viernes, 22 de marzo de 2013

Álbumes. Chet Baker - Let's Get Lost (1929-1988)




“Quiero creer que con estos futuros gestos pueda cambiar el pasado manchado por el murmullo del ruido de motores”
           
Vuelvo a inventarme aquel bar chic, allí donde nos gustaría haber tenido esa última conversación frente a los cristales que dejaban pasar, o imaginaban, unas vistas al río iluminado artificialmente, premeditadamente y sin importar el precio. Nada de estatuas de yonkis reunidos alrededor de hogueras, frío e historias tatuadas en sus ropas, manchadas y agujereadas con una profundidad en las antípodas de la que practica dentro del establecimiento un gentío aparentemente cosmopolita, el cual, sólo por hoy, tiene tantas experiencias importantes que compartir sin secretos que, debiendo aprovechar cada instante súbito, no el siguiente, luchan por hacer prevalecer su grito y así conservar sus cruciales historias. Pero a nosotros nunca nos importó el jaleo, absortos tras los tragos de unos vasos jugando con el líquido y las luces de tal manera que la estancia desprendía entre sus taburetes y grifos el aroma de barco…

“Barco… No debí decir esa palabra. La he vuelto a cagar; ahora volverás a escaparte o, mejor dicho, no he podido evitar que te escaparas”

Ruido de motores, bocinas y pitos bramando sin lengua. Cantos de sirenas ocultando el ritmo de los pasos disciplinados, utilizando al humo para borrar las huellas de nuestro rincón; desecho con tal tiento que éste no se evaporó simplemente o se rompió en pedazos, sino que fue pelándose por capas, eliminando todo resto de glamour y moda, devolviéndonos como resultado al mobiliario del hostal de mala muerte en el que ni siquiera el gris era un color.

“Dejarnos un momento, por favor. Unas imágenes más, sin cadencias, sin tumbos de mareas al zarpar”

No he podido evitar que ese pasado sea el pasado, haciéndose realidad y marcando el presente, repitiendo la repetición. Por mucho que rebusque en mi memoria no te voy a poder encontrar. Otro país sin idioma, allá donde no vale el vudú que me hacías, consciente o no del daño. He fracasado otra vez en frenarte antes de que echaras a correr sin importar que yo fuera el que quería escapar de toda una lista de acepciones de “el Mal”. Huyendo rumbo a un olvido forzosamente encontrado en la clase social fantasma de occidente: Aquel marinero o polizonte disfrazado, con la libertad de escorarse hacia el lado que le convenga para evitar esas responsabilidades que siempre nos provocaron risa franca.       Algún día, si lo consigo, debiste explicarme por qué perderás todos esos años en el sonido del navío al partir. Ahora que sé que sólo podía ser un barco; la carretera era demasiado fácil, el aire algo frágil. Poco importa que te fugaras andando y sin bruma.

– Lo sé, lo sé. No había fuerzas en tu voz y todo hasta ahora ha tenido que ver con los sonidos. Pero, ¿y si te digo que nunca jamás dejaré que estemos solos?

– ¿Cuánto valen las promesas cuando la música se encuentra cubierta por una malla que hace rebotar al sonido hacia su origen?

Entonces me veo a mí alejándome de él y preguntándole,

– ¿Por qué partí en ese barco?

– ¿Por qué partiste sin avisar?

– ¿Qué significa despedirse sin adiós?

– ¿Qué hicimos cuando dijimos adiós sin despedirnos?

No me malinterpretes y te aceleres, hermano. Ahora que he conseguido que volvamos a conversar… Detenerte no significa retener la huida, ser la saeta del reloj que obliga a trazar un círculo al tiempo. Eso no es justo. Estando lejos quizás tengamos el oxígeno suficiente para habitar lo anterior y los abrazos, pasos sin recuerdo, no nos asfixien.

Como ves, no quiero hacer memoria, es el único trato que respetamos de cuando nuestra hermandad se saltaba el pivote del padre para trazar directamente el vínculo entre un abuelo y una abuela; dando respuestas diferentes entre sí a preguntas que nada tenían que ver.

