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sábado, 14 de abril de 2012

CRÓNICAS DEL HERALDO DE ARAGON, REFLEXIONES DE UN DISEÑADOR


Era un viernes como otro cualquiera. La alarma del móvil me despertaba, y al apagarla vi que tenía un correo diciendo que me habían dado la beca. El día empezaba bien y yo pensaba “que maja la universidad y el ministerio que me ayudan a sacarme la carrera, que cagada que mi familia tenga que ser ayudada por el estado para que estudie”.
El día transcurría tranquilo: comprar madera para hace una maqueta para una exposición de mi amada carrera, Diseño Industrial, comer y bajar a tomar un café al bar.
Hice lo de siempre, cortado con hielo, terraza, cigarro, y Heraldo de Aragón. Aquí ya el día dejo de ser tan genial cuando vi un artículo acerca de nuestra carrera, un articulo algo desprestigioso y que no me sentó muy bien.

Resumiendo, este articulo hablaba de que era una titulación con gran número de trabajos prácticos, que se proponía a los docentes vigilar al máximo estas tareas, que se habían dado casos de copia, plagio, suplantación de identidad o de contrataciones externas, que era una metodología nueva y que daba algún problema.
En esto último me empece a enojar algo, pero siguiendo leyendo llamaban a la reflexión a que gran número de los alumnos superaban las asignaturas con relativa “facilidad”, aquí ya me hizo gracia el asunto. 
Parecía como que tenía que suspender gente para que las cosas fueran bien, que los ingenieros, como ingenieros que son, sufrieran, mendigaran y se pegaran una década para sacar su ansiada carrera, cosa que en D.I. no se da tan abrumántemente, y que parece que molesta.

Con todo esto, he recapacitado algo: ¿Qué soy? ¿Cómo me veo ahora que ya se como me ven?
Soy de la primera promoción de grado, me he tenido que comer marrones, follones de secretaría y organización de asignaturas, he sido un conejillo de indias, una rana de laboratorio, forzado en cada asignatura para ver cual era el tope que se debía fijar para generaciones posteriores, y no me he quejado tan apenas. Y a pesar de todo esto, ahora vienen, recalcan la acción indebida de algunas personas (porque en todas familias cuecen habas) y lo generalizan a una titulación entera, desprestigíandonos, pareciendo ser unos mafiosos en versión pocket.

Me venden como un individuo que se ha sacado la carrera pagando de bajo mano y trapicheando trabajos, pero en realidad, me estoy sacando la carrera currando todos los días, siendo constante (porque los trabajos son continuos, siempre tienes algo que hacer), yendo a clase, yendo a prácticas, intoxicándome a café, acompañándolo de palizas frente al ordenador y noches sin dormir, viendo un bonito amanecer mientras pasas a PDF el ansiado proyecto recién salido de InDesign.

Soy ese tipo de estudiante que hace de esponja con la información, saca conclusiones, lo sabe plasmar en un producto que expresa algo y que tiene una finalidad y una funcionalidad, pero que pasa sudores y lágrimas para explicarle a sus amigos QUÉ estudia, que no es considerado como un ingeniero de verdad porque no tiene el culo pelado de memorizar fórmulas que tras el examen olvida, que lleva carpetas grandes, dibuja por los pasillos, es algo rarito y su ropa es algo extravagante. No se, como que están los ingenieros, y luego Diseño Industrial,  esa carrera que no sabemos donde meterla, que saben de todo pero no saben de nada, que lo mismo te planchan un huevo que te fríen una camiseta.

Pero ante todo, soy una persona honrada, que no necesita que un periódico le busque las cosquillas porque cuatro gatos hayan hecho algo no debido, que está aprendiendo un oficio, pero que sobre todo está descubriendo que el trabajo en equipo es mejor que el individualismo empedernido de algunos, y que también está haciendo amistades y colaborando en proyectos y eventos, esforzándose por promover esta nuestra carrera, luchando por hacerse un hueco y ser tratado como uno más en el futuro mundo laboral.

Si ellos sacan las carencias de los estudiantes, también deberían saber las carencias que denuncia un estudiante, no?

