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domingo, 9 de diciembre de 2012

DISEÑO E INTERNACIONALIZACIÓN


Desde la perspectiva del Diseño y la Comunicación Gráfica, este post habla de internacionalización y comercio internacional que, aunque no sea nuestro campo de expertise, creemos firmemente que con el tiempo se convertirá en una de las líneas básicas de todo emprendedor o empresa consolidada que se precie.

Y como no somos expertos, hace ya varias semanas asistimos a un seminario sobre internacionalización. Junto a mí, había también varios emprendedores y empresarios de sectores muy diversos pero con un objetivo común: hacer crecer sus empresas mediante la exportación y hacerlo de la manera más innovadora posible.

Una de las conclusiones comunes fue constatar que la situación actual nos ha puesto a trabajar más rápido y mejor y desde luego, nos obliga a no posponer ni un día más ciertos asuntos que en época de vacas gordas parecían no hacer falta. Teníamos -tenemos- asignaturas pendientes como mejorar el marketing propio, el reforzar lazos comerciales o, en definitiva, prestar la debida atención a nuestro core-business y sobre todo al “business”. Si hay algo que ha quedado claro y por si alguien aún no se había percatado, es que da igual si vendes tornillos, fabricas juguetes o haces churros. Aunque decirlo parezca una obviedad, no siempres se cumple que la actividad de la empresa ha de ir forzosa e inseparablemente alineada con parte de negocio (ventas, marketing, estrategia, etc.). Cada sector tiene su canal, sus particularidades, pero ha de ser así. No podemos obviarlo bajo ningún concepto.

Y hoy en día, volviendo al tema de este post, una de las asignaturas pendientes y que se perfilan como una de las vías a tener en cuenta para sortear
el bache, es la internacionalización de productos y servicios.

Si algo aprendimos en aquel curso, es la cantidad de oportunidades que existen si empezamos a considerar de una vez el mundo entero como “el mercado”.
Mi mercado no es sólo el vecino. Es todo aquel que pueda estar interesado en mí. Y por cierto, esta visión debería figurar en el ADN de cualquier empresa desde antes de nacer.

Por descontado, hay que aproximarse a los posibles clientes, socios o aliados en las mejores condiciones. ¿Hay una estrategia comercial definida?
¿Hemos encontrado un nicho por explotar? ¿Contamos con personal y recursos para la aventura?



Bien. Genial.



Ahora… Miremos honestamente nuestro producto. Es bueno. Está certificado. Avalado por normativas nacionales e internacionales. Ha superado todos los tests técnicos necesarios. El estudio de marketing intachable. Y aún así, hay algo que nos chirría…

En muchos casos, y es un hecho comprobado, es la estrategia visual la que falla.

Un catálogo “de los de siempre”, una Identidad Corporativa inconsistente o ya desfasada. Un etiquetado, un envasado poco atractivo o inadecuado para el mercado objetivo. En fin; un web hecha en Flash allá por el 2003. La lista es amplia y susceptible de ser revisada periódicamente o, por ejemplo, cuando vamos a otro mercado a vender. Podríamos tener un material ideal, pero que no tuviese en cuenta sensibilidades locales en cuanto a símbolos, significados y semántica visual y podría suponer un agravio para los potenciales compradores, haciendo que la operación se vuelva un imposible.

Olvidar o dejar para el final algo tan crucial puede significar la diferencia entre el éxito o el fracaso de nuestra aventura internacional.

Considerar la marca, el diseño y la innovación en la comunicación visual como una simple operación cosmética o un mal necesario es hacer un flaco favor a nuestra empresa y al producto o servicio que tanto esfuerzo nos ha costado crear. Después de todo el trabajo realizado, los tests y certificados no servirán de mucho si no somos capaces de presentar convenientemente aquello que deseamos vender y por lo que se supone que nos deberían comprar. Dicho sea de paso, esta afirmación es válida no solo para cuando queremos internacionalizar, sino también cuando jugamos en casa.

Es una realidad que debe asumirse desde ya mismo. No importa si su empresa es un laboratorio de nanotecnología o quiere exportar algo tan tradicional como miel, aceite o vino. Las empresas de más éxito internacional (también en suelo nacional) son aquellas que han comprendido que la innovación y la creatividad son siempre herramientas poderosas y magníficas aliadas para entrar por la puerta grande.

Nosotros, no somos grandes expertos en internacionalización, ya nos gustaría. Pero hay algo que sí hacemos muy bien.
Pensar bien el diseño. Cuidar los acabados. Definir una estrategia visual adecuada a los objetivos. Todo eso, está en nuestro nombre.


Juan Ramón Giménez, Zaragoza, Diciembre 2012




martes, 24 de enero de 2012

La necesidad impuesta


Un grupo de amigos, sentados en una cafetería delante de unos refrescos. No parecen llevarse mal pero no hablan, simplemente miran sus móviles y escriben en sus pantallas, mostrando más interés a lo que hay al otro lado del aparato que a quienes tienen a su alrededor.

Seguro que no soy el único a quien le suena ésta situación, pero en ocasiones siento que soy el único que no la entiende.

Los avances tecnológicos, independientemente de su finalidad (salvo que ésta sea destructiva, incluso a veces también) son muy bien acogidos por la sociedad, y lo son en mayor medida cuando es la propia sociedad, el individuo medio, quien disfruta en primera persona de esos avances. Uno de los que más nos han “llamado la atención” en los últimos tiempos ha sido la llegada de los smartphones, y como sujeto más representativo, el iPhone de Apple, con sus correspondientes y sospechosamente efímeras actualizaciones.

Estoy seguro de que quien pensó en este tipo de teléfonos móviles se imaginaba a un empresario con mucho trabajo acumulado intentando aligerar su carga ayudado de una herramienta tremendamente útil. En ningún momento se le pasó por la cabeza pensar en un adolescente utilizando una pieza tan valiosa de nuestra tecnología para, simplemente, cumplir con un estándar que la propia sociedad ahora intenta exigir. Y no es otro que el de estar a la última. Un producto de ayer es un producto obsoleto, aunque funcione, no sirve.
Nos han intentado convencer, con mucho éxito, por cierto, de que necesitamos tener lo más nuevo, lo mejor, porque de lo contrario no estamos completos como personas y se nos considera unos parias.

No pretendo juzgar a nadie. El capitalismo y la sociedad “libre” en la que vivimos nos dan el derecho a poder gastar nuestro dinero en lo que queramos. No es de dinero de lo que estoy hablando aquí, es una cuestión de contradicción.

¿Cómo puede ser que algo creado para comunicar, para acercar personas, nos aleje tanto? Es puro vicio, hemos convertido el vicio en necesidad, entre todos. Y así, excluyendo a quien realmente lo necesita para llevar a cabo su trabajo, por ofrecer un servicio multitarea, ¿al resto de nosotros qué nos aporta portar una de estas joyitas? ¿Felicidad? Creo que antes de existir ya había gente feliz. ¿Comunicación? La teníamos con un teléfono normal, en todo caso nos privan del placer de tener una conversación decente en persona. ¿Libertad? Mejor no responder a esa pregunta, quien no sea esclavo de su Smartphone y lo mire cada 2 minutos es merecedor de todo mi respeto y admiración.

En resumen. La innovación bien entendida es todo un lujo y hemos de saber aprovecharla, pero no está de más pedir dos dedos de frente para de vez en cuando decir NO a todo lo que nos llega.



Saúl Izquierdo. Zaragoza. Enero 2012.