Pacto trazado en este presente constituido por un pasado que ha evitado la ruina del recuerdo para forjar otras posibilidades de futuro sin agotarse en un rostro, pues se ha alcanzado uno de esos momentos místicos –o misterio todavía no organizado alrededor de ninguna trama; caso irresoluble dejado junto a la marea y sus motivos– en los que dos voces distintas coinciden sin llegar a un orden. Zigzagueos por el mismísimo ritmo, sin respetar un mobiliario con cierta melancolía en su delicada posición especial.

Sin puntos comunes más allá de líneas neutras como éstas, sin poder decir nada, solamente seguir de lejos las muecas, dos océanos, que se salpican sin tocarse justo cuando estos dos hermanos… no se acordaron a la vez uno del otro, sino que decidieron retomar lo abandonado sabiendo que nunca más se verían.


Úrsula, Barcelona.

miércoles, 20 de marzo de 2013

La ramera y el hielo


-Cómprame de este hielo, que es el mejor-el esquimal miró al mercader con recelo y volvió la mirada a su iglú.

-Pero si ya tengo mucho-replicó. Todo era hielo a su alrededor- ¿Para qué quiero más?

-Cierto, ya tienes mucho, pero no tienes de ESTE. ¿No lo ves? Mira bien, huélelo. Es más blanco y está más frío.

-Pero es más caro…-insistió el esquimal.

-¡Vamos hombre! ¡Tienes que mirar más allá! Piensa en el beneficio, piensa en que todos tus vecinos te admirarán por ello. ¡Qué manía tenéis los esquimales con el dinero! El que algo quiere, algo le cuesta. Y no es para tanto. Si puede permitirte un iglú con chimenea, esto también. Hay que marcar la diferencia.

El esquimal dudó un momento. El mercader había insistido mucho en sus bondades como comerciante, en la calidad de su nuevo producto, en lo bien que le sentaría. Era cierto que tenía un iglú con chimenea, pero aquello había sido una gran inversión y le proporcionaba calidad de vida a su familia. No era un esquimal derrochador.

Obediente, le compró el hielo al mercader.

Después de todo, le había puesto muchos ejemplos de éxito y también quería eso. Éxito”

Después de leer esta historia, no sabes cómo terminarla. ¿Arderá el hielo cuando ponga la calefacción? ¿Será en efecto cierto que era mejor que el hielo que ya tenía?

Hay varios tipos de mercaderes, que básicamente se resumen en dos. El mercader comercial, que en vez de clientes ve símbolos de dólar, y el mercader artesano, que en vez de hielo ve criaturas mágicas fruto de su esfuerzo.

Existe un modelo de negocio actual por el que el segundo tipo de mercader sólo es un obrero (y ya es un piropo) y al primero se le llama visionario. Éste, a su vez, tiene un arma poderosa guardada bajo el cinturón, al resguardo de la entrepierna, sudada y sobada: el Elitismo.

Personalmente te desagrada el término, te da ascazo, náuseas, te sale urticaria, te quita el sueño.

A ver, señores, una cosa es segmentar el mercado y otra ser elitista. O eso te enseñaron a ti. Ser práctico y tener un objetivo no es ser elitista. Encontrar un nicho de mercado no significa que tengas que escudarte en la élite. La élite no justifica la prostitución del diseño.

O a lo mejor el problema vuelve a ser tuyo y te equivocaste de profesión. Si quieres que te tomen en serio, tienes que incluir manzanas en el menú, al parecer.

Si no, es que no es para tanto.

“No se pudo convencer al cliente de que la app costaba 2,5€ hasta que no supo que aparecería su nombre. Entonces le encantó”. Guay. Pues vale. Te lo compro, a nadie le amarga un dulce. Pero si quieres captar al cliente de tu cliente (media de edad, 55 años; conocimientos de app: nulos), ¿cómo lo haces? Porque primero tienes que convencerle de que tiene que gastarse unos 600 en poder acceder a tu producto.

“Ahí está a gracia, en ser elitista”.

Y entonces es cuando se genera una subespecie humana tan elitista tan elitista, que después de pulsar un botón genérico de ON, pregunta:

¿Alguien sabe usar un pecé?

Y no solo tú pensarías, además de puta, pon la cama.




