser fundamental pero olvidado, no agota su presencia física en sus combinaciones, su mismo carácter ilimitado es dado por la distancia, quizás irresoluble, ante el roce de otras manos de su interior ahora, entonces, en un lugar distinto cuya historia empieza, continúa, sin un principio claro desde las excusas sin lengua y las sonrisas horizontales interpuestas sobre lo que hay que ponerse, el ser, mientras se yace de pie, tocando hilos demasiado compactos como para saber separar y tomar distancias de la puerta que parece la entrada a otro armario, esta vez aterrador en su vacío, interlocución que devuelve al punto lejano del presente que recordaba su punto de partida.

Sandra Martinez, Zaragoza, Abril 2012