Para aquellos que no pudisteis venir al Design Meeting del pasado 4 de octubre, desde aquí podeis descargar el segundo número de la revista. Calentito y listo para descargar, compartir y leer cuantas veces queráis.
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miércoles, 17 de octubre de 2012
lunes, 15 de octubre de 2012
LOTERÍA NACIONAL. UN OBJETO DE DESEO
Bien
es sabido por todos que este año se celebra el bicentenario de la Constitución de Cádiz de
1812. Sin embargo, pocos saben que tan solo quince días antes de la
proclamación de “La Pepa”, tuvo lugar en la misma ciudad el primer sorteo de la
Lotería Nacional tal y como la conocemos hoy en día.
En sus doscientos años de vida, el décimo de
lotería ha evolucionado paulatinamente manteniendo esa esencia que le ha llevado
a convertirse en un objeto de deseo para muchos coleccionista. Tal es así, que
si el lector desconfía de mis palabras, le invito a que se deje caer una mañana
de domingo por las cercanías del Campus Universitario de la ciudad de Zaragoza
para comprobarlo.
Si hoy en día usted fuera a comprar un décimo de
Lotería Nacional a cualquier administración, y lo comparase con el primer
décimo que salió a la venta en 1812, se percataría de sus notables diferencias
tanto en la apariencia visual como en su precio.
Diez
reales fue el precio que tuvieron que pagar los ciudadanos de aquella época por
adquirir un décimo por el que hoy en día muchos pagarían cantidades
inimaginables. El coste que el cliente debe abonar para poseer uno de los miles
de números que entran en el bombo, ha evolucionado a lo largo del tiempo. Sin
embargo, bien podríamos decir que el precio actual no es propio de los tiempos
en los que vivimos. La ilusión se paga cara.
No
obstante, para muchos el décimo comienza a cobrar importancia una vez pasado el
sorteo. Es más, su valor es proporcional al tiempo que ha pasado desde el
sorteo en el que tenía validez alguna.
Su
apariencia visual, su diseño, su tacto e incluso su tamaño, son algunas de las
características que le dotan a este pequeño “trozo de papel” de un valor económico
y sobre todo emocional.
Las
técnicas de impresión propias de cada época, son las principales responsables de
la apariencia de estos objetos. El
décimo más antiguo está impreso en un papel amarillento sobre el que solo se
plasmaron elementos decorativos típicos, y los caracteres necesarios a modo
descriptivo informando del sorteo y del
número correspondiente que su poseedor jugaría. Por supuesto, todo ello en
tinta negra. Aunque no siempre ha sido así, actualmente, se emplea el mismo
color de tinta que se utilizaba en su inicio, para indicar la información
verdaderamente “importante” para el jugador.
No
será antes de 1950 cuando se empiece a incluir imágenes con distintos motivos a
los décimos de lotería. Dichas imágenes, varían de un sorteo a otro y siempre
tienen un significado especial (deportes, esculturas, fechas significativas…).
Ese fue el momento en el que muchos de los coleccionistas hicieron hueco en sus
cajones para los décimos de lotería nacional.
Los
clientes con una cierta edad, los de siempre, los de toda la vida, tendrán la
sensación de que el décimo se ha estancado. Su apariencia apenas ha
evolucionado en las dos últimas décadas (desde 1991). Esto podría llevarnos a
pensar que existe una clara despreocupación por el aspecto de los billetes. O
que hace veinte años se interesaban más por lo visual. Pues no. La verdadera
razón no es más que la falsificación. Antes de que se incorporasen los códigos
de barras, había auténticos especialistas capaces de falsificar los números del
décimo. Por ello, existía una continua preocupación por conseguir diseñar una
tipografía incapaz de falsear. Una preocupación que a los ojos de un amante de
lo gráfico resultaba excitante. Una preocupación que se ha perdido, y con ella
la creatividad en el mundo de las loterías.
Llevan
veinte años con el mismo décimo, veinte años chafando la emoción y la ilusión
de gran parte de los coleccionistas en los que me incluyo. El cambio es lo que
muchas veces da valor a las cosas. Si su tipografía, composición, color o tacto
cambiasen, nos alegraría la vista a muchos. Y probablemente, empezaríamos a
mirar con ojos de deseo, admiración y melancolía, a los horrorosos décimos que
hoy están colgados en la ventanilla de la lotería del barrio.
