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domingo, 16 de junio de 2013

Álbumes. Deftones – Saturday Night Wrist (2006)



Despertó en un agujero. Lo sabía porque el gesto de bostezo se veía siempre entorpecido por una superficie a medio camino entre el barro y la tierra seca, sin importar cual fuera la figura de la convulsión elegida. A parte de aquellos brazos continuamente castigados por intentar volar sin armonía, no había allí nadie más que pareciera hacer algún esfuerzo por respirar. El cuerpo, paralizado tras un sueño sin imágenes, prometía recuperarse en cualquier momento futuro cuando experimentó el ahogo del impacto de una ráfaga de agua. Y luego otra. Y otra. Las manecillas digitales de un reloj viejo que lucha por hacer su trabajo y lo consigue pagando el precio de la imprecisión.

Me encaramé, rápidamente superé la barricada invertida sin pararme a pensar si esta expresión arbitraria llegaría a ser profética. Oscuridad que no se habla con la noche. Hasta la luz violeta de una luna obligada a permanecer allí donde el resto ha huido, sin que ni siquiera le preguntaran si creía en lo que hacía, no se encontraba en su adecuada temperatura de color. El suelo encharcado tenía un tacto agrietado, sediento. Pensé en los esfuerzos por cohabitar entre dos amigos que ya no se conocen.

Paseó, o paseé, no hacia la luna. En paralelo, sin dejar de mirarla ni un instante, desconfiando de su ayuda. Hasta chocar con un viejo de pies hundidos en el agua. El olor que nos separaba sugería lo contrario; aquel cuerpo renqueante emergía de la corriente, una verruga del mar sin horizonte al colapsarse diferentes mareas. Otra prueba de que la luna era una mentirosa.

Lo que fuera comenzó a hablar y al final conversamos. El agua negra es la arena movediza que se comporta de la manera más aterradora, te deja vivir; en la grieta de lo irreversible que une dos mundos inconmensurables. Cómo cabalgar la hendidura cuando llorar incrementa la profundidad del océano en vez de facilitar la flotación. La pregunta por cómo han llegado hasta aquí no busca una descripción del recorrido, todos lo saben. Más bien en qué momento se torció todo como para tener que saltar y no caer en la fisura. O cómo no pudo ver lo obvio. Cuestiones que pasan por buscar un trazo que una los puntos sin tener en cuenta que la obviedad y la imprevisibilidad no pueden despegarse. Imposible de controlarlos de esa forma.

Desconocía quién de los dos estaba hablando. Decidió preguntarle sobre él, el cual llevaba allí la más aproximada definición del concepto de eternidad. Le conocía de oídas. Otros también habitaron esa eternidad, pero lograron salir. Con algunos de ellos incluso tenía buenas relaciones. En cualquier caso todos habían sido él de algún modo.

La comunicación estaba empantanada y me costaba formar diálogos independientes. No entendía nada. El viejo sonrió con los ojos pacientes, debatiéndose por el divertimento o la desesperación. Hizo un gesto para que le acompañara. Para cuando lo interpreté, éste se había convertido en un movimiento instantáneo a otro lugar, algo así como el teletransporte de un cambio de acto en el teatro en banca rota donde la pobre variación del escenario queda tapada para el eventual espectador.

Enfrente, un lejano edificio sollozaba; su fachada se hallaba pastosa debido al agua derramándose. De vez en cuando interferencias y franjas grises tomaban una planta cualquiera. La sensación de amenaza debió emanciparse de mi piel porque el abuelo la utilizó para comenzar a hablar acerca de la calavera, protectora del pensamiento, soporte de la belleza; humillada por ambos; agujereada, mutilada para conectarlos entre sí ocultándola, creyendo que no la necesitan, relacionándola con la absoluta muerte despreciando así la doble imagen, tridimensional, que también contiene la pura vida. Señaló hacia el edificio. Una calavera que no cree en la vida.

Mi yo, ese yo, se había escindido. Uno estaba aquí, era yo, el otro se encontraba cayendo continuamente mientras veía edificios que replicaban el efecto contrario al derrumbe de una civilización, siempre con el peligro de perder el conocimiento o creer que tan sólo viajaba a través de fotogramas con un espacio entre cada uno por el que poder escapar. Si los dos yoes eran capaces de salir de sus respectivos espacios podrían retomar esa trama de la que eran protagonistas en su cotidianidad, reanudarla de una manera completamente distinta.

Esta vez se adelantó al movimiento de mi cuello, adivinando una perplejidad que ya comenzaba a comprender. Otras partes de nuestra subjetividad siguen sus vidas y no nos van a esperar, sólo ha sido raptado un pedazo de ti, de nosotros. Pero ya lo sabes, no estamos en un estado de ánimo, encerrados en algo químico. Como he dicho todo sigue su curso, mientras esta atemporalidad es tan sólo una historia interceptada, donde los personajes han desaparecido pero todavía no ha llegado el final. Tampoco estamos en el espacio de la culpa, a nosotros mismos o a otros, del intercambio que busca la reversibilidad, atar una cuerda cortada mediante un nudo, esperando de nuevo encontrar un tacto uniforme.

¿Y la ayuda exterior? El mejor regalo, pero no salimos en los mapas, somos el punto entre la mina y la madera quebrada, su sonido acoplado al de una detonación. ¿Eres capaz de disfrutar intensamente aquello fundamental para ti en la medida que te molestaba porque no fuera perfecto una vez que se ha roto y no puede volver al estado anterior? La acción que permite la respuesta, y no esta misma, es la llave que todavía no tenemos.