Se debería prestar más atención a definir un marco normativo sólido, sin vacíos, sin preguntas sin responder, y sin cabos sin atar que pagamos nosotros, los futuros diseñadores industriales, como ahora estamos sufriendo algunos con nuestros TFG, que estamos desarrollándolos sin saber como los vamos a presentar de aquí a 3 meses.

Se debería prestar más atención a la infraestructura y al equipamiento. Nuestro campus es de lo mejor de Zaragoza, si, pero no puedes asistir a asignaturas donde te enseñan a usar un software, el cual tienes que sacar de un forma “indecente”, que en estas clases pierdas 20 minutos esperando a que el “ordenador” que te habilitan cargue ese software, o que tengas que hacer tus maquetas en tu casa con tus materiales y tus herramientas porque el taller es algo limitado, pequeño, y de horarios reducidos, o simplemente, no hay nadie a cargo.

Si se publican unas pestes, que se publiquen otras pestes.

Con esto no estoy lanzando piedras ni puñales a otras personas u organizaciones, solo digo que en todos los sitios hay gente que copia,plagia o hace lo que le viene en gana, que no es algo que solo se da en nuestra carrera (y que, sinceramente, cuestiono, porque si algo tenemos, es calidad en nuestros proyectos) y que, si rajan de una parte, que son los estudiantes, que rajen también de otras carencias que nos hemos tenido que comer y que hemos callado.

Una vez más, el escudo que aparece en nuestra Orla Paralela, plasma perfectamente las penurias y los sufrimientos que pasamos, pero con una sonrisa y con suficiente fuerza como para aun encima querer expandir esta bonita profesión.

Esto es una opinión estrictamente personal, pero me he quedado agustísimo.


Sergio Jericó, Zaragoza, Abril 2012







domingo, 5 de febrero de 2012

Líneas


Piensas en ideas brillantes que tan solo los sueños te podían ofrecer. Como ya habías escrito antes en otra parte en el mismo lugar. Duraba un parpadeo a ritmo de fotogramas. Películas que te habían contado, trabajado duro y reafirmado en ti. Trazabas una línea que pensabas que había que seguir.

Estabas perdido en un lugar en tu mente.

Colecciona tus tachones en libretas revueltas.

Un ir y venir que no llega a ninguna parte.

Pensabas en otras cosas, aspirabas y soñabas. Tantas veces te habían repetido que había que ser el mejor que casi no sabías pensar otra cosa. Un monótono tema del venir que no llevaba a ninguna parte. Pensabas que pensabas.

Ahora sonríes.

A ratos escribes en papeles que nadie lee.

Tratando de romperte entre el valor de la cabeza de un gato. Definiendo lo parcial para perderte en lo imparcial. Encuentras cosas para recrearte en lo que los otros ven como  estar fuera del camino. Hallar el valor de la vida en la sonrisa callada cuando todos hablan de caídas pero nadie te dice que puedes levantarte.

Como tostadas untadas en mermelada en tu almuerzo, de repente paras de enloquecer para mirar hacia la cordura con un poco de nostalgia.

Cometes una estupidez, sabiendo que lo es.

Seguir adelante con paso firme, sabes que alguien ya lo ha dicho antes. Aprendiendo de tu error al hacerlo tuyo. Los demás no te dirán que lo hagas, nadie te dirá que te escuches. Todos pedirán que escuches lo que te dicen, no leas lo que te escriben, no dejes que mis negativas sean las tuyas.

A veces debes preferir los moratones a las rodilleras, señales de valor y no de seguridad.

Ahora sonríes.

Cierras los ojos para escuchar la música que suena y no leer.

Ese ruido del que habla el silencio, mientras te echan para abajo unas ideas que intentas hacer tuyas a base de no pocas negaciones. Vuelves a negarte a rendirte. Actuando con la testarudez de la juventud para encontrar la perspectiva de la experiencia.

Un error, otra lección.

Vives con la causa que es tuya, que te deja a los resultados de las leyes de tu vida. No ser un valiente pero no un temeroso. Alguien que va haciendo su vida en los lugares que visitas entre guiños. Parando a disfrutar cuando encuentras algo que da miedo. Transformándote al escribirte en tus notas.

