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jueves, 22 de marzo de 2012

Sueños


Escribes con sentimiento.

Las cosas hay que hacerlas con sentimiento.

Sin palabrería, sin florituras, sinceridad cruda, brutal, visceral, salida de dentro. Una autopsia de la realidad para trabajar tus sueños. Ahí donde buscas el sentimiento, entre noches sin sueño ni descanso.

Revisas los papeles. Dentro y fuera de ti.

No hay deber donde abunda el sentimiento. Lo haces porque quieres, te lo pide el cuerpo. Algo que entretiene hasta el dolor. Escuchas palabras sobre levantarte por las mañanas, sin excesos, sin jaquecas, te lo enseñan en la escuela: “está bien”. Aquello lo desechas para elegir lo que te mantiene en vela, en los límites de una salud que no es para ti buscas algo olvidado y a otros les cuesta recordar.

Luchas por un sueño, algo que no existe para los demás.

Atascado en algo que llevas tanto tiempo haciendo que te cuesta una eternidad volverlo hacer. Lo dejas todos los días y no hay noche que no lo cojas otra vez. Vuelta a empezar, desde el cero absoluto. Nada de lo anterior te satisface.

Tachones.

Ideas. Palabras. Abstracciones.

Buscas un lugar donde nada y siempre son lo mismo. Imposibles, lo escuchas en todas partes. Deberías ser realista, estudiar más, buscar un buen trabajo, lavarte los dientes, llevar pijama, fundar una familia. Te invitan a que lo dejes todo, seas más como ellos, sonrías más “que ya te están saliendo arrugas de tanto fruncir el ceño”. Amalgamas de consejos que suenan en los telediarios y lees en los periódicos. Tonterías.

Borrones.

Te escribes a cada palabra que describes.

No lo puedes evitar, es tu forma de ser.

Es curioso lo mucho que cambia uno a lo largo del tiempo, la sinceridad contestada y encontrada. Perderse para acabar siempre en los mismos lugares. Miradas con perspectiva a una vida llena de sueños e ilusiones que desemboca por arte de magia en ti. Tiempos que son aquello que haces mal para unos estándares que no son los tuyos. Llenando de sonrisas las mañanas, al despertar, no al dormir.

Te da igual lo que digan, es inútil su charla.

Por más frases que escribas suenas a ti mismo.

No puedes llevar esos zapatos. Aprietan. Sientes la necesidad de andar descalzo. La vida te va enseñando que no hay que encajar para ser feliz. Te intentan seducir con un dinero que has aprendido a no necesitar, pues nunca lo tuviste. Fuiste pobre en sus términos, rico en los tuyos.

El dolor desaparece dejando solo lugar a la satisfacción.

Algunos somos soñadores adictos a la naturalidad del dolor al despertar. No somos los que llevan “business” pijamas, se lavan los dientes, madrugan para ir al trabajo… Nadie debería estar privado de ese dolor que ayuda a que las cosas se queden dentro de ti. Sirviendo de veneno que no mata pero infecta de una curiosidad por llegar.

Sentimiento que muchos aún quieren conocer.

Para volver a no dormir.

Para volver a soñar.



Gabriel Jiménez Andreu, Zaragoza, Marzo 2012


viernes, 24 de febrero de 2012

Los hombres grises


Leíste Momo con 10 años, o puede que menos. Los hombres grises eran unos señores crueles que le arrebataban el tiempo a la gente y desaparecían sin dejar rastro.

Ahora, hay otros hombres grises en tu vida. No te encandilan para robarte tu tiempo, pero de una forma u otra, se creen señores de él. Existe una subespecie entre los estratos de la sociedad que vive totalmente integrada con ella y que, seguramente, si los conocieras fuera del mundo laboral, no notarías su verdadera naturaleza, como en V.

Son (con todos los respetos, que hay gente muy buena por ahí suelta) los comerciales. Son personas humanas, en efecto, que probablemente tengan vida aparte del alcance de su teléfono móvil.

Trabajan con horarios que nadie entiende, pliegan el tiempo como si fuera un acordeón y luego lo desdoblan con un ejercicio de papiroflexia digno de un ilusionista japonés. Nunca tienen tiempo para nada, siempre están conduciendo rumbo a la línea del horizonte (con lo que viven fuera de la ley, ya que estamos) pero siempre, siempre, siempre, harán que cualquier pequeño retraso sea culpa tuya.

Es que te dije blanco…

Ya, pero la semana pasada me dijiste negro.

Bueno, no sé, lo he pensado mejor.

Ah.

Y tu tiempo se te escapa entre los dedos, como arena seca de playa. Trabajas y trabajas, cuatro veces haciendo lo mismo, y una quinta si es necesario, porque alguien tiene una buena idea de última hora.