Natalia Pérez Cameo, Zaragoza, Febrero 2013







domingo, 10 de marzo de 2013

ESPACIOS HABITADOS. Marzo. Luces y fotogramas


¿Acaso ese camino cuyo mapa manchado de direcciones se encuentra desdibujado al tropezar con una franja temporal, subsumida al espacio, que se atreve a hacer estallar la luz en una miríada de colores en fuga de dos, de tres, de diez, de tres y un sexto, ante un cronómetro cruel que enterrará toda aventura a cambio de habladurías, falsos opuestos, noche y día, señalando el toque de queda –marcado todavía por extraño que parezca hoy en día, por un reloj incluso más caprichoso, el afinado por la parrilla televisiva–, aquella conversión drástica hacia otras reglas, hacia la Otra ciudad con sus refugios y sus peligros; ya se había pronunciado hace tiempo, ignorándolo por extranjero, sobre esa peculiar secuencia que enlaza un sentimiento de atracción tan potente que la extensión y la intensidad se confunden respecto del sentido habitual, provocando el gesto contrario al de, por ejemplo, “el amor”, esto es, en lugar de ver en todas partes a lo amado, de transformarlo en extensión, y, en su presencia, disfrutarlo en una intensidad que no necesita coordenadas, se mezclan los efectos dando lugar a la intensificación de todo ese espacio ausente, olvidando rellenarlo, y la espacialización de una aparición vista como puntos y desplazamientos; con otro de repulsión ferocísimo, cuya voracidad no tiene que ver con la imposibilidad de percibir sino con la creación de un campo de batalla en el cual extensión e intensidad son inseparables, allí donde bajo cada baldosa aguarda una mina; intrincados en un juego ajeno al vaivén de extremos o a dialécticas positivas y negativas, sucediéndose bajo la lógica de unos fotogramas no sometidos a ningún bucle en tanto, imparables e independientes, se desligan de las imágenes y la narración, produciendo un extra que no puede remitir ni a una superación ni a un origen, impidiendo así todo fin en favor de misteriosas desapariciones, en las que la muerte no tiene mayor peso que el aburrimiento o la distracción, revividas cuando el eterno retorno torna desafío irónico impotente  pero obstinado en la duda de si su trabajo, entendido como repetición, será mera futilidad, haciéndose asimismo la pregunta de si acaso aquellas otras luces 

Sandra Martínez, Zaragoza, Marzo 2013

domingo, 24 de febrero de 2013

Los límites del control (II). Take Shelter y Martha Marcy May Marlene (II)


Un mes más volvemos al retrato de la familia americana, de momento más cercano a la photo finish de The Texas Chainsaw Massacre (1974) que a la de Modern Family (2009 – ). Si con Take Shelter se agota, o se autodestruye, la tradicional familia del simple man; Martha Marcy May Marlene nos lleva, por medio de un cuerpo de mujer, a la violenta relación aparentemente dialéctica entre la acomodada clase media capitalista y la comunidad natural, animal –que no rural–, que tiende hacia la imagen del buen salvaje. Como vemos, tradiciones edénicas bien inscritas en el imaginario mítico de la utopía USA.

Two tickets to paradise

El punto de inflexión respecto a la inercia del mes pasado tiene dos vértices. El primero pasa por que el protagonista –¿o los protagonistas?– sea una mujer; alteridad dentro de las fronteras WASP. El segundo abre una nueva topografía, la de la alternativa nómada; la senda del viaje –“¿Cuánto tiempo se quedará esta vez?”– alejada del buenismo o del rito iniciático de la ya lejana Into the Wild (2007), pues no queda rastro de piedad en un campo de tenis en el que los jugadores que marcan dirección, velocidad y filigranas llevan mucho tiempo jugando. Estos dos extremos son el capitalismo y la comunidad salvaje.