Ahora caminas.

Siempre tropiezas.

Sabes que no hay que saber lo que te habían enseñado. No olvidas sino aprender a no saber nada. Miras hacía la cordura para volver a la locura de luchar. Siempre un poco más. Otra vez más.

Leyendo entre líneas, para encontrarte escribiendo tu discurso.




Gabriel Jiménez Andreu, En ruta, 2012






martes, 24 de enero de 2012

La necesidad impuesta


Un grupo de amigos, sentados en una cafetería delante de unos refrescos. No parecen llevarse mal pero no hablan, simplemente miran sus móviles y escriben en sus pantallas, mostrando más interés a lo que hay al otro lado del aparato que a quienes tienen a su alrededor.

Seguro que no soy el único a quien le suena ésta situación, pero en ocasiones siento que soy el único que no la entiende.

Los avances tecnológicos, independientemente de su finalidad (salvo que ésta sea destructiva, incluso a veces también) son muy bien acogidos por la sociedad, y lo son en mayor medida cuando es la propia sociedad, el individuo medio, quien disfruta en primera persona de esos avances. Uno de los que más nos han “llamado la atención” en los últimos tiempos ha sido la llegada de los smartphones, y como sujeto más representativo, el iPhone de Apple, con sus correspondientes y sospechosamente efímeras actualizaciones.

Estoy seguro de que quien pensó en este tipo de teléfonos móviles se imaginaba a un empresario con mucho trabajo acumulado intentando aligerar su carga ayudado de una herramienta tremendamente útil. En ningún momento se le pasó por la cabeza pensar en un adolescente utilizando una pieza tan valiosa de nuestra tecnología para, simplemente, cumplir con un estándar que la propia sociedad ahora intenta exigir. Y no es otro que el de estar a la última. Un producto de ayer es un producto obsoleto, aunque funcione, no sirve.
Nos han intentado convencer, con mucho éxito, por cierto, de que necesitamos tener lo más nuevo, lo mejor, porque de lo contrario no estamos completos como personas y se nos considera unos parias.

No pretendo juzgar a nadie. El capitalismo y la sociedad “libre” en la que vivimos nos dan el derecho a poder gastar nuestro dinero en lo que queramos. No es de dinero de lo que estoy hablando aquí, es una cuestión de contradicción.

¿Cómo puede ser que algo creado para comunicar, para acercar personas, nos aleje tanto? Es puro vicio, hemos convertido el vicio en necesidad, entre todos. Y así, excluyendo a quien realmente lo necesita para llevar a cabo su trabajo, por ofrecer un servicio multitarea, ¿al resto de nosotros qué nos aporta portar una de estas joyitas? ¿Felicidad? Creo que antes de existir ya había gente feliz. ¿Comunicación? La teníamos con un teléfono normal, en todo caso nos privan del placer de tener una conversación decente en persona. ¿Libertad? Mejor no responder a esa pregunta, quien no sea esclavo de su Smartphone y lo mire cada 2 minutos es merecedor de todo mi respeto y admiración.

En resumen. La innovación bien entendida es todo un lujo y hemos de saber aprovecharla, pero no está de más pedir dos dedos de frente para de vez en cuando decir NO a todo lo que nos llega.



Saúl Izquierdo. Zaragoza. Enero 2012.


lunes, 16 de enero de 2012

Ruido

La voz se escapa entre las líneas.

Voces que deberían hablar de algo se encuentran ocupadas en callar. Las hemos ocupado en no hablar de aquello que no se quiere escuchar. Aquellas voces que querían vivir la vida en lugar de ganársela. Voces que leían entre las líneas en lugar de huir de aquellas bocas que callan.

Vergüenzas que se avergüenzan.

Hombres calvos que solo tienen que pasarse el peine a la cartera. Carteras que dictan discursos desde dentro de párrafos que se encuentran escritos por todas partes. Escritos con tinta de capricho y de supervivencia allá donde los ojos puedan leer. Para que sea menester de todos leerlos y aspirarlos.

