domingo, 7 de abril de 2013

La mística (del/sin) WASP. Revolutionary Road


Con Take Shelter (2011) y Martha Marcy May Marlene (2011) se ha marcado el mapa de la enfermedad. Carteles de advertencia que eviten el contagio en el viaje que se lleva a cabo con Savages (2012), allí donde la entrada de “extranjeros” al paraíso yanqui se experimenta como algo violento, capaz de provocar la fuga –no sin antes luchar y dejar bien claro quién sigue mandando– de aquellos nativos WASP interrumpidos de su sueño edénico, los cuales se mueven a lugares periféricos donde seguir reinando sin molestias contaminantes –los reyes del mundo de la globalización– o a extinguirse en paz. Elección que depende de la buena fe del/a espectador/a.

Sin embargo, con Revolutionary Road (2008) nos enfrentamos ante un panorama distinto. Así, cabría preguntarse acerca del porqué de la adaptación cinematográfica de esta obra literaria 47 años después de su publicación. La primera opción señalaría que la resurrección de esta narración del “género suburbial”, crítico con la cotidianidad hipócrita y carcelaria del American Dream, plagado de puntos ciegos y muerte, vendría a complementar el tríptico anterior recordándonos que no debemos mirar con nostalgia a un pasado atestado por los fantasmas, en el que la locura ya era la única opción viable. Aquella cadencia que ha provocado los tics nerviosos analizados los anteriores meses.

Pero hay algo más oculto en esta actualización capaz de rescatar algo de valor sólo atisbado tras una serie asimétrica de rodeos; una mínima y tímida potencialidad o, si se prefiere, virtualidad, latente y olvidada en la tradición usamericana e, incluso, patriarcal. Una vía por desenterrar que ofrece una afirmación, eso sí, dubitativa, frente a los devaneos (auto)destructivos que hemos recorrido hasta ahora: –acaso– un proyecto de feminidad sin géneros.

When I hear that whistle blowin'

Como se ha comentado, el film Revolutionary Road nos sitúa ante la triada que proporcionó la base del American Dream durante la segunda mitad del siglo XX; esto es, el relato situado en los felices años 50, momento de esplendor de la potencia americana, a través del cuerpo del buen WASP joven, rubio, de ojos azules, buena complexión física, rasgos amables, liberal[1], suburbial marido y padre modélico; el cual, desde la base de la sociedad en tanto simple man –soldado, estibador, cajero de noche, empleado de white collar– es capaz de alcanzar todos y cada uno de sus sueños; un sendero revolucionario nunca antes viable. Sin embargo, en esta película la astenia de este último eje va a tirar del segundo y, por ello, del primero, derribando los cimientos del mito USA.



Así, Frank Wheeler, nuestro co-protagonista –o, como se verá, antagonista–, posee todos los atributos positivos para alcanzar una felicidad que, si nos atenemos al entrecruzamiento de los planos, se parece demasiado a aquellos síntomas denunciados como alienación moderna –el tren repleto de corderos semejantes, intercambiables, que van al matadero; el trabajo de color losa mediocridad que obliga al alcoholismo; el hogar asfixiante en su blanco impoluto[2]–; a los cuales este Estados Unidos añade un factor fundamental de su propia cosecha: La gran oferta en serie de estereotipos, el juego de disfraces o, en palabras de April, de mentiras[3] –poder ser el amante, el individuo libre, el soñador, el líder, el trabajador pusilánime, el padre de familia...[4]– recorriendo así el rango de lo posible que marca la misma publicidad. Entonces, este sistema produce un personaje, el de Frank, en el cual el deseo no tiene contenido, donde el placer que experimenta no viene determinado por un salto cualitativo hacia otra personalidad, sino que consiste en el movimiento mismo entre estados impostados –ahora amante, ahora soñador, etc.–. Sueño americano que no tiene nada de tal[5] y que codifica lo “especial” o “excepcional” de Frank[6] en su capacidad para moverse a más estados estereotípicos y reversibles en un ritmo más rápido que el resto.