domingo, 14 de octubre de 2012
ESPACIOS HABITADOS. Octubre. Dios
En esa reunión única del domingo más caluroso del año vestido de las 3 de la tarde con el cielo oscuro fruto de un bochorno espeso, productor de nubes sin forma, aquí cárceles del aire, y colores vivos como sólo sucede cuando ya no se aguanta más, surgiendo fenómenos extraños, enjutos y potentísimos en su desaparición inminente, al intentar escapar de la tortura prolongada del mes del emperador caprichoso, caminaba un solitario cuerpo por espacios vetados en otros tiempos, bajo el menor ruido posible en una zona sin vacaciones, un silencio lo suficientemente pesado como para (re)descubrir aquellos tags sucios, varicela agarrada a los muros, enfermedad que busca su aliado en la misma medicina que la combate, con la firma de Dios; monumentos o lápidas de aquél que intermitentemente transitó estas calles hasta su suicidio, coincidiendo primero con el miedo, y la belleza, y después con la indiferencia, y el zombie, sin llegar a rozarme a pesar de sus afectuosas charlas con mi abuelo de camino al colegio, de sus periódicos asaltos en el barrio, de sus amistades con mis amistades peligrosas; el único vándalo con las manos manchadas de sangre que podía conservar como un tesoro la mirada triste, maldición a posteriori imposible de adivinar a pesar de que sólo él fuera capaz de escaparse por las estrechas e inflexibles rejas, eligiendo de entre todo el diccionario una palabra, “libertad”, que sólo le encerró aún más, hasta el accidente o el definitivo acto de valor más allá de la retórica de los libros, sin heroísmos helénicos, sin más epitafio que esas manchas formando parte del tercer mundo arquitectónico de la ciudad, marcando itinerarios perdidos reapareciendo en aquel camino agotador hacia el hospital pero que ahora, temporada otoñal, no distingo al oler el aire que llega al cerebro sin pasar por la nariz, donde temor y emoción se relacionan de diferente forma, olvidando la pregunta sobre qué cambia en el espacio tras el agotamiento de esos diseñadores, o diseñadoras, con los que podíamos trazar relatos de manera activa, no meramente estética como el simulacro de mi expresión corporal imitando el caminar indeseable sin la fuerza necesaria para que no desaparezca en la opacidad de toda obra de arte en la que dejamos de participar, limbo inexacto o historia de un signo, de Dios, del diseño, de unas experiencias que desaparecen tras tiras de piel en suelo fértil, permaneciendo exclusivamente esa relación que se da entre una pareja con bagaje donde un cuerpo narra un recuerdo de un pasado común muy claro, e incluso comentado con amistades, mientras el otro cuerpo lo niega; donde al segundo sólo le queda hacer un acto de fe y al primero la duda de los cimientos de su amor, ya sea hacia el otro y su falta de interés en mantener vivas sus memorias o hacia él mismo y su principio de locura.
Sandra Martínez, Zaragoza, Octubre 2012
domingo, 30 de septiembre de 2012
EL OTOÑO DEL PP
Chaná chaná chananananáááááá. No. Siguen sin gustarte las gaviotas. Y no, no has decidido meterte donde no te llaman. Estás metida donde no te ha quedado otro remedio.
Mamá, este otoño he pensado que me voy a afiliar al PP. No vamos a entrar en reacciones.
El caso es que, lo mires por donde lo mires, ha sido un mes realmente cojonudo. El PP, a veces, es una pasada. Vale sí, hay otras cosas que han ayudado, pero chsst, que eso no le importa a nadie. Coges un bolígrafo y haces memoria a ver a ver, qué he hecho yo de interesante últimamente. Para empezar, hacer y deshacer maletas, que suele ser un ejercicio que tonifica todos los músculos del cuerpo y alguno del alma; gastas agua, detergente, tiempo, paciencia y energía. Aprovechas para discutir con alguien y más o menos (pero solo más o menos) mantiene la mente ocupada.
Por lo demás, has maquillado el currículum, el portfolio y has desarrollado la inútil, banal y pútrida actividad de imaginarte ejerciendo el trabajo de tus sueños. O lo que es más inútil, banal y pútrido: te has imaginado haciendo todas esas cosas que el trabajo te permitiría hacer. Lo bueno del PP es que te deja pensar. Alabado sea el pensamiento, que muchas veces no sirve más que para fastidiarla.
Te pasó una cosa que podríamos llamar graciosa. Sonó el teléfono y una voz muy amable al otro lado te dijo que te llamaban de esa empresa X a la que mandaste el currículum, que quieren conocerte. Y allá que vas, como Madonna, touched like the first time. Todo muy correcto y muy ético, el protocolo ya nos lo conocemos. Lo malo es que después de un tiempo cómo decirlo, mm, acomodada, se te había olvidado algo.