El viejo se había esfumado en algún momento de la conversación. Mirando hacia. La luna se estaba gastando y parpadeaba en el caso de que el parpadeo fuera el agotamiento de la visión. Pero éste no era homogéneo, engendrando baños de luz oscura en diferentes regiones que compartían el mismo aire, persiguiéndose sin fin. Quieto, intentaba descubrir qué sentía en los pies, soplando al agua, reproduciendo ondas.



Úrsula, Barcelona.

domingo, 18 de noviembre de 2012

NOVIEMBRE. ¿POR QUÉ DISEÑO?

Allá donde el término “objeto” puede ser intercambiado por “servicio”, “persona” o “sujeto” porque no interesan ninguno, hablando mudos, luchando por entrar en el útero fértil bajo la bala que quiere hacerse carne habitando en la muerte sus diferencias, sin comprender la misma relación que no polariza las paradojas; ahí aparece la terrorífica sensación común, unísona, que sospecha que algo erróneo sucede si estamos solos en un universo inconmensurable provocador del miedo ante una corriente de aire intentando paliarse al agarrar una navaja; esto es, situado/as en los espacios heterogéneos, cualitativos sin mayor medición que los lenguajes, arte mínimo, diseñar –relacionar– no pasa por capturar una hipotética visión global, cinismo-pesimismo-paranoia, sino por puentear esos saltos impredecibles emulando el juego entre democracia y corrupción, mucho más continuo e imperceptible que el de tiranía y castigo, pero con el objetivo de mantener aquello que nos puede definir como humanos una vez ya no hay esencias, la capacidad de indiferencia ante los deseos, diseñando sin proyectarlos sino más bien utilizándolos para ir a otro punto a través de ellos, movimiento no causal con la estructura del eco y su repetición diferente –lejos de la creación: novedad y genio– que permanece apagándose hasta el infinito a base de discontinuidades sólo sostenidas por una pasión que se ha vuelto impersonal, viva, inmortal y fugaz, en tanto se solapa y desmiente a la misma muerte recalcitrante que se cree reina sin interrogar al tiempo que está en juego, aquel que conspirando recupera un cierto afán utópico; presente como hogar sin necesidad de suelo en el que el futuro ya no funciona como cuello de botella, sino que se desdobla en dos espacios; aquel que recoge los egos, lejos, sabiendo que mañana ya no estará, y aquel que sólo puede experimentarse desde la misma ausencia, esperanza ahora sin nombre o, en otras palabras, recuperación de una fe en la que la repetición presente no puede decirnos nada acerca del mañana y las continuas rozaduras no implican más callos en miradas necesitadas de agua y no de objetos que, bajo la fórmula de lo nuevo, nos encierran en esa vejez prematura que no entiende de edades

Sandra Martínez, Zaragoza, Noviembre 2012


domingo, 8 de julio de 2012

ESPACIOS HABITADOS. Julio. Hasta Yagüe (túél y todos, y todas, sin ojos ya)

Lo que antes llamaba desierto ahora quiero, pretendo, que acuda, se recoja, ante el nombre de cicatriz; quizás mermando así la vida contenida entre la arena, cerrada now por postillas sin uñas liberadoras, sádicas, pero, al menos, con la capacidad de olvidar un mal absoluto, sin paliativos, sin dudas ni peros, ni Humano ni Religioso ni Estético; aquél que se intenta parar con la droga que le vi consumir y me traspasó, indiferente a sujetos o pronombres personales, pero siempre aislada, solipsista, intransferible en nuestra particular universalidad; esnifada, bebida, chupada, vista, tocada, fumada, oída, lamida, masticada, inyectada… en permutaciones dirigidas a unos órganos que expulsaron hace tiempo cualquiera de aquellos usos recreativos, ociosos, con mayor peso en relatos babosos que en una cotidianidad irreversible, erótica y mórbida, ante escrituras que jamás observaron el sonido de los pasos entrecortados que respiran, entre toses cada vez más débiles, sin pies, gritando los desplazamientos productores de regueros sin manchas desde que todo el aire es inhalado de, no hacia, pulmones indiferentes, sabedores de que un cuerpo zombie, el proletario y no el posmoderno, no necesita de sus servicios; ni de estas líneas, tampoco de tu sonrisa… ambas estamos a salvo pues lo único que devorará serán las partes vivas de su mundo, al no poder soportar que le señalen como a un Frankenstein cualquiera, al intuir que ha sido encerrado, sin voz para salir, en la prisión de la ficción, aquella brecha debajo de la multitud de ojos incapaces de expresar, o medicar, un sentido aceptable que no flote inútil sobre el agujero de la mirada sin espacio para preguntas como “¿qué es real?”, “¿quién es real?” o “¿quién soy yo?” ya que el balbuceo desgarra la misma lengua, sin la belleza de la metafísica locura, resistiendo únicamente lo indecible, la colección de “quién” reducidos a “qué”, siempre –probablemente– diferentes, tanto como los estados que se atraviesan a lo largo de un día continuamente comenzando, deseo de cama en el que estar a gusto con la ficción impuesta, pausa en la que encajan la depresión y la euforia, pero no nosotroas aunque sus palabras sean amables, tampoco nos interesa; reinicio sin esperanza ni conexión más allá de una horda acomunicativa, a la espera del tiro de gracia por parte de aquelloas que nos educaron en la salvación; quizás sus mismos cuerpos.


Sandra Martínez, Zaragoza, Julio 2012