En este sentido, es pertinente señalar que Frank es un personaje entendido como exterioridad pura trascendente, pues en ningún momento existe una potencia interna que le lleve a tomar decisiones propias, sino que se ve zarandeado por los acontecimientos exteriores –el aumento del salario, la ilusión de la mujer, la paternidad, la mediocridad de su padre...–. Su planicie le lleva a transitar una miríada de posiciones sin que haga suya ninguna, siéndole impuesto cada giro dramático. No obstante, en este movimiento infinito existe un rasero último que establece una jerarquía capaz de anclarle en una imagen clara del éxito y provocar la tragedia en el film: el Hombre WASP, la necesidad de ganar el respeto de sus semejantes[7], de los que depende el dinero, la familia y los bienes de consumo –y no al contrario, aunque pueda parecer lo más lógico–.

Desde allí se puede afirmar que existe una evolución en Frank, la podredumbre de un progreso  en el que sí hay diferencia y, como hemos visto, movimiento especial; de estibador a pieza importante en una gran empresa de computadoras. Por el contrario, donde no hay cambio es en el progreso individual ya que no existe una persona con un núcleo interno. De esta manera, podría decirse que la mueca de Frank al final del film es un sollozo de incomprensión[8] pues para él no tiene sentido un adelante y un atrás como cortes insuperables. Situación sintetizada en el memorándum que susurra, pausadamente, “saber lo que tenemos, saber lo que necesitamos, saber de lo que podemos prescindir: Eso es control de existencias”. En el cual su existencia –o, más bien, existencia bajo control– se resume en un ejercicio de suma cero en el que al presente (lo que tenemos) se le efectúa una adición (lo que necesitamos) para inmediatamente ejercerle una sustracción (lo que podemos prescindir), devolviéndole al punto inicial, sin arriesgarse a una vida salvaje de adicciones, al acto radical de disolución resistente o, incluso, al esfuerzo por el disfrute de un presente estable; eligiendo, por contra, la reversibilidad absoluta[9]. Frank no es nadie o, mejor dicho, nada, pues todo le viene de fuera, habitando estereotipos cuyas preferencias están regladas por la ley del WASP.




Sin embargo, cual juego de muñecas rusas, Frank todavía posee más dimensiones que exigen continuar con el análisis. Si hasta ahora tan sólo lo teníamos como un mero estereotipo –o como una serie de ellos–, es en la cotidianidad del hogar donde adquiere el rasgo arquetípico, transformando al buen WASP en el mal amante[10]. Introduciendo, como vemos, el concepto de “maldad”, aquél que convierte la vida de su mujer en un infierno a través, básicamente, de dos estrategias: Machacar sus sueños más allá del Hogar[11] y hacer de menos su papel dentro del Hogar[12]. Conduciendo ambas hacia la locura, virtual y actual, de su mujer[13] y, con ello, al rasgo más sobresaliente de este personaje mediocre que se acaba de revelar como antagonista del film, oponiéndose al desarrollo de April. Desde esta perspectiva se podría señalar cómo al final del film gana el mal entendido como sufrimiento, pero no el malo –pues no lo es deliberadamente, no actúa con mala fe sino que se comporta de manera racional–; siendo la historia de uno o varios fracasos que se dan a modo de un naipe derrumbándose. Es decir, nos encontramos ante una problemática no psicológica sino estructural en la medida en que la resolución de los problemas están determinados por la organización social y no por la psicología individual, metáfora literal bajo ese final en el que se reinicia la historia con nuevos vecinos, como si de una haunted mansion movie se tratase[14].




Pero a todo lo dicho, aún hay que añadir una nueva faceta al personaje de Frank que lo hace cuasi-trascender de la categoría de arquetipo, tendiendo hacia el límite del prototipo, del personaje único, sin alcanzarlo nunca. Personalidad oculta tras unos rasgos de infantilismo[15] que, no obstante, en su misma dinámica producen un chirrido señalando algo averiado. Esto es, la tradición americana del adulto-infante –con El guardián entre el centeno como buque insignia atravesando a Pynchon, Updike, DeLillo, etc.– define unos personajes generalmente violentos que se caracterizan por su hacer, por ese fuego interior rugiendo libertad. Al contrario, Frank, sin llegar a la etapa mentalmente adulta, parece paralizado, incapaz de realizar un movimiento centrífugo que, aunque no tenga éxito, ponga en marcha desde sí mismo una maquinaria contestataria sólo visible en ese echarse a correr tras la llegada de lo irreversible debido a la muerte de una April mucho más cerca de esta caracterización –quizás por ello es la protagonista–.