Luego está, por supuesto, la gran frase:

Si lo único que tienes que hacer es esto mismo, pero en “bonito”.

A la palabra BONITO le pasa como a power point, que lo carga el diablo. Todo se puede hacer más bonito, todo el mundo se lo imaginaba “más bonito” o “es bonito, sí, pero no me gusta”. Rigor científico, cero. Objetividad, nula. Incompetencia, toda.

Los días en los que se abre la puerta y entran los hombres grises en la oficina te agarras a la mesa y rezas para que termine el temporal. Como si fuera una reunión de ex compañeros de pillerías, se saludan los unos a los otros con familiaridad y confianza. Hasta ahí todo va bien. Cuando consigues aislar a uno y que te mire durante más de 2 minutos seguidos (ojo, dos minutos sólo son 120 segundos) puedes darte con un canto en los dientes. La única manera de que te preste toda su atención es tirarle de la manga y patalear en el suelo: lo arrastras hasta tu mesa, le das una silla y le dices siéntate, que tenemos que hablar de esto.

Yo creía que estaba todo claro…

¿Claro? ¿Cómo va a estar claro si llevas 3 semanas sin responder a un solo correo? ¿Cómo va a estar claro si dijiste “hablamos” y nunca llamaste? ¿Claro significa “ok” como respuesta a un mensaje de treinta líneas de consulta?

Y después, como si nunca hubieran estado aquí, reducen su vida a un maletín de ordenador portátil (ahora con ruedas, por supuesto, y en piel, con acabado retro, a un centenar de euros el centímetro cuadrado), levantan la mano por encima de su cabeza, sonríen desde el photocall y se despiden.

¡Hasta pronto! ¡¡Hablamos!!


Tus dudas siguen encima de la mesa; la lista de tareas pendientes, intacta. Pero ellos se han ido y tú has olvidado su existencia. Hasta que vuelvan.



Natalia Pérez Cameo, Zaragoza, Febrero 2012







martes, 24 de enero de 2012

La necesidad impuesta


Un grupo de amigos, sentados en una cafetería delante de unos refrescos. No parecen llevarse mal pero no hablan, simplemente miran sus móviles y escriben en sus pantallas, mostrando más interés a lo que hay al otro lado del aparato que a quienes tienen a su alrededor.

Seguro que no soy el único a quien le suena ésta situación, pero en ocasiones siento que soy el único que no la entiende.

Los avances tecnológicos, independientemente de su finalidad (salvo que ésta sea destructiva, incluso a veces también) son muy bien acogidos por la sociedad, y lo son en mayor medida cuando es la propia sociedad, el individuo medio, quien disfruta en primera persona de esos avances. Uno de los que más nos han “llamado la atención” en los últimos tiempos ha sido la llegada de los smartphones, y como sujeto más representativo, el iPhone de Apple, con sus correspondientes y sospechosamente efímeras actualizaciones.

Estoy seguro de que quien pensó en este tipo de teléfonos móviles se imaginaba a un empresario con mucho trabajo acumulado intentando aligerar su carga ayudado de una herramienta tremendamente útil. En ningún momento se le pasó por la cabeza pensar en un adolescente utilizando una pieza tan valiosa de nuestra tecnología para, simplemente, cumplir con un estándar que la propia sociedad ahora intenta exigir. Y no es otro que el de estar a la última. Un producto de ayer es un producto obsoleto, aunque funcione, no sirve.
Nos han intentado convencer, con mucho éxito, por cierto, de que necesitamos tener lo más nuevo, lo mejor, porque de lo contrario no estamos completos como personas y se nos considera unos parias.

No pretendo juzgar a nadie. El capitalismo y la sociedad “libre” en la que vivimos nos dan el derecho a poder gastar nuestro dinero en lo que queramos. No es de dinero de lo que estoy hablando aquí, es una cuestión de contradicción.

¿Cómo puede ser que algo creado para comunicar, para acercar personas, nos aleje tanto? Es puro vicio, hemos convertido el vicio en necesidad, entre todos. Y así, excluyendo a quien realmente lo necesita para llevar a cabo su trabajo, por ofrecer un servicio multitarea, ¿al resto de nosotros qué nos aporta portar una de estas joyitas? ¿Felicidad? Creo que antes de existir ya había gente feliz. ¿Comunicación? La teníamos con un teléfono normal, en todo caso nos privan del placer de tener una conversación decente en persona. ¿Libertad? Mejor no responder a esa pregunta, quien no sea esclavo de su Smartphone y lo mire cada 2 minutos es merecedor de todo mi respeto y admiración.

En resumen. La innovación bien entendida es todo un lujo y hemos de saber aprovecharla, pero no está de más pedir dos dedos de frente para de vez en cuando decir NO a todo lo que nos llega.



Saúl Izquierdo. Zaragoza. Enero 2012.