Este último, el paraíso natural rencontrado a través del renacimiento que supone el bautizo de Marcy May, implica un viaje temporal al color de los 70 y la apuesta por una vida teóricamente autosuficiente, autónoma, construida a través de trabajos manuales democráticos –“Intercambiamos el trabajo todos los días, así todos sabemos hacer de todo”– en medio de una gran extensión campestre protegida del ruido por los bosques. Un buen hogar para un perro apaleado, aquél que no ha podido soportar el dolor del capitalismo en su formulación económica y, sobre todo, en la familiar; siempre la familia. “Por una vez en la vida se merece que le traten bien”, dice afablemente Patrick, el organizador de la comunidad, asegurándole con su tono de voz una libertad contraria a la esclavitud capitalista.
Así, esta colectividad de almas perdidas se reúne en torno a un vínculo perdido entre sus fugas: La confianza. Motor que permite alcanzar la armonía entre el triángulo formado por los demonios internos, el trabajo no remunerado y la dificultad de convivir en grupo fuera del individualismo. Sin embargo, y ya se nos sugiere desde los primeros fotogramas, la estampa no es tan idílica como se acaba de describir. Este goteo hacia la corrupción del ideal se produce a partir de la transformación de la confianza en promesa, en el paso de un intercambio mutuo a uno unidireccional. Acto ejercido con violencia a través de la violación sistemática –o purificación liberadora– a las nuevas compañeras por parte de Patrick, previo drogamiento de las víctimas. La liberación no se da, entonces, de manera inmediata y transparente sino que se desplaza hacia el/la recién llegado/a. Ésta depende de cómo se comporte, de su sumisión o promesa de actitud, confianza (ahora) ciega[i], en una estructura de poder radicalmente diferente a la imaginada: Se erige la figura del gurú, el líder de la difunta utopía realizada que ha dejado paso a la secta –cult–; gran familia despótica, salida del capitalismo por el lado del medievo, en la que el Padre, o macho alfa con derecho de pernada, posee a las mujeres y domina a los hombres[ii].
Patrick, brujo, sacerdote, deviene Charles Manson rodeado de un ejército de acólitos-fanáticos en un culto a la muerte. Incluso la más “vanguardista” de las comunidades, aquella que no menciona a ningún Dios ni propone una salvación trascendente, dejándolo todo a una suerte de New Age, es corrompida por el placer de (la) muerte[iii]. Allí, las referencias a la religión suenan a argumentos inventados sobre la marcha y recogidos de otros lugares para justificar los placeres perversos del líder: No hay ninguna trascendencia más allá de éste, las promesas no van hacia otro mundo, sino que se quedan clavadas en él –“Yo podría haber sido muy egoísta, podría haber reservado mi don sólo para mí, pero me he sacrificado para ser lo que tú necesitas que yo sea, ¿por qué no confías en mí? Yo confío en ti ¿Y por qué tengo que explicártelo todo?”–. No se ha necesitado ningún Dios lejano para que la vida que convierta en cárcel, la violencia y la muerte son herramientas suficientes.