Entonces, debemos atender a aquello que también se da y hace que este rasgo señalado no se desarrolle sin achacarlo simplemente a la cuestión vista anteriormente del deseo sin contenido, evitando finalizar la discusión con un mero “es uno más”. Frank posee una cierta feminidad o sensibilidad, liberación sin violencia, latente en un cuerpo, el del hombre, con la libertad suficiente para desarrollarla; excepcionalidad que no llega a desplegarse pero que quizás y sólo quizás sea lo que en algún momento April vio realmente; aquella verdad sepultada entre mentiras, desbordándose por las frecuentes y extrañas lágrimas de Frank[16] y ese “yo no encajo en el papel de marido de las afueras bobo e insensible” que parece empeñado en refutar a lo largo de los minutos. Todo ello sin que este ápice de feminidad resulte paradójico puesto que, como se ha señalado, Frank es un mal amante pero no es malo.

Tradición muda, incapaz de explotar en el suelo americano que yace sobre la superficie del plano final de Frank, en la que sus lágrimas retenidas sólo nos permiten especular su posibilidad, sugerirla sin poder mostrarla –como el film ha hecho a lo largo de su metraje–. Juego de muñecas rusas en las que, como se ha visto, la elección de una no implica la exclusión de las demás. Ahí donde la presencia de la última muñeca que, como tal, se define por su ausencia, por ser el límite invisible que marca el fin del juego, susurra toda una línea oculta y abandonada –como lo será otra algo diferente pero nada invisible, la de la contracultura de los 60– en favor de la mística del WASP, lógica que ha llegado hasta nuestros días independientemente de la forma y del color del cuerpo.



Sergio, United States Minor Outlying Islands, Marzo 2013






[1] Véase la secuencia inicial en la fiesta en la que Frank y April se conocen, donde, cosa inusual, aparecen negros bailando, disfrutando la fiesta junto con unos WASP que coquetean con la universidad y el arte.
[2] No es entonces casualidad que durante mucho tiempo, quizás hasta Blade Runner, gran parte de la ciencia ficción distópica mas comercial se situara en espacios blancos (por ejemplo, THX 1138 o Logan’s Run).
[3] “Nadie olvida qué es la verdad, Frank. Sólo nos volvemos más diestros mintiendo”.
[4] En este carácter serial habría que plantearse si el artículo determinado “el” no debe más bien sustituirse por el indeterminado “un”.
[5] Frente a la cuestión de su mujer April que se inscribe en coordenadas muy diferentes. Así, la frase que pronuncia April a Frank (“Por primera vez en la vida tendrás tiempo para averiguar lo que realmente quieres hacer”), debe entenderse como dirigida hacia sí misma, hacia un deseo muy diferente al de Frank que no necesita rellenar nada.
[6] Una correcta formulación sería “de Frank y April”, pero este segundo término sólo existe en tanto unidad subsumida al primero, a Frank, al marido.
[7] Ya en la primera secuencia con el jefe, Bart Pollock, se escenifica cómo a pesar de sus planes de fuga, Frank se muestra nervioso ante la opinión que pueda tener el “gran WASP”. En la segunda secuencia, durante el almuerzo, se observa cómo Frank no odiaba tanto el trabajo de su padre por lo que hacía o por el dinero que ganaba sino porque no era reconocido por los suyos: “-¿No te acordarás de un tal Earl Wheeler, de Yonkers? -La verdad es que no.¿Un familiar tuyo? -Mi padre. Trabajó como vendedor en Knox durante casi 20 años. -Earl Wheeler... Earl Wheeler. -Es normal que no lo recuerdes”. En este sentido, no debe entenderse su satisfacción tanto como una superación a su padre –entonces habría luchado por ese ascenso y no habría sido una casualidad- como porque él es reconocido por el gran jefe blanco.
Asimismo, el embarazo de April como motivo para quedarse es solamente una excusa que intenta enmascarar su satisfacción mundana, poco especial, por el ascenso.
[8] Interpretación que será discutida en posteriores líneas.
[9] Esto se expresa claramente en la imposibilidad de su silencio, en la necesidad de arreglar al instante siguiente peleas y discusiones, enterrar con buenas palabras los malos gestos, no aceptando la amenaza de la ruptura irreversible en ningún aspecto de su existencia. Del primer “April, cariño, vamos a hablarlo, ¿vale?” a la explosión en la discusión final que April intenta zanjar con un “¿No hay forma humana de hacerte callar?”.
[10] En este caso sería el mal marido, pero considero conveniente introducir un rango superior, el del amante que lo abarca, permitiendo reunir en él todas esas actitudes visualizadas a través de un feminismo que tiene, en esos años, a Betty Friedan como una de las críticas destacadas del white-american way of life.
[11] Esto ya se da en la primera conversación mutua en “tiempo presente” de la película –“Bueno, creo que no ha sido un triunfo ni nada parecido”. Por supuesto, la negativa final a mudarse a Paris –desviada en la cuestión del aborto– es el ejemplo más claro.
[12]  El ejemplo por excelencia se da al principio del tercer acto en el idílico almuerzo entre Frank y April. Él, al explicar la superioridad y excepcionalidad de su nuevo trabajo –subrayado por ella con un tono que se encuentra entre la ironía y el automatismo de aquella que agoniza–, dibuja sus bocetos en una servilleta que después la mujer tendrá que limpiar, como si esto no requiriera trabajo alguno.
[13] El siguiente monólogo resume esto: “April, una mujer normal, una madre sana normal, no compra un tubo de goma para abortar y poder así vivir una maldita fantasía. Mira, yo sólo digo que no pareces razonar como es debido en todo este asunto. Y creo que debemos buscar a alguien que te arregle a recobrar el juicio [...] April, si necesitar un loquero se pagará, obviamente”. No es de extrañar entonces que, en esta difuminación entre realidad y fantasía, en las escenas finales donde ella corre por el pequeño bosque junto a su casa, la cámara nos devuelva unas secuencias cercanas al onirismo, como si estuviéramos en una película sobre brujería.
[14] Así la casa aparece como algo mayor, que dirige la vida de las personas que la habitan; la maldad parece efluir desde allí.
[15] Desde una aproximación a la II G.M. más propia del camping que de la pesadilla –cuestión que recuerda a otros films ambientados en aquella época como Un extraño en mi vida–, a la incapacidad para controlar sus nervios –véase la secuencia del coche o con John, el hijo loco de los vecinos– pasando por la forma en la que lo trata su mujer/madre –“Eres lo más hermoso y maravilloso del mundo. Eres un hombre”; “¡Eres un crío patético y un pobre iluso!”; etc. siempre manteniendo esa anunciación acusativa con la que se educa a los niños– o incluso la confesión de la infidelidad como chiquillada sin importancia.
[16] Frente a la dificultad de April para llorar, pues elige la vía WASP, la de la acción, irreversibilidad que acaba en violencia –aquí automutilación y suicidio-, los planos de Frank sollozando, con lágrimas en los ojos o a punto de llorar se apilan a través de los minutos. Véase, por ejemplo: 00:25:15, 00:29:29, 01:25:55...