Primeras planas a todas horas.

Excesos de trabajo que exudan plusvalías.

Discursos que escuchados justifican lo injustificable, cualquier modo vale te repiten. Sálvese quien pueda, hasta machacarte la ilusión. Parafernalias en las que se perdieron las entrañas de la voz.

Escritos que trabajan desde el cinismo monetario. Defensores de una razón que suprime el pensar y devasta la esperanza y lo convierte en paramos de trabajo. Donde sembrar pensamientos que huelen a verdad. Los mismos que te llamaran pornógrafo por creer en lo que haces, serán los que no dudarán en engañar a sus parejas. Las agallas del valor y la vida real las disolvieron en esas tintas que promulgan un silencio sempiterno.

Silencio que no tolera emociones ni heroísmos.

¿Vas a creerte ese silencio?

Levanta las cejas de incredulidad.

Alza esa voz que se te ha olvidado que puedes tener.

Una voz que no cree en los guardianes de la verdad. Que encuentra anatemas esos discursos.

Voces que no habitan en ningún lugar concreto, pero que se atreven a huir de la esclavitud de esos discursos atreviéndose a denunciarlos. Que se atreven a fallar, que buscan encontrarse a sí mismas, que disfrutan de sus raíces, voces que tienen principios, voces que ríen a carcajadas, y que se atreven a pelear.

Esas voces torpes, como solo el contexto y la sinceridad saben serlo.

No es el ruido el que domestica el silencio. Porque al final son las palabras que dices las que se oyen. No dejes que sea su silencio el que se apodere de ti. Las masas ruidosas son peligrosas para los que perdieron el pelo en sus estreses. Más peligrosas para todos son las muchedumbres silenciosas que defienden el silencio de otros.

Hace falta muy poco para romper el silencio.

Tan sólo una voz.

La que se te ha olvidado que tienes. La que han intentado domesticar a base de “bien” de dogmas y trabajo duro. Acallada a través de tantas promesas para que ese silencio que tanto trabajo les ha costado construir, no lo puedas destruir.

Te intentarán tirar al suelo.

Que no puedan impedir que te levantes.

No dejes que te callen.


Gabriel Jiménez Andreu, Zaragoza, 2012



miércoles, 14 de diciembre de 2011

Redes Sociales


Hace un tiempo, una tarde como cualquier otra, estaba yo sentada frente a mi ordenador y se abrió de repente una ventana de chat: era mi compañera de piso, desde su habitación, a menos de diez metros de distancia, preguntándome si hacía falta comprar algo. Me reí. Me hizo gracia que fuese tan vaga como para no levantarse de la silla, y que prefiriese utilizar las tecnologías para saber si necesitábamos papel higiénico. El problema surgió cuando se empezó a convertir en una costumbre. Así, había días que ni siquiera cruzábamos palabra cuando coincidíamos en la cocina, pero después nos contábamos nuestras batallitas diarias por chat.

No sé en qué momento empezó la deshumanización en las relaciones sociales. Cuando yo me di cuenta, estaba tan arraigado que no había posibilidad de vuelta atrás. No sé cuándo un “ya hablaremos” comenzó a significar “te mandaré un WhatsApp” en lugar de “te llamo un día de estos”. Ni cuándo felicitar a alguien por su cumpleaños comenzó a ser sinónimo de “escribir en su Muro”. Tengo amigos cuya voz hace meses que no escucho. No hablemos ya, de ver sus caras.

No nos engañemos: las nuevas tecnologías no acercan a las personas. Más bien establecen una relación entre nuestros mini-yos, nuestros avatares cibernéticos, dentro de ese incierto y extraño mundo que es Internet. Cualquiera que piense que Yo equivale a Mi Perfil de X Red Social insulta gravemente a la inteligencia de cualquiera y pone de manifiesto su completa ignorancia sobre lo que constituye el ser humano. Yo no soy un nombre falso, ni una cita de cierto poeta famoso, ni una foto de perfil, ni un enlace a una canción de Nirvana. Yo soy un gesto inseguro, una muletilla al hablar, una forma determinada de apartar el pelo de mi cara. La curva de unos labios. El caminar parsimonioso. Yo soy eso, y soy mucho más.