¿Sabes qué pasa? Que estamos buscando a alguien un poco más mayor, tú solo tienes veintiséis.
Alto ahí, chaval. A día de hoy (agosto de 2012), sólo son veinticuatro.
Ya, bueno, pero claro, eres muy joven…
Bueno, es que eso sólo se soluciona de una manera. Llámame dentro de cinco años. Tendré cinco más que ahora, pero a lo mejor no estoy dispuesta a dejarlo todo para hacerte caso a ti.
(Silencio) Bueno, supongo que aunque tienes poca experiencia lo que sí que tienes son ganas no, ¿no?
Ahí te callas y cedes. Vale, sí, tienes ganas. Ganas de hacer millones de cosas que “el trabajo de tu vida” (o cualquiera) te permitirán hacer. Detestas esa piedra en el zapato, la piedra de la edad. La has detestado siempre y siempre te acompañará, cada uno con su lastre. Dicen que las cosas están duras, que el que paga se ha vuelto más exigente. ¿Significa eso que tú no tienes que serlo? Llevas unas semanas dándole vueltas a ese tema. Una cosa es que haya poco donde elegir y otra muy diferente que vayas a vender tu trasero al primero que te silbe. Vamos, mujer, que nunca has sido una chica fácil, no te hagas esto ahora.
No tiene nada que ver con haberse afiliado al Puto Paro.
Natalia Pérez Cameo, Zaragoza, Septiembre 2012
jueves, 27 de septiembre de 2012
ESPACIOS HABITADOS. Septiembre. La ruptura de los pasos de cebra entre la desilusión del ruido plano de las pisadas al margen de una calzada que parece continua
Si jurara que no fue mi primera vez la repetición sería imperdonable; allí prefiero la inocencia tonta a la esperanza del cambio, posiciones encontradas, acaso indiferenciables, en un mudar de pieles desdeñable en las próximas líneas obsesionadas con el brillo que produce la noche cerrada, pues el sol ya aparece, desde las farolas que se asoman a contemplar la calle más larga, prometiendo aceras lisas, escaleras mecánicas por pies arrítmicos con cuerpos entrecruzados de la misma manera que sus vahos destilados, irónicamente impuros, se mezclan bajo el humo tóxico de la carretera desierta, sin pasaporte, que no puede entrometerse en la siguiente historia de decepción; narración puente entre el último bar y el paseo hacia su casa, plataforma de mensajes cifrados en los que esperar palabras o roces salvíficos que electrificaran epidermis y justificaran mi existencia más allá de toda expresión con sentido, leyendo a la perfección los quejidos de un rostro suplicando cariño, alud frío y derretido, desahogo, comprensión a pesar de los diferentes lenguajes sin pegamento; rescatando del mero recuerdo al hermano mayor que nunca tuve, perfecto en todo lo imaginable, aquel que escapó corriendo por el campo sin labrar no volviendo a verle nunca más, ni siquiera en los momentos en que sentí su presencia, menos aún cuando el roce de una mirada presuntamente cómplice calla por la violencia de las manos y sus trucos de magia, desinteresadas de todo aquello que escape a su control en el ataque a unas murallas inexistentes segundos antes, que piden a la nada, empapadas sangre y ácido, la existencia de un dios capaz de señalar buenos y malos, permitiendo el decir adiós a aquelloas que me dañan, poder querer sin redes de seguridad, no confundiéndose la huida y el refugio en el mismo cuerpo traidor en sus auxilios, eterno en el tiempo, cobarde en su ausencia… aunque quizás no pasara por nuestra voluntad; todo inscrito en esa calle que tras nuestras sombras desaparecería una vez más para seguir viva.
Sandra Martínez, Zaragoza, Septiembre 2012
Sandra Martínez, Zaragoza, Septiembre 2012
domingo, 19 de agosto de 2012
ESPACIOS HABITADOS. Agosto. Summer dress
Nadie más que yos y eso que podría llamar, no sin miedo y aunque nunca supe de sus límites, el mal.