viernes, 22 de marzo de 2013

Álbumes. Chet Baker - Let's Get Lost (1929-1988)




“Quiero creer que con estos futuros gestos pueda cambiar el pasado manchado por el murmullo del ruido de motores”
           
Vuelvo a inventarme aquel bar chic, allí donde nos gustaría haber tenido esa última conversación frente a los cristales que dejaban pasar, o imaginaban, unas vistas al río iluminado artificialmente, premeditadamente y sin importar el precio. Nada de estatuas de yonkis reunidos alrededor de hogueras, frío e historias tatuadas en sus ropas, manchadas y agujereadas con una profundidad en las antípodas de la que practica dentro del establecimiento un gentío aparentemente cosmopolita, el cual, sólo por hoy, tiene tantas experiencias importantes que compartir sin secretos que, debiendo aprovechar cada instante súbito, no el siguiente, luchan por hacer prevalecer su grito y así conservar sus cruciales historias. Pero a nosotros nunca nos importó el jaleo, absortos tras los tragos de unos vasos jugando con el líquido y las luces de tal manera que la estancia desprendía entre sus taburetes y grifos el aroma de barco…

“Barco… No debí decir esa palabra. La he vuelto a cagar; ahora volverás a escaparte o, mejor dicho, no he podido evitar que te escaparas”

Ruido de motores, bocinas y pitos bramando sin lengua. Cantos de sirenas ocultando el ritmo de los pasos disciplinados, utilizando al humo para borrar las huellas de nuestro rincón; desecho con tal tiento que éste no se evaporó simplemente o se rompió en pedazos, sino que fue pelándose por capas, eliminando todo resto de glamour y moda, devolviéndonos como resultado al mobiliario del hostal de mala muerte en el que ni siquiera el gris era un color.