Pero aquí seguimos, empeñados en relacionarnos de manera ficticia. Mandamos solicitudes de amistad, degradando completamente el significado de la palabra amistad. Seguimos a personas cuyas opiniones nos parecen interesantes, cuando en realidad no solo no las conocemos, sino que no conocemos la realidad de sus opiniones. Estamos tan atentos a todo lo que sucede dentro de nuestro teléfono móvil que nos perdemos lo fundamental: todo lo que pasa fuera de él. Es decir, la vida.





viernes, 9 de diciembre de 2011

Estaticidad


No es el ruido el que domestica el silencio.

Ni la naturalidad del tiempo es congelarse, pero aún así nos empeñamos. Luchamos contra el cronómetro, buscamos una calma que no existe en ninguna parte y la clavamos en la esperanza. Una esperanza en nuestras cabezas, en el incesante discurrir de momentos como un absoluto al que aspiramos, con villanía y sin belleza.

No es el nervio el que busca “ese” otro momento.

Nada, como las entrañas nerviosas que te dicen que algo viene.

Ni hace un siglo se escribía como se escribe ahora.

Pero las barrigas miden la sensatez de nuestras inversiones. Esas barrigas que nos dicen, que la naturalidad hay que buscarla en lo estable. En asentar las cosas, construir un futuro, en arreglarte un mañana. Un aprender a intentar parar la rotación de la tierra y encontrar la estabilidad en el camino a la tumba.

Nos pasamos toda la vida con un proyecto de mente, como si eso fuera lo que hay que hacer. Desde que vienes al mundo, te van amueblando la cabeza con sus ideas. Te construyen un camino basado en lo que la mayoría dice, decía o decide. En lo que se supone que hay que hacer. Empiezas en primaria y terminas una carrera. Un fotograma y la película ha cambiado completamente. Piensas que eres dueño de lo que has hecho, pero realmente: ¿Cuántas decisiones han sido tuyas? ¿Cuántos momentos has hecho aquello que los demás pensaban que estaba “Bien”? ¿No habrás aprendido mucho más de aquellos errores? ¿De todos los disgustos que te llevaste?

Ni bodas que se divorcian,

Ni amigos que son enemigos.

Ahora que no sobra el dinero, te piden, más que nunca, que seas como ellos. Que aceptes sus decisiones y que te construyas en su ejemplo. Alimenta tu barriga con la gula del trabajo. Revienta de obesidad mórbida en una buena carrera, siendo exitoso. Alimenta tu panza con el tiempo acumulado, conviértete en un hombre de provecho.

¿Provecho para quién?

Esos son los viejos tiempo,

Memorias que entre sueños se escapan como aquellas ideas brillantes que tan solo lo sueños pueden atreverse a cultivar y duran poco más que el parpadeo del instante antes de olvidarlas.
Ahora es tu tiempo,

Que tus errores sean tuyos,

Pues una mayoría no son tus decisiones, no son tus errores, no son tus experiencias.

No dejes que aquellos que se han alimentado bien, decidan tu dieta. Disfruta, cómete mil errores, aprende mil lecciones. Nada es estático, todo se destruye. Porque al final lo que te quedará es el camino que has seguido, el tuyo o el de ellos.

Sé tu futuro.

Disfruta de tu camino.


Gabriel Jiménez Andreu, Berlin, 2011



sábado, 26 de noviembre de 2011

La otra realidad


Muchas veces pienso que si a día de hoy volviera a estudiar mi carrera le sacaría muchísimo más provecho del que saqué en su día. Pero al acabarla, me daría cuenta, una vez más, de lo poco me serviría lo que he estudiado.

Resulta que por más investigación que hagas, por ejemplo, sobre el color indicado para el logo tal y estando 100% segura de que es el color idóneo. Es más, que ningún otro color puede competir con éste y dediques cuatro diapositivas de la presentación a razonarlo. Llegará la directora de cuentas de turno que se ofenderá por tu elección, ya que coincide con el color del jersey que le había regalado su ex al que odia y tendrás que poner un rosita palo que es el que a ella le gusta. 

