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viernes, 4 de enero de 2013

Smartphone


Ese aparato pequeño que emite muchos tipos de sonidos. ¿Para qué? Pues fundamentalmente para nada. Mucha información para no informar de nada.

Bip bip.

Anda, estás en el baño. Mira qué bien. Veo que has comido lentejas.

Bip bip.

Sí, me parece bien que te guste el helado de chocolate.

Bip bip. Clonck.

Apagado.

¡No te enteras de nada!

Eh, no. Déjame vivir mi vida, que estoy empezando a cansarme de vivir la tuya. Si no me entero es porque no hay nada de qué enterarme.

Es que no contestas nunca.

¿Y qué? Ya lo sabes. Si quieres decirme algo importante, llámame. Si sólo quieres distraer mi atención, vas listo. Es que si vas por la calle no puedes comunicarte con nadie. ¡Pues a lo mejor es esa mi intención!

Ay, me pica el cuello. Debe ser el chip localizador ése que te ponen cuando te descargas otra app de mensajería instantánea. Es que como al mismo tiempo te quitaron una parte de la corteza cerebral, pues claro, ya no puedes analizarlo con perspectiva.

Bip bip.

En media hora en el lugar X.

¡No viniste!

Eh, el mensaje llegó instantáneamente al servidor, no le culpes a él, pobrecico mío, que no te ha hecho nada. Es que yo no quise leerlo. Mi previsión a medio-largo plazo incurre tiempos de más de 30 minutos. La que no soy instantánea soy yo.

Pues es que yo no concibo recibir uno y no contestarlo.

Y yo no concibo que nuestra relación se base en el double check. Antes me llamabas y me decías “el viernes a las 7”. Y yo allí estaba. Ahora, como no te contesto al nanosegundo, ya no me llamas.

Es que me sale muy caro.

Claro, y para que tú no tengas que llamarme a mí, yo tengo que desembolsarme lo que no tengo.

Con lo fácil que es darle al botón y escuchar el silencio. Dicen que de las malas noticias siempre te acabas enterando. Y es verdad. Para las buenas no te llama nadie. Pero si alguien quiere algo, bien que consigue comunicarse.

Vives en la era de la comunicación y no te enteras de nada.

Es que para que sea la era de la comunicación tienes que tener algo que comunicar. Si no es así, deja a la gente en paz. Ah, no, que entonces eres un antisocial y todo el mundo tiene derecho a enfadarse.
Pero ya tú ya no tienes derecho a la intimidad.

Ring ring.

Silencio.

¿Y ahora por qué no me contestas?

Silencio.

Ya lo decía la canción.

Whatsapp killed the voice call star.

Natalia Perez Cameo, Zaragoza, Enero 2013



martes, 24 de enero de 2012

La necesidad impuesta


Un grupo de amigos, sentados en una cafetería delante de unos refrescos. No parecen llevarse mal pero no hablan, simplemente miran sus móviles y escriben en sus pantallas, mostrando más interés a lo que hay al otro lado del aparato que a quienes tienen a su alrededor.

Seguro que no soy el único a quien le suena ésta situación, pero en ocasiones siento que soy el único que no la entiende.

Los avances tecnológicos, independientemente de su finalidad (salvo que ésta sea destructiva, incluso a veces también) son muy bien acogidos por la sociedad, y lo son en mayor medida cuando es la propia sociedad, el individuo medio, quien disfruta en primera persona de esos avances. Uno de los que más nos han “llamado la atención” en los últimos tiempos ha sido la llegada de los smartphones, y como sujeto más representativo, el iPhone de Apple, con sus correspondientes y sospechosamente efímeras actualizaciones.

Estoy seguro de que quien pensó en este tipo de teléfonos móviles se imaginaba a un empresario con mucho trabajo acumulado intentando aligerar su carga ayudado de una herramienta tremendamente útil. En ningún momento se le pasó por la cabeza pensar en un adolescente utilizando una pieza tan valiosa de nuestra tecnología para, simplemente, cumplir con un estándar que la propia sociedad ahora intenta exigir. Y no es otro que el de estar a la última. Un producto de ayer es un producto obsoleto, aunque funcione, no sirve.
Nos han intentado convencer, con mucho éxito, por cierto, de que necesitamos tener lo más nuevo, lo mejor, porque de lo contrario no estamos completos como personas y se nos considera unos parias.

No pretendo juzgar a nadie. El capitalismo y la sociedad “libre” en la que vivimos nos dan el derecho a poder gastar nuestro dinero en lo que queramos. No es de dinero de lo que estoy hablando aquí, es una cuestión de contradicción.

¿Cómo puede ser que algo creado para comunicar, para acercar personas, nos aleje tanto? Es puro vicio, hemos convertido el vicio en necesidad, entre todos. Y así, excluyendo a quien realmente lo necesita para llevar a cabo su trabajo, por ofrecer un servicio multitarea, ¿al resto de nosotros qué nos aporta portar una de estas joyitas? ¿Felicidad? Creo que antes de existir ya había gente feliz. ¿Comunicación? La teníamos con un teléfono normal, en todo caso nos privan del placer de tener una conversación decente en persona. ¿Libertad? Mejor no responder a esa pregunta, quien no sea esclavo de su Smartphone y lo mire cada 2 minutos es merecedor de todo mi respeto y admiración.

En resumen. La innovación bien entendida es todo un lujo y hemos de saber aprovecharla, pero no está de más pedir dos dedos de frente para de vez en cuando decir NO a todo lo que nos llega.



Saúl Izquierdo. Zaragoza. Enero 2012.