“Dejarnos un momento, por favor. Unas imágenes más, sin cadencias, sin tumbos de mareas al zarpar”

No he podido evitar que ese pasado sea el pasado, haciéndose realidad y marcando el presente, repitiendo la repetición. Por mucho que rebusque en mi memoria no te voy a poder encontrar. Otro país sin idioma, allá donde no vale el vudú que me hacías, consciente o no del daño. He fracasado otra vez en frenarte antes de que echaras a correr sin importar que yo fuera el que quería escapar de toda una lista de acepciones de “el Mal”. Huyendo rumbo a un olvido forzosamente encontrado en la clase social fantasma de occidente: Aquel marinero o polizonte disfrazado, con la libertad de escorarse hacia el lado que le convenga para evitar esas responsabilidades que siempre nos provocaron risa franca.       Algún día, si lo consigo, debiste explicarme por qué perderás todos esos años en el sonido del navío al partir. Ahora que sé que sólo podía ser un barco; la carretera era demasiado fácil, el aire algo frágil. Poco importa que te fugaras andando y sin bruma.

– Lo sé, lo sé. No había fuerzas en tu voz y todo hasta ahora ha tenido que ver con los sonidos. Pero, ¿y si te digo que nunca jamás dejaré que estemos solos?

– ¿Cuánto valen las promesas cuando la música se encuentra cubierta por una malla que hace rebotar al sonido hacia su origen?

Entonces me veo a mí alejándome de él y preguntándole,

– ¿Por qué partí en ese barco?

– ¿Por qué partiste sin avisar?

– ¿Qué significa despedirse sin adiós?

– ¿Qué hicimos cuando dijimos adiós sin despedirnos?

No me malinterpretes y te aceleres, hermano. Ahora que he conseguido que volvamos a conversar… Detenerte no significa retener la huida, ser la saeta del reloj que obliga a trazar un círculo al tiempo. Eso no es justo. Estando lejos quizás tengamos el oxígeno suficiente para habitar lo anterior y los abrazos, pasos sin recuerdo, no nos asfixien.

Como ves, no quiero hacer memoria, es el único trato que respetamos de cuando nuestra hermandad se saltaba el pivote del padre para trazar directamente el vínculo entre un abuelo y una abuela; dando respuestas diferentes entre sí a preguntas que nada tenían que ver.

Pacto trazado en este presente constituido por un pasado que ha evitado la ruina del recuerdo para forjar otras posibilidades de futuro sin agotarse en un rostro, pues se ha alcanzado uno de esos momentos místicos –o misterio todavía no organizado alrededor de ninguna trama; caso irresoluble dejado junto a la marea y sus motivos– en los que dos voces distintas coinciden sin llegar a un orden. Zigzagueos por el mismísimo ritmo, sin respetar un mobiliario con cierta melancolía en su delicada posición especial.

Sin puntos comunes más allá de líneas neutras como éstas, sin poder decir nada, solamente seguir de lejos las muecas, dos océanos, que se salpican sin tocarse justo cuando estos dos hermanos… no se acordaron a la vez uno del otro, sino que decidieron retomar lo abandonado sabiendo que nunca más se verían.


Úrsula, Barcelona.

miércoles, 20 de marzo de 2013

La ramera y el hielo


-Cómprame de este hielo, que es el mejor-el esquimal miró al mercader con recelo y volvió la mirada a su iglú.

-Pero si ya tengo mucho-replicó. Todo era hielo a su alrededor- ¿Para qué quiero más?

-Cierto, ya tienes mucho, pero no tienes de ESTE. ¿No lo ves? Mira bien, huélelo. Es más blanco y está más frío.

-Pero es más caro…-insistió el esquimal.

-¡Vamos hombre! ¡Tienes que mirar más allá! Piensa en el beneficio, piensa en que todos tus vecinos te admirarán por ello. ¡Qué manía tenéis los esquimales con el dinero! El que algo quiere, algo le cuesta. Y no es para tanto. Si puede permitirte un iglú con chimenea, esto también. Hay que marcar la diferencia.

El esquimal dudó un momento. El mercader había insistido mucho en sus bondades como comerciante, en la calidad de su nuevo producto, en lo bien que le sentaría. Era cierto que tenía un iglú con chimenea, pero aquello había sido una gran inversión y le proporcionaba calidad de vida a su familia. No era un esquimal derrochador.

Obediente, le compró el hielo al mercader.