Esta es la otra realidad, la que me hace preguntarme:

¿Para quién diseñas? ¿Qué importancia tiene la decisión del DIRECTOR de arte en temas de dirección de arte?

Al fin y al cabo quien va a pagarte por lo que haces es la agencia. Quien va a estar contento con lo que haces es la agencia. Quien va a juzgar tu trabajo es la agencia, por tanto, y lamentándolo mucho, siendo un principiante o un becario poco tienes que hacer si no eres capaz de saber qué le gusta a tu jefe.

Así que prepárate para meter estrellas a mansalva, logos de marca por doquier y camioncitos volando… 

Es más, nosotros tenemos que saber los gustos de nuestro director de arte. Pero éste tendrá que defenderlos frente a quien corresponda y es entonces cuando vendrán más cambios.  Pero eso no es todo (tomad nota porque ésta es una frase muy recurrente en una presentación), una vez mandes el diseño al cliente te dirá que el rosa palo no le convence mucho y que tendrá que discutirlo con su mujer, que es a fin de cuentas la que manda en casa.

Conclusión: sed muy buenos utilizando photoshop, illustrator, etc. Porque cuantos más recursos tengáis para cambiar las cosas y trabajar sin limitaciones, sentiréis que perdéis menos tiempo.



domingo, 6 de noviembre de 2011

Eternidades


La eternidad se puede romper en un segundo.


Te ves a ti mismo caminando por lugares en los que no habrías soñado estar. Mirando las cosas de una manera tan distinta a lo que se suponía que tenías que mirar. Habías aprendido a mirar desde arriba, por encima del hombro, a ser el mejor, a no soñar, a ni tan si quiera caminar. Habías aprendido a intentar volar, te había dicho que al cielo se llegaba por arriba, subiendo.
Pero estás ahí.


Y el tiempo fluye y lo entiendes.


“Nada es estático, todo se destruye”


Porque para estar ahí, para encontrar aquello que te prometiste a ti mismo hace tanto tiempo. Para llegar a encontrarte, para llegar a ser la persona que eres y no la que deberías ser. Para todo eso arriba es abajo, solo cuando te sucede eso, tus pies pisan el cielo.


Pero estás ahí.


Y no sientes el peso que deberías sentir y lo entiendes.


“No eres aquello que haces, haces aquello que eres”


Todo aquello que los demás han llamado desperdicio o pérdida de tiempo, es en realidad el tiempo que merece la pena. El tiempo que de verdad has trabajado, el tiempo que de verdad has vivido. Habías aprendido a ser competitivo a mirar a los demás con desdén, a luchar y a tratar de construir.


Pero estás ahí.


Y aprendes y lo entiendes.


“Para crear hay que destruir”


Ahí estás tú, mirándote a ti mismo. Con los pies en el cielo sin pisar el suelo que los demás pisan. Tan abajo que ellos te miran desde arriba. Tan lejos que todo parece estar cerca. Tan solo que estás rodeado de gente.


Pero te reconoces.


Cuando, como todas las mañanas anteriores, te miras en el espejo. Ves al gato de Cheshire que te devuelve una sonrisa que es la tuya. Siendo lo que ves algo real, no la tierra que te prometieron. Ni el mundo que habita en las bibliotecas o las universidades. Ni tan si quiera el mundo que habías aprendido que era real.


Pero estás ahí.


Y recuerdas todas las lecciones y lo entiendes.


“No haces preguntas”


Te sientes dueño de una eternidad acumulada de sueños y señor de un lugar extraño. El más torpe de los artistas y el más bajo de los poetas. Habiendo estado tan fuera que has vuelto a entrar en casa. Pudiendo sentir la brisa de un lugar que te habías aprendido de memoria que no existía, que te negabas a mirar. Un paisaje lunar que te rodea, pero es la simple familiaridad la que no lo hace extraño. Cuando el frio se siente cálido y las verdades no tienen más sentido que las mentiras.


Estás ahí.


Y sonríes y lo entiendes.

Gabriel Jiménez Andreu, Berlin, 2011