Corre. Marcy May corre hacia Martha, a un pasado posterior, a una organización inversa; pues frente a lo que se ha revelado familia patriarcal, ahora ella recae en aquello que se suponía modelo de familia pero no ha logrado cerrarse sobre sí –su madre murió y su padre abandonó el hogar, quedando únicamente una hermana mayor recientemente casada; madre sustituta–. Esta familia capitalista tan criticada permite, sin embargo, la vuelta de un miembro que no ha llamado en dos años, que ha podido escapar sin ser perseguida, proporcionando un modelo de libertad contrario al de la comunidad-secta[iv]. Patrick ya lo había profetizado aunque sin que nosotros supiéramos sus consecuencias.
Por supuesto, éste no es un lugar en el que nuestra protagonista pueda descansar; de hecho, las mismas imágenes en movimiento no se esfuerzan mucho por subrayar lo que ya es obvio: Estamos ante un espacio de infelicidad, falsedad, depredación, etc. En cualquier caso, tampoco quieren que se quede. Tanto se ha abierto, o deconstruido, esta familia cosmopolita, que se rechaza a sus miembros; no se les pide promesas pero tampoco confía en ellos –¿acaso nuestro momento?–. Familia mínima, de supervivencia y malestar, nada parecida a la de la secta o a la familia rural unida hasta su destrucción de Take Shelter, pero que, de todas formas, no deja de mantener el ideal familiar[v].
Llegamos entonces a la pregunta clave, ¿por qué vuelve? Cuestión que lleva a fijarnos en otra particularidad impensada hasta el momento: La relación entre los dos mundos traspasados por la protagonista. Tensión que podría pasar por un conflicto dialéctico, con la inicial “M” como el puente capaz de resolver el problema en su viaje en espiral[vi]. Sin embargo, si atendemos a las veces que se verbaliza el nombre “Martha” frente a las de “Marcy May” –treinta y cuatro frente a cinco– y la estructuración de un montaje que rompe la linealidad temporal, nos damos cuenta que éste no es el camino interpretativo más jugoso. El peso de un nombre frente al otro marca la jerarquía de los mundos; jugada brillante en tanto el film se centra más en el breve fragmento vital de la comunidad y tan sólo traza a grandes rasgos el capitalismo burgués. Si estas comunidades son capaces de sobrevivir se debe a que son meramente un vertedero que ni puede ni busca revelarse contra el supuesto amo, pues ya fue saqueado por la paranoia panóptica nixoniana y olvidada por la sonrisa reganiana[vii].
Así, la pregunta inicial se reformula interrogándonos por qué Martha ha ido a parar a tal basurero, por qué la película se centra en ese particular instante. La protagonista actúa como heredera del gesto libre de aquellos hombres que, tras su victoria en la segunda guerra mundial, entendieron la libertad como movimiento indomable no sujeto ni a horarios ni a residencias. Sin embargo, Martha recoge la huida y desecha los otros tipos de acción asociadas[viii]. De esta manera, la comunidad pasa por constituir una etapa más de la que, cuando se sienta incómoda, partir y olvidar sus leyes –tan sólo un dejarse caer por allí–. Pero esta actitud rebelde e intratable le impide al mismo tiempo el, por ejemplo, luchar por un cambio dentro de la propia comunidad o intentar forjar otras alternativas[ix]. Entonces, la historia de la comunidad natural que visionamos no tendría mayor importancia si no fuera porque coincide con el momento en el que se da el agotamiento crítico de nuestra protagonista –de hecho, es probable que Martha haya tenido más experiencias similares o incluso peores–, dejándose caer por inercia en una casa de su hermana que no pasa por constituir un punto de partida o de llegada, sino mera red de seguridad; temporal en tanto ésta se demuestra incapaz de reformarla/cuidarla o, más bien, no tiene ni interés ni fuerzas para ello –como mucho utiliza los mecanismos decimonónicos del encierro; en este caso el manicomio–. Por ello, Martha llama por teléfono a la comunidad; de la misma manera que lo evita a toda costa desea que, en su propia falta de energía para continuar vagando, alguien sea capaz al menos de retenerla. Como hemos visto, el último vertedero existe en la medida que no tiene ningún tipo de poder exterior, así que a Martha no le queda otra salida que imaginarlo, desarrollando una paranoia fruto de la convergencia del agotamiento de la huida –de esa esquizofrenia del nombre– tras su última aventura y el deseo indeseado de un lugar lo suficientemente potente como para descansar[x]. Estamos muy lejos ya de Milestones (1975) pero también de la aparentemente cercana The Village (2004).



A la comunidad rural del buen WASP que provoca su autodestrucción –exceso de actuación heroica siguiendo las propias reglas del capitalismo, produciendo paranoia– se le han sumado la comunidad natural dejada a su suerte –la salida del capitalismo como “medievo” o secta sin resultar ninguna amenaza–, la familia mínima del capitalismo cosmopolita sin interés o capacidad para educar/cuidar a nadie y la/el rebelde que se muestra incapaz de responder a los problemas de su época –su cansancio unido a la falta de actuación provocan su paranoia[xi]–. En cualquier caso inquietud, sentimiento de acoso o de exceso de carga habitando mundos pesadillescos que no necesitan caer en el terror, en lo surreal o en lo onírico. Como alguien diría, estamos ante un miedo superficial pues descansa en la más absoluta inmediatez.  

Nowhere to run, baby. Al menos por algunas de las más visibles alternativas de la cultura americana. Ante este panorama mapeado gruesamente y sincrónico a nuestra actual crisis-no-sólo-económica, ha llegado el momento de zambullirse por los recovecos del cine hollywoodiense y explorar de manera más o menos azarosa varios espacios-tiempos que nos han propuesto una amplia gama de modos de vida, emociones, rebeliones… sin que partamos con ninguna meta presupuesta.

Nos vemos en los siguientes meses.