Después de todo, le había puesto muchos ejemplos de éxito y también quería eso. Éxito”

Después de leer esta historia, no sabes cómo terminarla. ¿Arderá el hielo cuando ponga la calefacción? ¿Será en efecto cierto que era mejor que el hielo que ya tenía?

Hay varios tipos de mercaderes, que básicamente se resumen en dos. El mercader comercial, que en vez de clientes ve símbolos de dólar, y el mercader artesano, que en vez de hielo ve criaturas mágicas fruto de su esfuerzo.

Existe un modelo de negocio actual por el que el segundo tipo de mercader sólo es un obrero (y ya es un piropo) y al primero se le llama visionario. Éste, a su vez, tiene un arma poderosa guardada bajo el cinturón, al resguardo de la entrepierna, sudada y sobada: el Elitismo.

Personalmente te desagrada el término, te da ascazo, náuseas, te sale urticaria, te quita el sueño.

A ver, señores, una cosa es segmentar el mercado y otra ser elitista. O eso te enseñaron a ti. Ser práctico y tener un objetivo no es ser elitista. Encontrar un nicho de mercado no significa que tengas que escudarte en la élite. La élite no justifica la prostitución del diseño.

O a lo mejor el problema vuelve a ser tuyo y te equivocaste de profesión. Si quieres que te tomen en serio, tienes que incluir manzanas en el menú, al parecer.

Si no, es que no es para tanto.

“No se pudo convencer al cliente de que la app costaba 2,5€ hasta que no supo que aparecería su nombre. Entonces le encantó”. Guay. Pues vale. Te lo compro, a nadie le amarga un dulce. Pero si quieres captar al cliente de tu cliente (media de edad, 55 años; conocimientos de app: nulos), ¿cómo lo haces? Porque primero tienes que convencerle de que tiene que gastarse unos 600 en poder acceder a tu producto.

“Ahí está a gracia, en ser elitista”.

Y entonces es cuando se genera una subespecie humana tan elitista tan elitista, que después de pulsar un botón genérico de ON, pregunta:

¿Alguien sabe usar un pecé?

Y no solo tú pensarías, además de puta, pon la cama.




Natalia Pérez Cameo, Zaragoza, Febrero 2013







domingo, 10 de marzo de 2013

ESPACIOS HABITADOS. Marzo. Luces y fotogramas


¿Acaso ese camino cuyo mapa manchado de direcciones se encuentra desdibujado al tropezar con una franja temporal, subsumida al espacio, que se atreve a hacer estallar la luz en una miríada de colores en fuga de dos, de tres, de diez, de tres y un sexto, ante un cronómetro cruel que enterrará toda aventura a cambio de habladurías, falsos opuestos, noche y día, señalando el toque de queda –marcado todavía por extraño que parezca hoy en día, por un reloj incluso más caprichoso, el afinado por la parrilla televisiva–, aquella conversión drástica hacia otras reglas, hacia la Otra ciudad con sus refugios y sus peligros; ya se había pronunciado hace tiempo, ignorándolo por extranjero, sobre esa peculiar secuencia que enlaza un sentimiento de atracción tan potente que la extensión y la intensidad se confunden respecto del sentido habitual, provocando el gesto contrario al de, por ejemplo, “el amor”, esto es, en lugar de ver en todas partes a lo amado, de transformarlo en extensión, y, en su presencia, disfrutarlo en una intensidad que no necesita coordenadas, se mezclan los efectos dando lugar a la intensificación de todo ese espacio ausente, olvidando rellenarlo, y la espacialización de una aparición vista como puntos y desplazamientos; con otro de repulsión ferocísimo, cuya voracidad no tiene que ver con la imposibilidad de percibir sino con la creación de un campo de batalla en el cual extensión e intensidad son inseparables, allí donde bajo cada baldosa aguarda una mina; intrincados en un juego ajeno al vaivén de extremos o a dialécticas positivas y negativas, sucediéndose bajo la lógica de unos fotogramas no sometidos a ningún bucle en tanto, imparables e independientes, se desligan de las imágenes y la narración, produciendo un extra que no puede remitir ni a una superación ni a un origen, impidiendo así todo fin en favor de misteriosas desapariciones, en las que la muerte no tiene mayor peso que el aburrimiento o la distracción, revividas cuando el eterno retorno torna desafío irónico impotente  pero obstinado en la duda de si su trabajo, entendido como repetición, será mera futilidad, haciéndose asimismo la pregunta de si acaso aquellas otras luces 

Sandra Martínez, Zaragoza, Marzo 2013