Dejándome la vista por escribir a tientas algo que no veo; menos desde el borrón de tinta roja presumiendo como el negro en la –esta– noche ausente de unos componentes electrónicos que me faciliten el imposible intento de desaparecer y culparme, pues las luces continúan llamándome, conectándome, deshaciéndome a mi alrededor; alivio necesario para despistar y concentrar una periferia sin catalogación moral previa hasta que vuelva a recordar aquel capítulo en el que Lisa Simpson, siempre sin refugio, rogaba por mantenerlo frente a la irrupción de otra, ella, surgida del horror a la ruptura, el poder aleatorio, la anormalidad de lo anómalo o el tiempo que decide mirarnos sin consultar, confundiendo el sudor con el número, la lluvia con las horas extras, en un salto ahora conducido a través del verano más largo, ese que jamás creí que llegaría o imaginaba ya pasado, en el que dinero, indiferencia, futuro, ganas de morir, vacaciones, puntos de no retorno, amistades, palpamiento del fondo, placeres personales e intelectuales, indiferencia, sentimientos, amor, interés, derrota, confianza, holgazanería, esperanza, insensibilidad, sentido, desinterés o arrepentimiento no tienen cabida en un espacio que si estuviera polarizado tacharían de maléfico, si pudiera encerrarse en un reloj con agujas de coser labios, acertando pero quizás sin entender lo múltiple, donde la ausencia de deseos, su saturación y la estabilidad plena coinciden enlazando pasado, presente y un futuro bajo, por ejemplo, el encanto maldito de esa clase de música que escucho orgásmicamente una y otra vez pero jamás me acordaré de saber tararearla, nueva tras cada acometida convertida en espectáculo para aquelloas –yo, dijimos– runruneando a gritos un “como te envidio” ansioso de olvidar la cobardía de eludir el sufrimiento de amboas, pensando sobre la posibilidad de que, después de todo, sí que exista el mal e, incluso, todo sea mentira salvo su manifestación única, el exclusivo terror carnal indiferente a la muerte no antropomórfico, embutido en el vestido veraniego tras el que corro desnuda, a la búsqueda de lo que me prometieron, bajo la sospecha de que el tacto de la arena húmeda puede ser aquello de lo que debería huir antes del momento en que las simpáticas huellas se den cuenta de que estarán allí más tiempo del soñado.
Sandra Martínez, Zaragoza, Agosto 2012
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jueves, 9 de agosto de 2012
SAYONARA
Dos cosas básicas, a saber: uno, nada termina. Dos, mañana no madrugas. Y este punto no tiene discusión.
En las películas la gente se lleva las cosas en una caja de cartón marrón. Debe de ser el pack de despedida o algo así. No quieres caja, no merece la pena. No tienes tantas cosas. Dicen los expertos que los niños pequeños, menos un par de añitos, no tienen consciencia del pasado ni del presente. Para ellos todo se limita unos 10 días, momento a partir del cual asumen que algo ha sido así “siempre”. Vamos, que se acostumbran en seguida, resumiendo.
Se acabó estirar la mano hasta la pared y golpear el despertador a las siete y diez, a las siete y quince, a la siete y veinte. Tirarte de la cama a las siete y veinticinco pensando cinco minutitos más mamáááááá. Tu madre no te saca de la cama, eres tú quien se levanta. Pero es psicológico. Ese timbre de despertador significa algo.
No va a haber ningún tipo de despedida. Ha pasado de todo y de todos, como siempre, ni más ni menos. Y punto. Has aprendido a pescar cuando no te gustaba el pescado. Ahora quieres carne.
Lo fácil, lo dado, sería la echarle la impersonal culpa al momento actual, al contexto en el que te estás desenvolviendo. O quizá no. No siempre tiene que haber un culpable para todo. No es que sea malo, es que me dejaron solo. Tampoco vas a darle más vueltas. La autocontemplación no da de comer. Sólo dolores de cabeza.
Decides callarte, que estás más guapa con la boca cerrada y ya hablaremos otro día. Tampoco eres de blablá. A la gente le entra por un oído y le sale por el otro. Y además, por propia experiencia sabes que jamás podrás esperar ni la mitad de lo que tú harías.
Dejémoslo aquí por el momento. Mete tu no-caja de cartón en el maletero y quítale las pilas al despertador, a partir de ahora, y esperemos que por poco tiempo, le dará la brasa a otro. Silbas algo bonito y te tomas una cerveza. Habías pensado en recapitular (vicio, defecto, manía, costumbre, tradición) pero sabes que es mejor no hacerlo. Como lo hagas, repartirás para todo y para todos y después te arrepentirás. Ése es otro vicio que mantienes firmemente que es mejor no practicar; el arrepentimiento.
Como todo en tu vida, acción y reacción. Estás esperando que el universo te devuelva un favor, pero sabes que no puedes esperar demasiado; siempre es decepcionante. Así que mientras desempaquetas tus no-cosas, abres la maleta. No hay mal que por bien no venga. Ahora tienes vacaciones. Y algo de metro noventa en que pensar.
Tócala otra vez, Sam. Ésta me gustaba.
Natalia Pérez Cameo, Zaragoza, Agosto (y a gusto) 2012
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