Sergio, United States Minor Outlying Islands, Febrero 2012





[i] Esta confianza ciega se muestra en el caminar por la oscuridad de la protagonista provocado por unas escenas enlazadas no mediante una cadena causal sino por el sonido discordante que se adelanta a la imagen –frente al rayo–, golpe que llega antes de que pueda verlo.
[ii] Por supuesto, el primer e inmediato fracaso de toda comunidad utópica es basarlo en una supuesta naturaleza legitimadora de la división sexual. De la misma manera, la indispensable violación no es un acto para romper la propiedad privada. Primero porque no sirve para anular las parejas sino que es tan sólo un botín del jefe, el cual, posteriormente, empareja a la susodicha a un hombre de la camada, a un mortal. Segundo porque no se viola a los hombres, no se produce una ruptura del ano como propiedad privada.
[iii] “Sabes que la muerte… es la parte más hermosa de la vida, ¿verdad? La muerte es hermosa porque le tenemos miedo. Y el miedo es la emoción más maravillosa porque crea un estado de conciencia absoluta. Te lleva al ahora, y eso te hace alcanzar el presente. Y alcanzar el presente es llegar al nirvana, al amor en estado puro. Así que la muerte es puro amor”, le dice Patrick a Marcy May tras el intento de robo con asesinato –robo que por otra parte rompe toda ilusión de autosuficiencia–.
[iv] Existen, no obstante, puntos de contacto. Por ejemplo, ambos modelos de libertad están orientados hacia el aislamiento. En este capitalismo, la libertad más perfecta pasa por un aislamiento individual –Ted, el marido de su hermana, quiere disfrutar de sus vacaciones, de la libertad del sistema, en soledad; esto no implica no consumir, sino que quiere hacerlo por todo lo grande, en una casa al lado del lago, etc.–. En esta comunidad la libertad tiene que ver con un aislamiento grupal –toda llamada del exterior es contestada por una Marlene Lewis o un Michael Lewis–.
[v] Así, el mayor miedo de Lucy, la hermana, es ser una mala madre.
[vi] Quizás podría apelarse a una dialéctica historicista en la que la familia WASP rompe en los 60/70 con el padre llevando a las comunidades hippies para retornar a una familia reconstruida con un capitalismo reforzado –una mejor calidad de vida–. Reducción que aquí no nos interesa.
[vii] Podríamos alegrarnos de que el capitalismo nos deje a nuestra suerte debido a alguna especie de carácter pacífico, pero esto sólo pasa –en el caso de que se dé– cuando no es posible sacar más beneficio y/o no representamos un peligro ni se nos puede pasar por tal –así, poco importaría que hubiera más Charles Manson, estos ya cumplieron su función terrorífica; el asesinato en la casa será útil tanto asesinato en sí, como peligro sin rostro que debe ser subsanado poniendo rejas y comprando armas–.
[viii] Sería pertinente pensar, y dedicarle toda una sección a ello, sobre la misma carretera que sugiere este movimiento sin acción: Si en la comunidad se planteaba una libertad basada en una supuesta naturaleza que se desenmascara como artificio impuesto por el Líder, en el capitalismo se da también una libertad natural, la del libre mercado mezclada con la artificialidad de la casa de diseño, del bote o de las normas que no permiten el desnudo o irrumpir en una habitación donde una pareja está teniendo sexo –el capitalismo, en su absorción sin límites, no parece interesado en soportas estas cuestiones asociadas al cuerpo en tanto se perdería una gran cantidad de negocio deseante–. En ambos casos el malestar de nuestra protagonista es como si descansara en una hipotética separación entre lo natural y lo artificial bajo el problema de lo normal –“porque es privado y no normal”, dice en casa de su hermana–. Esto es, su constante movimiento centrífugo a veces quiere justificarse en la incapacidad para hallar, o producir, eso que sería normal. Al menos si lo entendemos en su trayectoria de bajada, en su falta, y no en su esplendor inmanente.
¿Estamos entonces ante lo que sostiene el tema de la tan cacareada autenticidad en el simulacro americano?
[ix] No es de extrañar que esto enlace con la crítica a un sector filosófico del siglo pasado de exaltación a la producción por la producción, esto es, movimiento, como alternativa al concepto de acción clásico y a su inversión moderna como sistema de producción. Para una reflexión más lúcida consultar el ensayo Esto no es música (2007).
[x] Posición que se incluye dentro de la problemática fundamental que recoge la pregunta “¿por qué deseamos el fascismo?”.
[xi] La falta de los conocimientos pertinentes en psicología dejan en un standby tentativo el uso de la misma palabra para señalar, como se ha analizado, dos estados mentales muy diferentes –véase el final de ambas películas y su relación con el encierro, la familia y el camino fabricado–. Sin embargo, es cierto que la paranoia como obsesión parece ser un sentimiento común aunque con direcciones distintas.