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domingo, 18 de noviembre de 2012

NOVIEMBRE. ¿POR QUÉ DISEÑO?

Allá donde el término “objeto” puede ser intercambiado por “servicio”, “persona” o “sujeto” porque no interesan ninguno, hablando mudos, luchando por entrar en el útero fértil bajo la bala que quiere hacerse carne habitando en la muerte sus diferencias, sin comprender la misma relación que no polariza las paradojas; ahí aparece la terrorífica sensación común, unísona, que sospecha que algo erróneo sucede si estamos solos en un universo inconmensurable provocador del miedo ante una corriente de aire intentando paliarse al agarrar una navaja; esto es, situado/as en los espacios heterogéneos, cualitativos sin mayor medición que los lenguajes, arte mínimo, diseñar –relacionar– no pasa por capturar una hipotética visión global, cinismo-pesimismo-paranoia, sino por puentear esos saltos impredecibles emulando el juego entre democracia y corrupción, mucho más continuo e imperceptible que el de tiranía y castigo, pero con el objetivo de mantener aquello que nos puede definir como humanos una vez ya no hay esencias, la capacidad de indiferencia ante los deseos, diseñando sin proyectarlos sino más bien utilizándolos para ir a otro punto a través de ellos, movimiento no causal con la estructura del eco y su repetición diferente –lejos de la creación: novedad y genio– que permanece apagándose hasta el infinito a base de discontinuidades sólo sostenidas por una pasión que se ha vuelto impersonal, viva, inmortal y fugaz, en tanto se solapa y desmiente a la misma muerte recalcitrante que se cree reina sin interrogar al tiempo que está en juego, aquel que conspirando recupera un cierto afán utópico; presente como hogar sin necesidad de suelo en el que el futuro ya no funciona como cuello de botella, sino que se desdobla en dos espacios; aquel que recoge los egos, lejos, sabiendo que mañana ya no estará, y aquel que sólo puede experimentarse desde la misma ausencia, esperanza ahora sin nombre o, en otras palabras, recuperación de una fe en la que la repetición presente no puede decirnos nada acerca del mañana y las continuas rozaduras no implican más callos en miradas necesitadas de agua y no de objetos que, bajo la fórmula de lo nuevo, nos encierran en esa vejez prematura que no entiende de edades

Sandra Martínez, Zaragoza, Noviembre 2012


domingo, 14 de octubre de 2012

ESPACIOS HABITADOS. Octubre. Dios

En esa reunión única del domingo más caluroso del año vestido de las 3 de la tarde con el cielo oscuro fruto de un bochorno espeso, productor de nubes sin forma, aquí cárceles del aire, y colores vivos como sólo sucede cuando ya no se aguanta más, surgiendo fenómenos extraños, enjutos y potentísimos en su desaparición inminente, al intentar escapar de la tortura prolongada del mes del emperador caprichoso, caminaba un solitario cuerpo por espacios vetados en otros tiempos, bajo el menor ruido posible en una zona sin vacaciones, un silencio lo suficientemente pesado como para (re)descubrir aquellos tags sucios, varicela agarrada a los muros, enfermedad que busca su aliado en la misma medicina que la combate, con la firma de Dios; monumentos o lápidas de aquél que intermitentemente transitó estas calles hasta su suicidio, coincidiendo primero con el miedo, y la belleza, y después con la indiferencia, y el zombie, sin llegar a rozarme a pesar de sus afectuosas charlas con mi abuelo de camino al colegio, de sus periódicos asaltos en el barrio, de sus amistades con mis amistades peligrosas; el único vándalo con las manos manchadas de sangre que podía conservar como un tesoro la mirada triste, maldición a posteriori imposible de adivinar a pesar de que sólo él fuera capaz de escaparse por las estrechas e inflexibles rejas, eligiendo de entre todo el diccionario una palabra, “libertad”, que sólo le encerró aún más, hasta el accidente o el definitivo acto de valor más allá de la retórica de los libros, sin heroísmos helénicos, sin más epitafio que esas manchas formando parte del tercer mundo arquitectónico de la ciudad, marcando itinerarios perdidos reapareciendo en aquel camino agotador hacia el hospital pero que ahora, temporada otoñal, no distingo al oler el aire que llega al cerebro sin pasar por la nariz, donde temor y emoción se relacionan de diferente forma, olvidando la pregunta sobre qué cambia en el espacio tras el agotamiento de esos diseñadores, o diseñadoras, con los que podíamos trazar relatos de manera activa, no meramente estética como el simulacro de mi expresión corporal imitando el caminar indeseable sin la fuerza necesaria para que no desaparezca en la opacidad de toda obra de arte en la que dejamos de participar, limbo inexacto o historia de un signo, de Dios, del diseño, de unas experiencias que desaparecen tras tiras de piel en suelo fértil, permaneciendo exclusivamente esa relación que se da entre una pareja con bagaje donde un cuerpo narra un recuerdo de un pasado común muy claro, e incluso comentado con amistades, mientras el otro cuerpo lo niega; donde al segundo sólo le queda hacer un acto de fe y al primero la duda de los cimientos de su amor, ya sea hacia el otro y su falta de interés en mantener vivas sus memorias o hacia él mismo y su principio de locura.

Sandra Martínez, Zaragoza, Octubre 2012